LA
CIENCIA Y LA FE EN EL BAGDAD ABBASÍ
Unas
setecientos cincuenta aleyas, es decir casi la octava parte del
Sagrado Corán, estimulan a los creyentes a estudiar la naturaleza,
a reflexionar, a utilizar de manera óptima la razón y a hacer de
la ciencia una parte integrante de la vida social. Inspirados en
esos mandamientos, apenas cien años después de la muerte del Profeta
los musulmanes se dedicaron a la conquista y el dominio de las ciencias
por entonces conocidas, alcanzando una situación de predominio en
la creación científica que duró los seiscientos años siguientes.
Desde
la gestación de la civilización islámica, los musulmanes sostuvieron
relaciones directas con las civilizaciones china, india, bizantina
y persa, entre otras. El contacto establecido a través de los viajes
y el comercio provocó una relación intensiva y estrecha con éstas.
Por
otra parte, los musulmanes se constituyeron en los herederos del
legado cultural de todas las antiguas civilizaciones desarrolladas
en el Oriente Próximo y Medio. Esos primeros musulmanes habían llevado
a la práctica además dos preceptos fundamentales del Profeta Muhammad:
«Buscad la ciencia desde la cuna hasta la tumba»; «¡Id en
busca de la ciencia a todas partes, hasta en la China!»;
«¡Echad mano de la sabiduría y no mireis el recipiente que
la encierra».
En
la época del Islam Clásico, todas las regiones del territorio musulmán
estaban en el más estrecho contacto cultural y comercial entre sí,
por lo que cualquier producción cultural de importancia en un país
o región pasaba pronto a ser propiedad común de los creyentes en
otros territorios. Completadas las fases principales de la expansión
islámica, el tremendo estímulo colectivo de los musulmanes por crear
entonces nuevas expresiones, fructificaron en una rica cosecha de
realizaciones técnicas, científicas, industriales, económicas, sociales
y sobre todo literarias, artísticas y filosóficas. Establecieron
así los fundamentos de una parte muy importante de la actual cultura
y civilización en el Occidente.
Esta
comunidad científica (Ummat al-Ilm) fundó en Bagdad, El Cairo
y otras ciudades instituciones internacionales de estudios superiores
(bait al-híkmas) y observatorios (shamsiyyas) que
agrupaban a sabios de todos los países. Sabios originarios del Asia
central como Avicena (980-1037) y al-Biruni (973-1048) escribían
en árabe, cuando su coetáneo Ibn al-Haytham (965-1039), podía emigrar
desde su Basora natal, en los dominios del califa abbasí al-Qadir
(m. 1031), a la corte de su rival, el califa fatimí al-Hakim (996-1021),
plenamente seguro de que sería recibido con respeto y veneración,
pese a las diferencias políticas y religiosas que no eran entonces
menos agudas que hoy.
Como
dice el profesor Pervez Amirali Hoodbhoy, doctor en Física nuclear
de la Universidad Quaid-e Azam de Islamabad (Pakistán): «Un marciano
que hubiera visitado la Tierra en el año 1100 d.C. habría llegado
a la conclusión de que la civilización árabe era, con mucho, la
más avanzada» (P.A. Hoodbhoy: El Islam y la Ciencia. Razón
científica y ortodoxia religiosa, prólogo de Muhammad Abdus
Salam, Edicions Bellaterra, Barcelona, 1998, pág. 210).
En
la floreciente civilización islámica de los primeros cinco siglos
de la Hégira, la religión no fue un factor de inmovilismo, sino
todo lo contrario. Actuó como motor de arranque, estimulando la
búsqueda del saber y la superación humana en todos los sentidos,
integrando y no segregando, sumando y no restando, pues el Islam
es para todos y no para algunos privilegiados.
Un
astrónomo como el sirio al-Battani (858-929), el Albatenius de los
latinos, calculó correctamente la distancia de la tierra a la luna,
mientras que el irakí Ÿabir Ibn Hayyán (721-815) sugirió que si
se podía dividir el átomo se liberaría suficiente energía como para
destruir una ciudad del tamaño de Bagdad.
El
Islam y la ciencia
¿Dónde
está la ciencia cuando el Imperio romano de Occidente se derrumba,
en el siglo V. d.C.? Hacia el año 385, el obispo Teófilo de Alejandría
(m. 412) consigue un decreto imperial por el cual la famosa biblioteca
concentrada por entonces en el Serapeum será destruida y todas sus
obras quemadas o hechas pedazos. En 529, el emperador Justiniano
cierra las escuelas de Atenas por su paganismo. Occidente sufre
en esta época una profunda mutación. emerge entonces un mundo rural,
en el cual la cultura habita en los monasterios, cultura literaria
y religiosa, no ya cultura científica. La Alta Edad Media cristiana
no precisa sabios.
En
el Mundo Islámico, por el contrario, los sabios serán imprescindibles
desde los primeros tiempos. Desde que el Islam se afirma como civilización,
los sabios musulmanes. judíos o cristianos, árabes o iraníes, hablan,
piensan y escriben en árabe. Nace entonces una comunidad intelectual
y científica, alentada por una sociedad ávida de saber y mantenida
por numerosos mecenas.
Cuando
el califa abbasí al-Mansur cae enfermo de dispepsia, manda a buscar
a Jurjis, médico famoso de Gundishapur, y, una vez curado, intenta
retenerlo en su corte. De esta forma, se instalan en Bagdad hombres
de ciencia que le aportan sus libros, sus conocimientos y sus experiencias.
Los grandes califas abbasíes que suceden a al-Mansur continúan esta
política; un descendiente de Jurjis funda en Bagdad en los comienzos
del siglo VIII, el primer hospital digno de ese nombre, según el
modelo de Gundishapur.
Al-Ma‘mún,
que reina desde 813 a 833, es el modelo de los príncipes ilustrados,
amantes de las letras y de las ciencias. Si bien no la inició, dio
un fuerte impulso a la actividad de la «Casa de la Sabiduría» (Bait
al-Híkma). Su primer director fue el sabio cristiano Hunain
Ibn Ishaq (808-873) de al-Hira (Irak). Harún ar-Rashíd ya había
establecido la biblioteca llamada la «Alacena del Saber» (Jazanat
al-Híkma). El califa al-Ma‘mún patrocina igualmente los primeros
grandes trabajos de observación astronómica; a su cargo, se reúne
a sabios y se les encomienda un programa de verificación de los
datos del Almagesto del astrónomo y matemático Claudio Tolomeo
(100-170), que tiene como resultado el establecimiento de nuevas
Tablas.
Repartir
hombres de ciencia sobre un mapa, es encontrar las grandes fases
de la historia del Islam: en la época del apogeo del califato Abbasí
(siglos VIII-X), Bagdad es el gran polo hacia el que afluye la mayoría
de los sabios.
Del
griego al árabe
Los
primeros textos científicos en lengua árabe son traducciones del
griego, del siríaco, del sánscrito, del pahleví (persa sasánida).
Estas obras permiten la elaboración de un vocabulario científico,
inexistente en una lengua que era la de los beduinos de la Arabia
preislámica, y que le Corán trasnfromó en la lengua de la Revelación.
Un ejemplo: la palabra griega epilhyia que designa la epilepsia,
está en un primer tiempo, simplemente transcripta en siríaco, y
luego del siríaco al árabe: ibilimsiya (la b reemplaza
a la p ausente en los alfabetos semíticos. Un tratado árabe
del siglo XI da como título a uno de estos capítulos: Fi ibilimsiya
es decir, al-sar‘. Esta última palabra se deriva de un verbo
árabe que significa hacer caer por tierra. Algunas décadas más tarde,
la palabra transliterada del griego cayó en desuso: el término propiamente
árabe basta y es el único empleado entonces; desde ese momento pertenece
a una terminología unificada y conocida por todos.
En
la cadena que conduce del griego al árabe, el siríaco es un eslabón
esencial. En efecto, la mayoría de los traductores son cristianos,
que usualmente manejan el griego y el siríaco, las lenguas científicas
de la época. Hablan en árabe sólo cuando los comanditarios, sabios
o notables musulmanes se lo piden, y luego má starde, una vez vez
que el árabe se haya impuesto a todas las lenguas.
Hunain
Ibn Ishaq
Hunain
Ibn Ishaq es uno de estos traductores, su actividad es modélica
de las condiciones de la transferencia de la ciencia antigua a los
países del Islam. Nacido en 808 en el seno de una familia criatiana
nestoriana de Hira, en el bajo Eufrates, es bilingüe: el árabe es
la lengua hablada en su ciudad natal, el siríaco es su lengua materna.
