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IV
El amor divino
A partir de lo que hemos dicho hasta ahora es obvio
que en el Cristianismo el amor se atribuye tanto a Dios como a
los seres humanos. Hay unas diferencias importantes entre el amor
Divino y el amor humano. Una diferencia es que el amor Divino
es sustantivo, una propiedad, mientras que el amor humano es solo
un predicado. La razón de esto es el hecho de que Dios
es amor, pero los seres humanos solamente pueden crear amor. Ellos
pueden ser amados y amar, pero solamente Dios es amor. Este hecho
se expresa claramente dos veces en el siguiente pasaje:
El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.
En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en
que Dios envió a su hijo unigénito al mundo, para
que vivamos por él.
En esto consiste el amor; no en que nosotros hayamos amado a
Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió
a su Hijo en propiciación para nuestros pecados.
(I Juan, 4: 8-10)
Se ha argumentado[1] que puesto que el amor es el propósito
final de Su interacción con la humanidad, incluyendo la
misma Revelación que Él ha hecho, y es un amor sin
medida más allá de la comparación, el amor
puede ser considerado como la característica más
específica de Su ser. El amor es Su naturaleza y por lo
tanto, un nombre apropiado para Él.[2]
Dios ha amado a los seres humanos con un amor eterno
(cf. Jer. 31: 3). Dios fue el primero en amarnos. Ni siquiera
existíamos, ni la palabra había sido creada, sin
embargo, Él ya nos amaba. Él nos ha amado en tanto
Él es Dios y en tanto Él se ha amado a Sí
Mismo.
El amor de Dios por la humanidad está demostrado en toda
la existencia e historia de los seres humanos: como individuos
o como especie humana. Su amor se manifiesta en la creación
de los seres humanos. Su amor se manifiesta en el llamado de Abraham
para el Pacto de Sinaí, en todas Sus intervenciones en
la historia de Israel, en Su constante presencia en medio de Su
pueblo y en la continua congregación una y otra vez de
su pueblo después de cada caída.
Dios ama a los seres humanos hasta tal punto, que no solamente
les ha dado todo lo que tienen sino que también ha creado
todo en el mundo para su beneficio. Como lo ha sugerido San Agustín,
todo sobre la tierra o por encima de ella nos habla y nos exhorta
a amarlo, porque todo nos asegura que Dios los ha creado por amor
a nosotros. Ésta es una idea que se puede entender fácilmente
a partir del siguiente pasaje de los Salmos en el Antiguo Testamento:
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas
de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?
Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste
de gloria y de honra.
Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos. Todo
lo pusiste debajo de sus pies:
Ovejas y bueyes, todo ello, y así mismo las bestias del
campo,
las aves de los cielos y los peces del mar. Todo cuanto pasa
por los senderos del mar. (Salmos, 8: 4-8)
El amor de Dios no está limitado a todas esas hermosas
criaturas que Él le ha dado al hombre. Como lo mencioné
anteriormente, la visión cristiana es que el amor de Dios
en su punto máximo se demuestra al entregarse a través
de Su Hijo. Según San Juan, de tal manera amó
Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito (Juan
3: 16)
En el Cristianismo, la noción del amor paternal de Dios
es muy significativa: el amor de Dios por la humanidad se compara
al de un padre por sus hijos. Por ejemplo, en el Nuevo Testamento
es llamado Padre Nuestro que estás en los cielos
(Mateo, 6: 9) y ya que Jesús enseñó a sus
discípulos que oraran de esta manera: Padre Nuestro
que estás en los cielos, Santificado sea Tu nombre,
este versículo es considerado como una buena razón
para asumir que Dios puede ser y desea ser llamado Padre.[3]
Es el Padre que está en los cielos quien hace salir
su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e
injustos. (Mateo, 5: 45) El amor paternal de Dios se manifiesta
en Su atención al necesitado (Mateo 6: 32), en Su gran
interés por el cautivo y el oprimido (Lucas, 4: 18,19)
y hasta en Su encuentro con los pecadores, sea buscándolos
(Lucas, 15: 4-7) o con seguridad esperándolos para felizmente
darle la bienvenida a su retorno (Lucas, 15: 11-32).