Atraído, como tantos otros, por el prestigio de la capital abbasí,
acude a ella para estudiar medicina. Pronto aprende el griego, quizá
en Alejandría. De regreso a Bagdad, trabaja como médico y traductor.
A él se deben varios tratados médicos y un número impresionante
de traducciones de obras de Platón, Aristóteles, Hipócrates, Tolomeo,
Porfirio, Rufo de Éfeso, Pablo de Egina, Galeno. Durante una temporada
en la cárcel en 856, redacta un opúsculo en el que relata cómo tradujo
ciento veintinueve tratados de Galeno.
La
actividad de Hunain y de sus émulos dio a los musulmanes acceso
al saber antiguo: las grandes obras griegas de filosofía, de lógica,
de medicina, de astronomía, dematemáticas, de botánica, de mecánica,
son, a partir de ese momento, accesibles.
Traducción
del griego al árabe. Pero también del sánscrito y del pahleví al
árabe, el movimiento es menos conocido, y con seguridad menos gigantesco,
pero no puede permanecer ignorado. Uno de los más importantes tratados
astronómicos de la tradición india, el Mahasiddhanta, es
traducido del sánscrito en los años 770, por iniciativa del califa
al-Mansur; junto con otras obras indo-persas, está en la base de
una corriente de la astronomía árabe-islámica que se desarrolla
durante largo tiempo en al-Ándalus.
ALQUIMIA
La
alquimia es una de las ciencias tradicionales del Islam. Durante
mucho tiempo fue designada con el mismo término que la química propiamente
dicha (al-kimiyya en árabe), antes de que ésta se convirtiera
en una ciencia "exacta".
La
alquimia está vinculada a una interpretación mística y alegórica
del desarrollo espiritual del hombre, lo que no le impide mantener
un territorio común con la química en su tentativa de conocer la
constitución de la materia a través de la trasmutación de los elementos
(cfr. Serge Hutin: La alquimia, Eudeba, Buenos Aires, 1962;
Mircea Eliade: Herreros y alquimistas, Alianza, Madrid, 1974;
Pierre Lory: Alchimie et mystique en terre d’islam, Verdier,
Lagrasse, 1989; Alexander Roob: Alchemy & Misticism,
Taschen, Köln, 1997).
La
alquimia tuvo su origen en el Egipto helenístico y llegó a la cúspide
de su popularidad en el Irak Abbasí del siglo VIII con Ÿabir Ibn
Hayyán. Los alquimistas musulmanes alcanzaron nuevas técnicas para
el tratamiento de los metales y lograron valiosos descubrimientos
científicos. Mejoraron las dos principales operaciones químicas
de calcinación y reducción así como los métodos de evaporación,
sublimación, combinación y cristalización. Introdujeron nuevos elementos
y sustancias como el antimonio (itmid), el arsénico (zirniÿ),
rejalgar (rahÿ al-gar), bórax (bauraq) y alcalí (al-qilí).
También fueron los responsables de la introducción de utensilios
como los alambiques (al-inbiq).
Ÿabir
Ibn Hayyán
El
alquimista más famoso del Islam fue Abu Musa Ÿabir Ibn Hayyán al-Azdí
(721-815), el Geber de los latinos. Era un sabio originario de Kufa
(Irak), hijo de un botánico, que vivió un tiempo en Tus (Jorasán,
Irán), donde estableció un laboratorio. Convertido en uno de los
alquimistas de la corte de Harún ar-Rashíd, conoció tanto la desgracia
como el favor de los poderosos visires barmakíes.
Según
el alquimista Aidamur al-Ÿaldaki (siglo XIV), Ÿabir fue discípulo
de por los menos dos de los santos imames de la escuela duodecimana
o shií, el VI Imam Ÿa’far as-Sadiq (702-765), y el VIII Imam Alí
ar-Rida (765-818).
Autor
de 500 trabajos sobre las más diversas materias, sólo 80 han llegado
hasta nosotros. Los más conocidos son «Los Setenta Libros» (Kitab
al-Sab’in) y «El Libro de la Balanza» (Kitab al-Mizân),
«El mercurio oriental» (al-Zi’bak al-Sharkí), «El libro de
la gloria» (Kitab al-Maÿid), «El libro de la reunión» (Kitab
al-Taÿammu) y «El libro puro» (al-Kitab al-Jalís). Ÿabir
fue considerado el más grande alquimista de Oriente y Occidente.
En
cuanto al aspecto práctico, Ÿabir describió los métodos perfeccionados
para la evaporación, filtración, sublimación, fusión, destilación
y cristalización. Detalla cómo se preparan muchas sustancias químicas,
por ejemplo, el cinabrio (sulfuro de mercurio), el óxido de arsénico
y otros. Conoció el procedimiento para obtener vitriolos, alumbres,
álcalis, sal amoníaco y salitre casi puros, así como el llamado
«hígado» y «leche» de azufre, calentando el azufre con un álcali
y cosas análogas. Preparó perfectamente el óxido de mercurio puro
y el sublimado, así como acetatos de plomo y otros metales, algunas
veces cristalizados. Conoció la obtención del ácido y ácido sulfúrico
en crudo, así como la mezcla de ambos (el agua regia) y la
solubilidad del oro y de la plata en esta clase de ácido. Una nueva
sustancia química, desconocida para los griegos, que aparece en
los trabajos de Ÿabir, es la sal amoníaco.
Ÿabir
Ibn Hayyán sugirió la idea de que «si el átomo pudiera ser dividido
podría liberar una fuerza suficiente para destruir una ciudad del
tamaño de Bagdad», lo cual fue el primer anticipo de la teoría
atómica desarrollada a partir de John Dalton (1766-1844) hasta Albert
Einstein (1879-1955). La traducción del corpus ÿabireano del árabe
al latín ejerció una profunda influencia en alquimistas europeos
de la talla del monje franciscano Roger Bacon (1214-1294), San Alberto
Magno (1193-1280), Ramon Llull (1235-1315) y, más tarde, Nicolás
Flamel (1330-1418), influencia que se prolongó hasta el siglo XVII.
El investigador y arabista alemán Paul Kraus (1904-1944), discípulo
del historiador de las ciencias naturales Julius Ruska (1867-1948),
que publicó una obra monumental sobre Jabir ibn Hayyân, Contributions
a l’histoire des idées scientifiques dans d’Islam (vols. 44
y 45, Memorias del Instituto de Egipto, El Cairo, 1942-3), señala:
«La alquimia que se conoce bajo el nombre de Ÿabir es una ciencia
experimental, basada sobre una teoría filosófica que en gran parte
deriva de la física de Aristóteles. Ningún escrito alquimístico
del Islam presenta un conocimiento tan vasto de la literatura antigua,
y posee un carácter tan enciclopédico como éstos. En esto ellos
pueden compararse con las Epístolas de los "Hermanos de la
Pureza" que, por lo demás derivan de las mismas fuentes»
(cfr. E.J. Holmyard: The Arabic Works of Jabir ibn Hayyan,
París, 1928; Henry Corbin: "Le livre du Glorieux" de
Jabir ibn Hayyân, —Eranos-Jarbuch, XVIII—, Zurich, 1950; Yves
Marquet: La Philosophie des alchimistes et l'alchimie des philosophes:
Jabir ibn Hayyan et les Ihwan al-Safa, Maisonneuve et Larose,
París, 1988). Dice Ibn Jaldún: «De todos aquellos autores, al
que los alquimistas consideran como el gran maestro del arte es
a Djabir Ibn Haiyan; inclusive denominan a la alquimia "la
ciencia de Djabir"» (Ibn Jaldún: Introducción a la historia
universal. Al-Muqaddimah, FCE, México, 1997, pág. 947).
Los
Hermanos de la Pureza
Los
Ijuán al-Safa (en árabe: "Hermanos de la Pureza")
fueron una sociedad de filósofos y científicos musulmanes de la
escuela shií que se establecieron en la ciudad de Basora hacia 983,
durante la dinastía buyí. Su obra conocida son las 52 Rasâ’il ("Epístolas"),
de las cuales 14 tratan de matemáticas y de lógica, 17 de ciencias
naturales y de psicología, 10 de metafísica, y 11 de alquimia, mística,
astrología y música. A diferencia de los escritos de Yabir que están
llenos de frases herméticas y significados ocultos. Las Epístolas
de los Hermanos de la Pureza, verdadera enciclopedia, siempre tratan
de ser comprensibles al lector no iniciado. En un texto, muy influyente
en los ambitos intelectuales de la Zaragoza musulmana de principios
del siglo XI, se decía de ellos: «No se satisfacen con la ignorancia
y no descansan sino después de haber hecho el esfuerzo por abrazar
la totalidad de las ciencias...; de esta manera logran conseguir
la facultad humana por excelencia y, por ello, les hemos llamado
Hermanos Virtuosos» (Joaquín Lomba Fuentes: La filosofía
islámica en Zaragoza, D.G.A., Zaragoza, 1987). Véase R. Netton:
Muslim Neoplatonists. An Introduction to the Thought of the
Brethren of Purity, Londres, 1942; Yves Marquet: La Philosophie
des Ihwan as-Safa, thèse soutenue en juin 1971, S.N.E.D., Argel,
1975; Alessandro Bausani: L'Enciclopedia dei Fratelli della
purita. Riassunto, con introduzione e breve commento dei 52 trattati
o epistole degli Ikhwan as-Safa, Nápoles, 1978.
Abdul
Latif de Bagdad
El
polímata Abdul Latif al-Bagdadi (1162-1231), médico, gramático,
jurista y teólogo, se consagró también a la filosofía, a las ciencias
naturales y la alquimia. Estudió las obras de Hipócrates (460-377
a.C.), Alejandro de Afrodisia (fl. hacia el 200d.C.) y Temistio
(317-388). Escribió el Kitab al-ifadah ua-l-i’tibar «La llave
oriental» (trad. por Kamal Hafuth Zand, John A. y Ivy E. Videau,
Londres, 1965), que combina elementos de alquimia y botánica. De
Bagdad pasó a El Cairo. Su «Viaje a Egipto» fue muy conocido en
Europa, y traducido al latín, al alemán y al francés En uno de sus
escritos, Abdul Latif da estos consejos a aquellos que pretenden
adquirir conocimientos: «Al leer un libro, esforzaos todo lo
posible para aprenderlo de memoria y asimilar su sentido. Imaginad
que el libro desapareció y que podéis prescindir de él, sin que
os afecte su pérdida...Uno debe leer relatos, estudiar biografías
y conocer las experiencias de las naciones. De este modo, será como
si en el breve lapso de su vida él hubiese vivido contemporáneamente
con pueblos del pasado, mantuviese con ellos una relación íntima
y conociera las virtudes y los defectos de cada uno...Quien no ha
soportado el esfuerzo del estudio no podrá saborear la alegría del
conocimiento... Cuando hayáis completado vuestro estudio y vuestra
reflexión, ocupad vuestra lengua con la mención del nombre de Dios,
y elevad sus alabanzas... No os quejéis si el mundo os da la espalda,
pues os distraerá de la adquisición de excelentes cualidades...
Sabed que el conocimiento deja una huella y un perfume que proclama
a su poseedor; un rayo de luz y brillo que lo envuelve y lo destaca»(citado
por Ibn Abi Usaibía en su Uiún, traducido por G. Makdisi
en The Rise of Colleges, Edinburgo, 1981, págs. 89-91).
GEOGRAFÍA
El
principio islámico de viajar, al menos una vez en la vida, a las
ciudades santas de La Meca y Medina, sumado a la tradición de visitar
lugares igualmente sagrados como Jerusalén, Naÿaf y Karbalá, viajes
que se realizaban desde regiones remotas como al-Ándalus o el Turquestán
y que podían durar incluso años, entre la ida y la vuelta a su lugar
de origen, junto con las necesidades propias de los comerciantes
y también de los gobernantes, hizo que la geografía adquiriera en
el Islam una real importancia.
El
Islam, es, pues, por excelencia, una civilización de movimientos
de tránsito, lo que supone lejanas navegaciones y una múltiple circulación
caravanera, tendida, ante todo, entre el océano Índico y el Mediterráneo,
lanzada generalmente desde el Mar Negro a China y a la India y,
por último, desde el «país de los negros» (Bilad as-Sudán) a África
del Norte. Este sistema caravanero tenía metas tanto culturales
y religiosas como comerciales. El Islam tendrá sus comerciantes
musulmanes y no musulmanes desde los primeros tiempos. Se han conservado
por casualidad las cartas de los comerciantes judíos de El Cairo
desde la época de la primera cruzada (1096-1099); demuestran que
los musulmanes conocían todos los instrumentos de crédito y de pago
y todas las formas de asociación comercial (por consiguiente, no
será Italia la inventora de ellos como se ha aceptado con demasiada
facilidad).
Al-Mas’udí
Abu
al-Hasan Alí Ibn al-Husain Ibn Alí al-Mas’udí, nacido en Bagdad
en el seno de una familia shií, y fallecido en El Cairo en 957,
es el autor de la monumental obra Muruÿ ad-dahab wa ma’adin al-ÿawahir
("Campos de oro y minas preciosas"), generalmente citado
en Occidente como "Las praderas de oro" (traducida al
francés en 9 tomos por Charles Barbier de Meynard y Pavet de Courteille,
París, 1861-1877, y 1962). Escrita hacia 947, y revisada y publicada
nuevamente en 957, es una enciclopedia monumental de treinta tomos
sobre historia y biografías, pero su mayor interés reside todavía
en sus noticias y descripciones geográficas y en los innumerables
datos sobre historia natural y sobre descripciones de usos prácticos
y de procedimientos técnicos.
Por
ejemplo, en ella se encuentra la primera mención conocida de una
colección de cuentos de origen persa llamada Hezar efsaneh
("Mil cuentos") cuyo fondo es de procedencia india, que
luego formaron «Las mil y una noches». Por esto los historiadores
e islamólogos occidentales acostumbran llamarlo «el Plinio, además
del Herodoto, del mundo musulmán».
Gran
cosmógrafo, redactó el Kitab al-Tanbih ua-l-ishraf ("Libro
de la advertencia y de la revisión"), un tratado de ciencia,
filosofía, mineralogía y botánica que fue traducido por M.J. de
Goeje (E.J. Brill, Leiden, 1967), con traducción al francés por
Carrá de Vaux: Macoudi, le livre de l'avertissement et de la
révision (París, 1897). También escribió una «Historia de Alí
y del imamato». Viajero incansable e insaciable, recorrió grandes
extensiones de Siria, Palestina, Arabia, la costa oriental de Africa,
Irán, Asia central, la India, Ceilán y el mar de la China. Perspicaz
educador, no comprimía su materia hasta la aridez, sino que escribía
a veces con una amable despaciosidad que no evitaba dar, de vez
en cuando, una historia divertida. Al-Mas’udí es una de las fuentes
más ricas, de más confianza y más variadas acerca del estado del
mundo islámico en su época. En las cuarenta obras de al-Mas’udí,
así como las de sus contemporáneos
Ibn
Hauqal
Sobre
Abu l-Qasim Muhammad Ibn Hauqal se puede agregar que estuvo al servicio
fatimí y fue comerciante. Pasó su adolescencia en Irak y luego viajó
por el Egipto, norte de Africa, al-Ándalus, Ghana, Sicilia, Armenia,
Azerbayán e Irán. Ibn Hauqal (hacia 975) describe una especie de
pagaré por 42.000 dinares dirigido a un mercader de Marruecos, con
la palabra árabe saqq; correspondiente a esta forma de crédito
deriva la palabra cheque. Escribió el Kitab Surat al-ard «Libro
de la configuración de la tierra» (traduc. J.H. Kramers, Leiden,
1938), y el Kitab al-masalik wa al-mamalik «Libro de los
caminos y de los reinos» (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1967).
En Ibn Hauqal y Abu Ishaq Ibrahim al-Istahri (floreció hacia 950),
es donde encontramos las primeras menciones de los molinos de viento,
la cual fue una invención islámica (véase Barón Carra de Vaux: Les
penseurs de l’Islam, 5 vols., París, 1921).
FILOSOFÍA
El
filósofo-médico al-Kindi (796-873) en su primer tratado, definió
la filosofía como «el conocimiento de las cosas como son en realidad»,
convirtiéndola así en un sistema integrador que abarcaba la teología,
la política, la física, las matemáticas y otras disciplinas. También
señaló que no hay contradicción entre las conclusiones logradas
por la fe y aquellas a las que las ciencias filosóficas llegan por
el razonamiento y el ejercicio intelectual. Además decía: «No
debemos avergonzarnos de reconocer la verdad y de asimilarla, cualquiera
que sea su procedencia. Para quien busca la verdad misma nada hay
de mayor valor que la verdad misma; no rebaja ni humilla jamás a
quien la busca».
El
polígrafo e inventor italiano del siglo XVI, Girolamo Cardano (1501-1576),
situó a al-Kindi entre los doce cerebros más sutiles de la historia.