También existe una tendencia en el pensamiento cristiano
a comparar el amor de Dios por los seres humanos individualmente
o colectivamente con el de un novio por su futura esposa. Graham
sugiere que tal comparación se justifica según las
escrituras y también filosóficamente, cree que ésta
es la más parecida de las uniones terrenales. También
dice:
Nuestro Señor, cuando estaba en la tierra, sugirió
Él mismo tal relación y la idea se ha convertido
en parte de la tradición católica. Uno solo tiene
que recordar la influencia del Cantar de los Cantares de Salomón,
con respecto al lenguaje de la espiritualidad para confirmar esto.[4]
Es importante comprender que inclusive el amor que las criaturas
sienten por Dios es indirectamente una deuda que se tiene con
Dios. Como lo expresa Graham, los preludios del gran matrimonio
entre el cielo y la tierra pertenecen, como se debe esperar, solamente
a Dios. Es parte del novio hacer los primeros acercamientos.[5]
Con respecto a cómo puede uno llevar a cabo los propios
deberes (incluyendo amarlo) y vencer la tentación y el
pecado, el Catequismo de la Iglesia Católica dice: La
preparación del hombre para la recepción de la gracia
es ya una obra de la gracia. (nº 2001). El Catequismo
Revisado de la Iglesia de Inglaterra dice:
Yo puedo hacer estas cosas solamente con la ayuda de Dios
y a través de Su gracia. Por la gracia de Dios me refiero
a que el mismo Dios actúa en Jesucristo para perdonar,
inspirar, y fortalecerme por medio de su Espíritu Santo.
(Q. 26 y Q. 27)
En general, se puede decir que, diferente de nuestro amor, ya
sea por Dios o por nuestro prójimo, que es una respuesta
pasiva al ser amado, el amor Divino es tanto creativo como activo.
Con Dios no sucede que Él discierna algo amoroso en el
objeto amado; Él concede cualidades deseables a las cosas
y éste es precisamente Su amor hacia ellos.[6]
Como ha dicho Santo Tomás de Aquino, El amor de Dios
influye y crea la bondad, la cual está presente en las
cosas. Por lo tanto, Dios no nos ama porque Él haya
encontrado algo de bondad en nosotros; porque nos ha amado es
que poseemos bondad.
De esta forma, en el amor divino encontramos la cualidad de desinterés
ideal y superior. Él no gana nada, ni de su amado, ni de
su amor mismo. Dios tiene toda la vida y la bondad dentro de Sí
mismo y, por lo tanto, Él no adquiere nada amándonos.
Es imposible suponer que Él pueda compartir o ganar de
lo que Él ya tiene.
Naturalmente, la pregunta que surge es: ¿Por qué
creó Dios al mundo? Existe una respuesta unánime
en la tradición cristiana. Dios creó los cielos
y la tierra para manifestar Su propia verdad, bondad y belleza.[7]
Encontramos en los proverbios que: Todas las cosas ha hecho
Jehová para Sí Mismo. (Proverbios, 16: 4)[8]
Graham añade que equivaldría a un pecado mortal
en Dios haber creado el mundo por cualquier otro propósito
que no sea servir a la bondad absoluta que es Él Mismo.[9]
Él argumenta que es la naturaleza de lo que es bueno transmitirse
a otros (Bonum est diffusivum sui). La experiencia también
dice que, normalmente, la gente buena es generosa, desinteresada
y capaz de penetrar los pensamientos y sentimientos de la gente
que los rodea, mientras que la gente mala por lo general es egoísta,
egocéntrica e incapaz de establecer amistades con otros
y tener compasión por ellos.
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[1] Cerini, 1992, p. 9.
[2] Barrosse (1967, p.1044) hace una comparación importante
entre las diferentes partes de N.T., es decir, los Evangelios
Sinópticos, las Epístolas Paulinas y los Escritos
de Juan. Yo creo que su comparación muestra que sucesivamente
el énfasis sobre el concepto del amor en esas tres partes
del Nuevo Testamento se intensifica. Alcanza su ápice en
los escritos de San Juan quien nunca utiliza otro término
diferente al amor para describir la beneficencia de Dios para
con el hombre. La Resurrección-Pasión de Cristo
en los escritos de San Pablo se toman para manifestar el amor
de Jesús y de su Padre, mientras que en los escritos de
San Juan éste revela que Dios es amor.
[3] Por ejemplo, ver Cerini, 1992, p. 21. Lubich escribe: ¡Jesús,
así es como tú lo revelaste! ¡Es así
como anuncias la realidad de que yo tengo un Padre! Ibíd.,
citado de C. Lubich, Diary 1964/65 (Nueva York, 1987) pp. 72 y
73.
[4] Graham, 1939, p. 34.
[5] Graham, 1939, p. 36.
[6] Ibíd.
[7] Graham, 1939, p. 37.
[8] Esto es cierto según la traducción de la frase
mencionada por Graham. El patrón de la traducción
parece ser El Señor ha hecho todo con su propósito.
[9] Graham, 1939, p. 38.
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