Por extraña ironía, la mayoría de las obras de este pensador musulmán
están conservadas en latín y muy pocas en árabe. «Fundador de
la escuela peripatética islámica de filosofía» y autor de 270 tratados
que abarcarán desde la lógica y la matemática a la física y la música,
a Abu Yusuf Yaqub Ibn Ishaq al-Kindi se le conoce como el "Filósofo
de los árabes" en reconocimiento a sus incansables esfuerzos
para hacer que la filosofía resultara aceptable por los teólogos.
También es el único gran filósofo árabe musulmán de la Antigüedad.
Mutazilí hasta la médula, escribió que la verdad es universal y
suprema, y que la filosofía no es sino otra forma del mensaje que
transmitieron los profetas... Como racionalista, al-Kindi proponía
que determiandos paajes del Libro Sagrado, cuya interpretación literal
podría entrar en conflicto con al realidad, se deberían entender,
en cambio, como alegorías que guían a los hombres de razón. La mayor
parte de los filósofos antiguos, incluyendo a al-Kindi, creían en
la existencia de dos verdades. una para las masas estúpidas e incultas,
y la otra para las personas educadas e instruidas. Al-Kindi opinaba
que las primeras sólo podían apreciar las cosas sencillas, y, por
lo tanto, había que atraerlas mediante la visión de huríes y otras
tentaciones físicas. Por su parte, las últimas gozaban de los dones
de la lógica y la razón, de modo que podían alcanzar un conocimiento
más profundo del Libro. De este modo, al-Kindi racionalizaba sus
esfuerzos en pro de una interpretación alegórica. Para poner un
ejemplo del razonamiento alegórico en el que creía al-Kindi, considerése
el versículo 55.6 del Corán. En este pasaje, se le dice al creyente
que el Sol, la Luna, las estrellas, las montañas, los árboles y
los animales "se prosternan" ante Dios. Para una persona
carente de conocimientos, esto evoca una imagen en la que toda la
creación literalmente se inclina para rezar. Pero al-Kindi proporciona
un complicado razonamiento lingüístico, señalando que el término
que en árabe significa "inclinarse" debe entenderse con
el significado de "obedecer". Así, la ingenua imagen de
una adoración universal se debería interpretar, en cambio, como
la obediencia universal a la voluntad de Dios. Dando otro paso más,
esto se convierte para él en un argumento de la existencia de una
ley universal a la que obedecen todas las formas de la materia,
tanto animada como inanimada. En consecuencia, siguiendo a al-Kindi,
una cosa que aparentemente está en conflicto con la experiencia
cotidiana se transforma en algo razonable y atractivo cuando es
adecuadamente interpretado. El califa ortodoxo al-Mutawwakil ordenó
que se confiscara la biblioteca personal del erudito, conocida en
toda Bagdad como al-Kindiyah. Pero eso no fue suficiente. El filósofo
musulmán, que entonces tenía sesenta años, recibió cincuenta latigazos
frente a una gran multitud... Mucho antes de su muerte, en el año
873, a la edad de setenta y dos años, al-Kindi había sucumbido a
una depresión y un silencio prolongados. Aunque un amigo trató de
recuperar su biblioteca recurriendo incluso a la extorsión, el filósofo
nunca se repuso del calvario de ser azotado públicamente. Al-Kindi
fue la primera gran figura de la erudición islámica que cayó víctima
de la reacción ortodoxa contra el racionalismo» (P. A. Hoodbhoy:
El Islam y la ciencia. O. cit., págs. 196-8).
MATEMÁTICAS
En
el mundo de la cultura clásica musulmana, las matemáticas eran entendidas
como una «ciencia de los números» esotérica y como una investigación
en la matemática «pura», asociada, entre otras materias, a la óptica,
la astronomía, la astrología y la música. En cualquier caso, las
matemáticas gozaron de un elevado prestigio y fueron cultivadas
por un buen número de grandes personalidades, como al-Kindi, al-Biruni,
Avicena, y Omar Jaiám (cfr. R. Rashed: Entre arithmétique et
algebre. Recherches sur l’histoire des mathématique arabes,
Les Belles Lettres, París, 1984).
Al-Juarizmi
El
conocimiento de las cifras lo obtuvieron los sabios musulmanes de
su contacto con los hindúes, que habían desarrollado extraordinariamente
las matemáticas, especialmente la aritmética. Hasta ese momento,
el siglo IX, la forma de representar cualquier cantidad se hacía
utilizando letras, tanto griegas como romanas o árabes. Esta representación
con letras no permitía realizar cálculos, por lo que se hacía necesario
utilizar para ello un instrumento de cálculo, a base de bolas y
alambres, llamado ábaco, que se utilizaría en Europa hasta la Revolución
Francesa. Abu Abdallah Muhammad Ibn Musa al-Juarizmi (780-835) nació
en Juarizm (actualmente Jiva, Uzbekistán). Fue bibliotecario en
la corte abbasí del califa al-Mamún (786-833) —el hijo de Harún
ar-Rashid— y astrónomo en el observatorio de Bagdad. Fue el primero
en utilizar la expresión al-ÿabr (de la que procede la palabra
álgebra) con objetivos matemáticos. La versión latina —por el traductor
italiano Gerardo de Cremona (1114-1187)— del tratado de al-Juarizmi
sobre álgebra fue responsable de gran parte del conocimiento matemático
en la Europa medieval. En un escrito del que desconocemos su título
en árabe, pero que su traducción latina nos ha llegado como Algoritmi
de numero indorum, al-Juarizmi da a conocer la utilización de
símbolos numéricos, que, colocados en orden y utilizando el cero
(en árabe cifr, de donde deriva también "cifra"),
permiten realizar operaciones aritméticas. El término guarismo o
algoritmo proviene de su propio nombre, al-Juarizmi. A comienzos
del siglo XII, el viajero y filósofo inglés Adelardo de Bath tradujo
este tratado de al-Juarizmi. El sistema sería desarrollado por Leonardo
Fibonacci (1170-1240), hijo de un comerciante de Pisa, discípulo
de un profesor musulmán de Bugía (Argelia), y gran viajero en Egipto,
Siria y Grecia.
Lo
que hizo su nombre inmortal fue el tratado que escribió llamado
en árabe Kitab al-muhtasar fi hisab al-ÿabr ua-l-muqabala
("Libro sobre el cálculo, álgebra y reducción"). La obra,
muy difundida en el mundo islámico, constituyó toda una revelación
en el mundo occidental, a partir de la traducción de Gerardo de
Cremona y una posterior de Roberto de Chester o Ketton.
El
escritor musulmán persa Muhammad Ibn Husain Bahauddín al-Amili (1547-1621)
dice que, según al-Juarizmi, «la parte -de la ecuación- que contiene
una negación se vuelve completa y se agrega la misma cantidad a
la otra parte: esto es al-ÿabr (el álgebra). En cambio, las
cantidades que son iguales y homogéneas en las dos partes se eliminan:
esto es al-muqabala (la reducción)».
Sus
otras obras conocidas son Kitab al-ziÿ (Tablas astronómicas),
publicado por O. Neugebauer como The Astronomic Tables of al-Khwarizmi,
Copenhague, 1962, y Kitab surat al-ard («Libro de la configuración
de la tierra»), publicado por H. Von Mzik, en 1926.
MEDICINA
«El
conocía bien al viejo Esculapio y a Dioscórides, y también a Rufus,
al viejo Hipócrates, a Haly y a Galeno; a Serapión, Razes y Avicena;
a Averroes, Damasceno y Constantino...» ("Cuentos de Canterbury",
Cátedra, Madrid, 1997, pág. 75). Geoffrey Chaucer (1342-1400)
El
Sagrado Corán, al igual que los hadices (dichos y tradiciones),
contiene una serie de aforismos médicos de orden general atribuidos
al Profeta Muhammad. Tales sentencias no tardaron en ser reunidas
y comentadas en varios tratados conocidos con el título genérico
de «Medicina del Profeta». Asimismo, y como continuación de esa
medicina profética, se desarrolló en el seno de la escuela shií
duodecimana una tradición médica de los Doce Imames (Véase Islamic
Medical Wisdom. The Tibb al-A’imma, Ansariyan Publications,
Qum, 1995).
Basados
principalmente en las hierbas, la higiene, la dietética, las súplicas
y las jaculatorias, esos aforismos y tradiciones otorgaron carta
de nobleza a la medicina musulmana, que alcanzó un desarrollo y
un grado de fiabilidad extraordinarios en todo el mundo islámico,
gracias a una intensa investigación y a la enseñanza y la práctica
dispensadas en una notable red de hospitales.
Cuando
entre 637 y 651 derribaron el Imperio persa de los sasánidas, los
musulmanes árabes se apoderaron de Gundishapur, ciudad del sudoeste
de Irán, sobre el río Karún. Hallándose en todo su apogeo, esta
ciudad, que había sido fundada por los sasánidas a finales del siglo
III, constituía a la sazón el principal centro científico y médico
del Asia central. La escuela de medicina de Gundishapur había recibido
las aportaciones de científicos y de filósofos cristianos expulsados
de Edesa (actual Urfa, en Turquía) por los bizantinos en el siglo
V, o llegados después de que Justiniano cerrara la Academia de Atenas
(529). La escuela de Gundishapur entonces se encontró en la confluencia
de las tradiciones médicas griegas y helenísticas, así como de las
experiencias y teorías persas e hindúes (estas últimas importantes
en el terreno de la farmacología), y con los inmensos conocimientos
que atesoraba se dispuso a fecundar la investigación médica ya en
el seno del Islam.
Verdaderas
«dinastías» de médicos nestorianos participaron en el Bagdad de
los abbasíes en la construcción de hospitales y, sobre todo, en
las traducciones, en primer lugar del griego, pero también del siríaco,
del pahlaví persa y del sánscrito. Una empresa impulsada por los
califas, quienes enviaron sendas misiones a Bizancio, comandadas
por sabios cristianos y judíos, con el objeto de adquirir manuscritos,
entre los cuales las obras médicas ocupaban un lugar primordial.
El sabio cristiano de al-Hira y director de «La casa de la sabiduría»,
Hunain Ibn Ishaq (808-873), el más grande estos traductores, conocía
el griego, el siríaco, el persa y el árabe, lengua en la cual tradujo,
entre otros, los principales textos médicos de los griegos —un centenar
de obras de Galeno, Hipócrates y Dioscórides—. Asimismo, escribió
unas «Cuestiones de medicina» (bajo la forma de preguntas y respuestas),
el «Tratado del ojo» y el «Libro de las drogas simples». Su hijo,
Ishaq Ibn Hunain (m. 910) fue también médico y traductor. El traductor
y matemático Tabit Ibn Qurra (836-901), por su parte, escribió una
reconocida obra médica, «El tesoro».
A
la antigua farmacopea, los musulmanes le añadieron ámbar gris, alcanfor,
casia, clavos de especia, mercurio, mirra; e introdujeron nuevos
preparados farmacéuticos: jarabes (sharáb en árabe), julepes
(shulab), agua de rosas, etc. Los musulmanes establecieron
las primeras farmacias y dispensarios, fundaron la primera escuela
medieval de farmacia y escribieron grandes tratados de farmacología.
Los médicos musulmanes siempre han sido entusiastas defensores del
baño, especialmente en fiebres y en forma de baño de vapor. Sus
instrucciones para el tratamiento de la viruela y el sarampión,
apenas podrían mejorarse hoy en día.
Los
filósofos franceses Denis Diderot (1713-1784) y Jean Le Rond d’Alembert
(1717-1783) insertaron esta mención sobre la civilización islámica
en su gran Enciclopedia o «Diccionario razonado de las Ciencias,
las Artes y los Oficios», vasta obra de 17 tomos que se finalizó
en 1772, 21 años después de la aparición del primer volumen, y en
la que participaron también eruditos como Buffon, Holbach, Montesquieu,
Quesnay, Rosseau, Turgot, Voltaire, etc: «Los árboles florecen
en Córdoba; los placeres refinados, la magnificencia, la galantería
reinan en la corte de los reyes moros. Fueron tal vez esos árabes
quienes inventaron los torneos y los combates a pie. Sus espectáculos
y teatros, por burdos que fueran, demostraban que los demás pueblos
eran aun menos cultos. Córdoba era el único país de Occidente donde
se cultivaba la geometría, la astronomía, la química, la medicina.
Sancho el Craso, rey de León, tuvo que ir a Córdoba en 956 a ponerse
en manos de un médico árabe, que, en vez de aceptar la invitación
real, exigió que el rey acudiera a verlo».
No
se equivocaba Geoffrey Chaucer, el padre de las letras inglesas,
al destacar en su obra máxima los nombres de cuatro médicos musulmanes:
Haly (Alí Ibn al-Abbás), Razes, Avicena y Averroes. Véase E. G.
Browne: Arabian Medicine, Cambridge, 1921; Manfred Ullman:
Islamic Medicine, Edinburgh University Press, Edinburgo,
1978; David W. Tschanz: The Arab Roots of European Medicine,
en ARAMCO World, Houston (Texas), May/June, 1997, págs. 20-31.
El
primer hospital (en árabe maristán) más famoso del Islam
fue el fundado en Damasco en 707 por el califa omeya al-Walid I;
cien años después contaba con veinticuatro médicos. En el año 786,
el califa abbasí Harún ar-Rashíd emitió un decreto por el cual toda
nueva mezquita tenía que tener un anexo hospitalario. La enseñanza
médica se daba principalmente en los hospitales. En 931 había 860
médicos titulados en Bagdad.
Entre
los hospitales cuya construcción está históricamente comprobada,
el primero fue el que se erigió en Bagdad hacia 800 bajo la dirección
del gran médico nestoriano Ÿibril Ibn Bajtishu. Este hospital tomó
como modelo la brillante y cosmopolita academia médica de Gundishapur.
A
partir del siglo IX, las ciudades de todo el mundo musulmán, desde
Asia Central a al-Ándalus, se dotaron de instituciones similares.
En cada hospital había un equipo de médicos y cirujanos —algunos
de ellos especialistas—, así como personal de ambos sexos (los pacientes
femeninos y masculinos estaban separados). Distintos departamentos
atendían los casos de medicina interna, cirujía, oftalmología y
ortopedia. Además, cada hospital importante contaba con una administración
(se llegaron a redactar tratados sobre la buena administración de
los centros hospitalarios), un dispensario, una farmacia —donde
se preparaban las recetas médicas—, varios almacenes, una mezquita
y, con frecuencia, una biblioteca especializada. Los maestros, como
por ejemplo el gran ar-Razi, dispensaban a los estudiantes una enseñanza
teórica y práctica, basada en la observación clínica y sancionada
por la redacción de una tesis y la obtención de un diploma que permitía
ejercer la medicina, tras haber pronunciado el juramento de Hipócrates.
En El Cairo, el primer hospital fundado por Ahmad Ibn Tulún (835-884)
—el primero de los cinco tuluníes que gobernaron entre 868 y 905—
hacia 872, existía todavía en el siglo XV y otros establecimientos
sanitarios fueron localizados allí posteriormente.
Los
musulmanes superaron rápidamente a sus maestros. El gobierno califal,
que difundió copias de los manuscritos por todo el mundo islámico
(Egipto, Siria, Magreb, al-Ándalus), supervisaba la práctica médica
y paramédica de cirujanos, ortopedistas, oculistas, veterinarios,
perfumistas (por los cadáveres), fabricantes de jarabes, boticarios
y droguistas. Se publicaban manuales de clínica y la construcción
de hospitales se extendió desde Irak a todo el mundo islámico.
Establecido
en Bagdad, el médico y traductor iraní Alí Ibn Rabban at-Tabari
(m. 850) —no confundirlo con el historiador at-Tabari (839-923)—,
redactó el primer tratado médico completo en árabe, el «Libro de
la sabiduría», en el que abordó todas las ramas de la medicina de
entonces. En Egipto, donde fue notable la extensión de hospitales
y bibliotecas, eran especialmente frecuentes las enfermedades oculares
(y ello hasta el siglo XX); esto explica que Ibn Alí al-Mausili
escribiera para los fatimíes su «Libro sobre el tratamiento de las
enfermedades del ojo», que fue una obra de referencia en Europa
hasta el siglo XVIII.
Razes
La
figura sobresaliente en esta humana dinastía de sanadores fue Abu
Bakr Muhammad ar-Razi (844-926), famoso en Europa con el nombre
de Razes. Como la mayor parte de los principales científicos y filósofos
de su tiempo, era un persa que escribía en árabe. Nacido en Rei
(la antigua Ragha), a unos ocho kilómetros del Teherán de nuestros
días, estudió química, alquimia y medicina en Bagdad y escribió
237 libros, la mitad de medicina, de los cuales sólo 37 han sido
recuperados. Su Kitab al-Hawi (Libro enciclopédico) trataba
en veinte tomos todas las ramas de la medicina y todos los conocimientos
de la medicina griega, siria y árabe antigua. Traducido al latín
con el título de Liber continents, fue probablemente el
libro de medicina más respetado y empleado con frecuencia en el
mundo europeo durante varios siglos; era uno de los nueve libros
—otro era el Canon de Avicena— que componían toda la biblioteca
de la Facultad de Medicina de la Universidad de París en 1395.
Su
monografía «Sobre la viruela y la escarlatina» (Kitab al-gadari
ua al-hasba) puede considerarse como la primera descripción
clásica de la viruela. Sus numerosas invenciones, el alcohol y el
ácido sulfúrico por ejemplo, transformaron la ciencia química.
La
más famosa de las obras de ar-Razi fue una exposición, en diez volúmenes,
de la ciencia médica, el Kitab al-Mansuri ("Libro para
Almansur"), dedicado a un príncipe del Jorasán. Gerardo de
Cremona (1114-1187) tradujo al latín; el tomo noveno de
esta traducción, el Nonus Almansoris, que fue un texto popular
en las universidades europeas hasta el siglo XVI. Ar-Razi introdujo
nuevos remedios, como el ünguento mercurial, y el empleo del hilo
de tripa en las suturas. Algunas de sus obras más breves muestran
un amable aspecto de su carácter: una de ellas trataba «De cómo
aún médicos expertos no pueden curar todas las enfermedades»;
otra se titulaba: «Por qué ignorantes médicos, legos y mujeres
tienen más éxito que sabios doctores en medicina».
Ar-Razi
declara que el progreso científico sólo es posible si se sigue la
huella de los antiguos, porque «el más reciente se beneficia
con las adquisiciones de sus predecesores, a las que agrega su estudio
personal».
Los
últimos años de este médico prodigioso fueron sumamente amargos
y la pérdida de su vista los agravó aún más. «En realidad, se
dice que dicha ceguera fue el resultado del castigo que le infligió
un emir. Miembro de la conservadora familia Mansur, de Bujará. Este
enfurecido emir ordenó que ar-Razi fuera golpeado en la cabeza con
su libro (al-Mansuri), hasta que el libro o su cabeza se rompieran.
Acto seguido, ar-Razi perdió la vista, así como la alegría de vivir.
Cuando un oculista le sugirió la cirugía correctiva, ar-Razi le
respondió: "Ya he visto bastante de este mundo, y no me seduce
la idea de una operación con la esperanza de ver más de él. Poco
después moriría» (P. A. Hoodbhoy: El Islam y la ciencia.
O. cit., págs. 199-200).
SINOPSIS
DE LA DINASTÍA ABBASÍ
Los
Abbasíes fueron la segunda dinastía de califas que gobernaron el
califato del Islam desde el 750 hasta 1258. Descendientes de al-Abbás
Ibn Abd al-Muttalib (m. 653), miembro del clan Quraysh de La Meca,
que era tío del profeta Muhammad. Los Abbasíes (o Abbásidas) tomaron
el califato tras el derrocamiento de la dinastía Omeya, y lo conservaron
hasta que los mongoles saquearon Bagdad y asesinaron al último califa
de la línea. Durante la mayor parte del tiempo, su corte estuvo
en Bagdad, ciudad fundada por orden del segundo califa Abbasí, Al-Mansur
(754-775) en 762.
Alí
Ibn Abdallah Ibn al-Abbás, nace, según la tradición musulmana, en
661, la misma noche de la muerte del califa Alí, primo y yerno del
Profeta, asesinado por los jariÿíes y la intriga de los omeyas;
morirá en 735-6 en la aldea de Humayma, que se convierte así en
el centro de la propaganda abbasí en cuanto Muhammad Ibn Alí, padre
de los futuros califas as-Saffah y al-Mansur, es reconocido como
jefe supremo de los Abbasíes. Su abuelo al-Abbás era, como dijimos,
tío del Profeta Muhammad.
Los
soberanos Abbasíes descendían, por línea masculina, de la misma
familia del Profeta, y por rama femenina de la estirpe de los reyes
sasánidas. Pronto dominará en ellos la sangre persa sobre la árabe
quraishí. persas serán sus colaboradores en el gobierno, los célebres
primeros ministros barmakíes fueron sospechosos der ser, en el fondo,
zoroastrianos.
Ya
durante el gobierno del segundo califa al-Mansur (754-775) —auténtico
fundador de la dinastía—, entran en la administración y en el ejército
los mawali ("clientes") iraquíes e iranios, nativos
sometidos al Islam. Con Harún ar-Rashíd —califa entre 786-809— la
importancia del elemento nativo crece todavía más. los persas gobiernan
en Bagdad colaborando con los califas descendientes de princesas
persas, los soldados del imperio proceden de Oriente, del Jurasán,
y de ellos son los que defienden al califa de sus numerosos enemigos.
El
imperio abbasí, a diferencia del omeya, apoyado en Siria y en Egipto
y vuelto hacia el Mediterráneo, se torna hacia Irán y Asia Central,
en general. Al revés del califa de Medina —presidente itinerante
de una república teocrática— y al contrario del de Damasco —rey
beduino, jeque supremo y patriarca de las tribus árabes establecidas
en Siria—, el abbasí es un verdadero monarca asiático, sucesor de
los grandes reyes sasánidas.
Los
primeros tres califas denominados Rashidún ("bien guiados")
por los sunníes —Abu Bakr, Omar y Uzman— consiguen su poder por
procedimientos de elección beduina y el cuarto —Alí Ibn Abi Talib—
por ser primo y yerno del Profeta (elegido oportunamente por éste
como su sucesor).
Durante
el primer siglo de su califato, los Abbasíes actuaron como líderes
tanto religiosos como políticos del Islam, aunque incluso durante
este período su autoridad fue rechazada por diversos sectores de
la comunidad musulmana.
Los
Abbasíes habían engañado a los Alidas o Shiíes prometiéndoles que
una vez en el poder restaurarían el califato justo y se lo entregarían
a los descendientes de la familia del Profeta. Pero ésta fue simplemente
una maniobra para ganar adeptos y apoyo en su lucha contra los Omeyas.
Cuando Abu Abbás al-Saffah se proclamó primer califa de la dinastía
en 750, los alidas se sintieron frustrados y tomaron conciencia
de la hipócrita conspiración abbásida.
El
islamólogo y arabista español Juan Vernet señala algunos aspectos
claves de la problemática respecto al califato islámico en la época
abbásida: «Los abbasíes se consideraron no sólo sucesores del
Profeta sino mandatarios del mismo Dios en la tierra mediante un
pequeño artificio filológico. Al morir Mahoma, su sucesor, Abu Bakr,
había adoptado el título de califa (en árabe esta palabra significa
"delegado", "lugarteniente") del Enviado de
Dios. En el momento de proclamar a su sucesor, Umar, éste debía
recibir el título de "califa del califa del Enviado de Dios".
Entonces hizo observar que, de continuar el mismo sistema, el título
de sus sucesores se iría alargando progresivamente, razón por lo
cual se acordó mantener la fórmula adoptada por Abu Bakr. Los abbasíes
la simplificaron aún más y suprimieron la palabra de Enviado, con
lo cual su titulación permitió jugar con el equívoco de "califa
(o delegado) de Dios"» (J. Vernet: Lo que Europa debe
al Islam de España, El Acantilado, Barcelona, 1999, págs. 22-23).
El
auge de su poder se alcanzó probablemente con el reinado de Harún
al-Rashíd, que confió mucho en la familia de administradores Barmakíes
de origen persa. Tras la muerte de Harún, hubo un período de guerra
civil entre sus dos hijos, Al-Amín y Al-Ma‘mún, este último triunfó
al final pero el prestigio de la familia quedó deteriorado.
A
finales del siglo IX, los Abbasíes eran incapaces de ejercer una
autoridad política o religiosa real. Desde el punto de vista religioso,
su autoridad había sido tomada por los eruditos religiosos del Islam
sunní, después del fracaso del intento de los califas de imponer
su poder sobre ellos en la prueba de fuerza conocida como Mihna
(833-847). Como resultado de esto, a los califas se les limitó a
un papel sobre todo simbólico sólo como líderes nominales del Islam
sunní.
Los
seguidores del shiísmo rechazaron por completo a los Abbasíes, ya
que éstos no sólo persiguieron implacablemente a los partidarios
de Alí Ibn Abi Talib (600-661) que reivindicaban el califato justo
y piadoso de los primeros tiempos del Islam, sino que sistemáticamente
asesinaron a seis de sus Imames entre 765-874, todos ellos descendientes
del Profeta Muhammad.
Desde
el punto de vista político, los califas Abbasíes se convirtieron
en marionetas a manos de sus soldados turcos, capaces de quitar
o poner califas según su deseo. En el 908 un califa gobernó tan
sólo un día. El proceso culminó con la creación en el 935 del título
de amir al-umara (comandante de comandantes), que fue ocupado
por el auténtico poder político, el jefe de los soldados turcos.
Al mismo tiempo, los territorios que los Abbasíes habían controlado,
surgieron como estados independientes en regiones antaño bajo dominio
Abbasí. Algunos de los gobernantes de estos estados reconocieron
el califato de los Abbasíes, pero esto era sólo algo simbólico.
Aunque
en los siglos IX y X se observó una decadencia en el poder de los
califas, el período fue de gran importancia religiosa y cultural.
La prueba de fuerza entre los califas y los eruditos religiosos
sunníes supuso el surgimiento de la forma de islam suní. Preparó
el camino para la aparición de los grandes textos legales sunníes
y las colecciones de ahadith (tradiciones y dichos del Profeta
Muhammad).
Sólo
poco después, el Shiísmo alcanzó su modo definitivo cuando la línea
de los 12 imanes se completó a fines del siglo IX, acontecimiento
seguido de la aparición de libros legales shiíes y distintas colecciones
de ahadith.
Se
desarrollaron la filosofía, la medicina, las matemáticas y otras
ciencias en el mundo islámico, que se apropió y desarrolló el conocimiento
y la sabiduría de las culturas anteriores y circundantes. Particularmente
importante fue la ciencia y la filosofía del Oriente Próximo helenístico,
y durante los siglos IX y X se realizó la traducción al árabe de
varias obras de pensadores y científicos de Grecia y Roma.
La
labor de traducción fue fomentada por el califa Abbasí Al-Ma‘mún,
quien fundó para ello la denominada "Casa de la Sabiduría"
(Dar al-Hikma) en Bagdad. Los cristianos de lengua árabe
destacaron en la realización de traducciones. El sistema de los
denominados números árabes, aunque de hecho se originó en la India,
fueron adoptados en esta época por la civilización islámica y después
transmitidos a Occidente.
La
fragmentación política del califato condujo al surgimiento de muchas
cortes y centros de poder locales, que también fomentaron el desarrollo
de la ciencia y de la filosofía, así como de la poesía, la prosa,
el arte y la arquitectura. Algunas cortes locales que surgieron
en las regiones orientales del califato permitieron el surgimiento
de una literatura islámica.
El
período Buyí
Los
buyíes (o buwayidas o buidas) fueron los tres hijos de Buyeh o Buwaih,
Alí, Hasan y Ahmad. Eran originarios de las montañas de Dailam,
en el suroeste del Caspio. Su primer enfrentamiento fue contra las
huestes de su vecino dailamita, Mardawiÿ Ibn Ziyar (m. 935), fundador
de la dinastía de los ziyaríes o ziyaridas que gobernaron en Tabaristán
y Gorgán o Ÿurÿán (Irán septentrional).
Alí
se hizo dueño de Isfahán, Hasan tomó la zona central iraní del Ÿibal
que incluye una buena porción de la cordillera Zagrós, y Ahmad anexó
las regiones de Kermán y el Juzistán.
En
945, Ahmad entró con su ejército en Bagdad y logró que el califa
abbasí al-Mustakfí (g. 944-946) aceptara la tutela buyí la cual
se extendería durante ciento diez años hasta 1055, cuando fuera
doblegada por los selÿukíes. Ahmad logró hacerse reconocer gran
emir , con el sobrenombre honorífico de Muizz al-Daula, "el
que fortalece al Estado".
Los
Buyíes son los primeros soberanos iraníes que profesaron las doctrinas
de la escuela imamita duodecimana y hicieron del Islam shií la creencia
oficial del Irán.
El
fenómeno de que durante la segunda mitad del siglo X una gran parte
del territorio islámico estaba en manos de príncipes shiíes es algo
bastante poco conocido, a pesar de la inobjetable realidad histórica.
Los Fatimíes reinaron en Egipto, Libia y Palestina entre 909-1171,
los Hamdaníes de Alepo (944-1003) en Siria y los Buyíes en Irak
e Irán entre 945-1055; sin embargo, no intentaron ningún tipo de
alianza y se desvanecieron en la historia de la misma súbita manera
como habían aparecido. Los buyíes incentivaron las ciencias y las
artes. Así, establecieron en Bagdad un observatorio astronómico
en 988 y una «Casa de la Ciencia» en 991.
Adud
al-Daula (Isfahán 936-Bagdad 983), emir Buyí, fue un modelo de gobernante
que se ocupó personalmente de los asuntos más insignificantes del
reino. Fue, sin discusión, un príncipe tolerante que se esforzó
en calmar las pasiones entre los sunníes y shiíes y entre los partidarios
de la filosofía y la jurisprudencia rigorista, conformando a todos
y ampliando las dimensiones del saber. Fue también constructor de
hospitales, de mezquitas y madrasas.
Los
buyíes y fatimíes en el Oriente, y los andalusíes en Occidente hicieron
del Dar al-Islam un verdadero paraíso terrenal. Eran los tiempos
en que en un extremo enseñaba Avicena (980-1037) —visir de la corte
buyí—, e Ibn Hazm (994-1064) en el otro.
El
período Selÿukí
En
1055, los turcos Selÿukíes (o Selÿúcidas), que eran sunníes, tomaron
Bagdad. Aunque de nuevo considerados como símbolos de la unidad
del Islam sunní, la libertad de acción de los califas quedó muy
limitada. Sólo en los tiempos de debilidad Selÿukí, los califas
pudieron ocasionalmente ejercer algún poder e influencia.
La
caída de Bagdad y la mayor matanza de musulmanes de la historia
Los
sabios del Islam con sus universidades (madrasas). bibliotecas,
observatorios, laboratorios y miles de descubrimientos invalorables
atesorados en seis siglos fueron barridos del mapa y se perdieron
para siempre. Bagdad fue tomada el 10 de febrero de 1258 y el Islam
sufrió la mayor matanza de su historia: los mongoles mataron a no
menos de un millón de musulmanes árabes y persas en cuarenta días,
o sea la mitad de la población: «Un mongol encontró en
una calle lateral a cuarenta niños recién nacidos, cuyas madres
estaban muertas. Como acto de clemencia, los mató, pues pensó que
no podrían sobrevivir sin nadie que los amamantase» (Steven
Runciman, Historia de las Cruzadas. Alianza, Madrid, 1997,
vol. III: "El Reino de Acre y las últimas cruzadas", págs.
280-281). «Algunos mongoles —aseguran testigos oculares—, destripaban
cadáveres, los llenaban hasta el tope con alhajas saqueadas y así
desaparecían cabalgando, llevando delante suyo sobre la montura,
atravesados, estos espantosos recipientes para el transporte...El
conquistador recién se retiró un rato cuando se hizo insoportable
el olor de los cadáveres al bajar el fresco invernal... Sólo quedaron
intactos los cristianos y las iglesias cristianas. No únicamente
porque las primeras mujeres de Hulagú eran cristianas. Hulagú había
entrado en una gran coalición con los cruzados, por medio del rey
(cristiano) de Armenia, que era suegro del príncipe cruzado Bohemond
de Antioquía» (Rolf Palm: Los árabes. La epopeya del Islam,
Javier Vergara, Buenos Aires, 1980, pág. 331).
El
caudillo mongol Hulagú (1217-1265), nieto de Genghis Jan y hermano
de Mangu Jan (1208-1259) y Kublai Jan (1215-1294), hizo matar al
califa abbasí al-Mustasim (1221-1258) y, sin saberlo, acabó con
la línea de califas iniciada en 750. Entonces los sultanes Mamelucos
de Egipto (1250-1517) crearon un califato marioneta en El Cairo,
colocando a varios miembros de la familia Abbasí que habían escapado
de Bagdad. Sin embargo, desde la caída del califato Abbasí en Bagdad,
ningún pretendiente al cargo logró un reconocimiento general entre
los musulmanes.
En
1517, Selim I, sultán del Imperio otomano, apresó al último Abbasí
en Egipto y lo trasladó a Estambul. Allí lo hizo renunciar a su
favor y de esa manera el califato islámico continuó bajo la égida
de los sultanes Otomanos hasta 1924 cuando fue abolido por Mustafá
Kemal Atatürk.
Aproximadamente
después del primer siglo no se puede decir que los Abbasíes hayan
tenido demasiado control sobre los acontecimientos, aunque sin duda
suponían un foco de lealtad para el Islam sunní durante un período
a menudo turbulento, y su califato puede considerarse como la Edad
de Oro de la civilización islámica.
HISTORIAS
DEL REINADO DE HARÚN AR-RASHÍD
Harún
al-Rashíd (766-809), cuyo nombre se traduce como «Harún el Recto»
fue el quinto califa (786-809) de la dinastía Abbasí de Bagdad (750-1258).
Su reinado fue una extraña combinación de despotismo e ilustración.
Harún fue hecho califa a los 23 años y entregó temporariamente el
poder a Yahia Ibn Jalid al-Baramika y a los hijos de éste, Ÿafar
y al-Fadl. Estos pertenecían a la distinguida familia persa de los
barmacíes o barmácidas que gobernarían de hecho el califato durante
diecisiete años. Veamos que dijo Harún al confiar la administración
a Yahia y poder así dedicarse full time a sus orgías y degeneramientos:
«Te invisto con el dominio sobre mis súbditos. Gobiérnalos como
te plazca; destituye a quien quieras; nombra a quien quieras; conduce
todos los asuntos como mejor te parezca»; y para ratificar sus
palabras entregó a Yahia su anillo (cfr. E.H. Palmer: The Caliph
Haroun Alrasdchid, Nueva York, 1944, pág. 35; Nabia Abbott:
Two Queens of Baghdad, University of Chicago Press, 1946,
pág. 113).
Embajada
a Carlomagno
Una
de las primeras grandes travesías que tuvo como protagonistas a
viajeros musulmanes del Oriente se refiere a aquella embajada enviada
por Harún ar-Rashíd a la coronación del Emperador de Occidente,
Carlomagno (742-814), en Aquisgrán (hoy Aachen, Alemania). Ésta
arribó a destino el 30 de noviembre del año 800 (la ceremonia estaba
prevista para la Navidad a cargo del Papa León III), luego de recorrer
varios miles de kilómetros desde Bagdad.
Los
embajadores del Islam le llevaron al rey de los francos como prueba
de buena voluntad, un elefante, animal que no se veía en esas latitudes
desde los tiempos del estratega cartaginés Aníbal (247-183 a.C.).
El paquidermo desfiló por las calles camino de palacio aclamado
por una alborozada multitud. Carlomagno quedó encantado con este
obsequio y otros magníficos presentes cedidos por el califa bagdadí,
como un juego de ajedrez, camellos, especias y perfumes, un reloj
hecho por sus relojeros que tañía una campanada cada hora, y un
órgano musical neumático, el primero de su clase que entraba en
Europa. Y lo que parece increíble: «las llaves del Santo Sepulcro
y el estandarte de Jerusalén». Véase Travellers and Explorers.
An Elephant for Charlemagne, Iqra Trust, Londres, 1992, págs.
8-11; Sigrid Hunke: Kamele auf dem Kaisermantel —deutsche-arabische
Begegnungen seit Karl dem Grossen, Stuttgart, 1976.
La
razón de la primacía persa
Los
nuevos grupos sociales surgidos a la sombra del poder abbasí estaban
encabezados por los llamados secretarios (katib, pl.
Kuttâb) de las cancillerías califales (divanes) que eran persas
en su gran mayoría. Con el pasar del tiempo, los persas no sólo
reemplazaron a los árabes en los puestos claves de la administración
califal sino que se convirtieron en los intelectuales y científicos
de mayor renombre y prestigio.
Este
fenómeno fue analizado y explicado por el gran historiador y sociólogo
tunecino Ibn Jaldún (1332-1406): «Ya habíamos señalado que la
práctica de las artes no existe sino en la vida sedentaria, estado
del cual los árabes se hallaban muy distantes. Dado que las ciencias
se cultivan también en las ciudades, los árabes se mantuvieron alejados
de ellas y de los lugares en donde florecían. Cuando la conquista
musulmana, las poblaciones sedentarias (de los países dominados)
se componían de no-árabes, de libertos igualmente no-árabes y de
gentes educadas al estilo de vida sedentaria; seguían el ejemplo
de los no-árabes em todo lo que se relaciona con dicho género de
vida, la práctica de las artes y el ejercicio de los oficios. Aquellos
pueblos eran perfectamente formados para ese tipo de civilización
habiéndose arraigado entre ellos durante el prolongado dominio de
los persas Los primeros maestros en el arte de la gramática fueron
Sibawaih (m. 796-97) primero, luego az-Zaÿaÿ (m. 949) y después
al-Farisí (m. 987). Los tres eran de origen persa, sin embargo habían
pasado su juventud en la práctica de la lengua árabe, ventaja que
debían a la educación que recibieron y al trato con los árabes del
desierto. Redujeron a sistema las reglas de la lengua e hicieron
de ella una rama de ciencia que habría de ser útil a la posteridad.igualmente
fue el caso de los hombres que memorizaban las Tradiciones sacras
(Ahadith) y las conservaban en su retentiva, en gran provecho de
los musulmanes, pues la mayoría de ellos pertenecían a la nación
persa o se habían asimilado a ella por la lengua y la educación.
Todos los grandes sabios que han tratado los principios fundamentales
de la jurisprudencia, todos los que se han distinguido en la teología
dogmática, y la mayor parte de los que han cultivado la exégesis
(Tafsir) coránica, eran persas, como es bien sabido. No hubo en
aquel entonces más que hombres de esta nación para consagrarse a
la conservación de los conocimientos y a la tarea de ponerlos por
escrito. Hecho suficiente para demostrar la veracidad de la expresión
atribuida al Profeta: "Si la ciencia estuviera suspendida en
lo alto del cielo, algunos persas habría para alcanzarla"...La
enseñanza de todas las ciencias quedó entonces definida como un
arte especial de los persas, desatendiéndola enteramente los árabes.
Estos desdeñaban ejercerla. Las únicas personas que se encargaron
de ella fueron los persas asimilados a los árabes, cual el caso
de todas las artes y oficios, como dejamos aclarado» (Ibn Jaldún:
Introducción a la historia universal. O.cit., págs. 1008-1014).
El
padre jesuita Miguel Asín Palacios (1871-1944), célebre islamólogo
y arabista español, cita una moraleja del asceta Ibn al-Samak (m.
799) cuando una vez éste visitó a Harún al-Rashíd en su palacio.
En el instante que un sirviente trajo un vaso de agua pedido por
el califa, Ibn Samak exclamó : «¡Oh Príncipe de los Creyentes!
Sí no te fuese posible ahora beber ese vaso de agua, ¿cuánto darías
gustoso por conseguirlo?». A lo cual contestó al-Rashíd: «¡Todo
mi imperio!». Insistió Ibn al-Samak: «Y si no pudieses evacuar de
tu cuerpo esa agua, después de haberla bebido, ¿cuánto darías gustoso
por librarte de ese mal?». Respondió al Rashíd: «¡Mi reino entero!».
Entonces Ibn al-Samak dijo al califa: «¿Y estás tan ufano de poseer
un reino que no vale una evacuación de orina, ni lo que vale un
sorbo de agua?» (Ibn al-Samak: Los caracteres y la conducta,
trad. M. Asín Palacios, Madrid, 1916, pág. 115).
Bagdad,
capital de Harún, fue la ciudad de las ambigüedades, en la cual
la riqueza del califato permitió, por una parte, un gran despilfarro,
y por otra, un florecimiento de las ciencias y las artes que conducirían
a la consolidación de la civilización islámica y al apogeo de la
llamada Edad de Oro del Islam clásico.
Desde
el 791 hasta el 809 el imperio de Harún estuvo en guerra contra
el Imperio Bizantino, y en el 807 sus fuerzas ocuparon la provincia
bizantina de Chipre. A pesar del gobierno afable, generoso, juicioso
e incansable de Yahia, al-Rashíd se cansó pronto de tanta nobleza:
se adueñó de la fortuna barmácida e hizo decapitar a Ÿafar y encarceló
a Yahia y a su otro hijo al-Fadl que murieron poco después. Sin
embargo, este fue el comienzo del fin de al-Rashíd. Aunque Harún
sólo tenía entonces cuarenta y dos años, sus hijos al-Mamún (786-833)
y al-Amín (787-813) ya competían por la sucesión y aguardaban su
muerte. Con la vana esperanza de aminorar esta disputa, Harún dispuso
que al-Mamún heredaría las provincias situadas al este del Tigris,
al-Amín el resto y que, a la muerte de uno de los hermanos, el otro
gobernaría todo el reino. En el mismo año 806 estalló en el Jorasán
(el "país del este" de los geógrafos árabes musulmanes,
hoy provincia de Irán) una seria rebelión producida por los excesivos
impuestos de los abbasíes sobre la empobrecida población. Harún
marchó a reprimirla, acompañado de al-Amín y al-Mamún, aunque padecía
severos dolores abdominales. Al llegar a Tus (cerca del actual Mashhad,
Irán oriental), no podía tenerse en pie. Poco tiempo después murió
a la edad de cuarenta y cinco años.
IBN
FADLAN: EL PRIMER GRAN VIAJERO DEL ISLAM
El
21 de junio del 921 (Safar 309), un grupo de viajeros partió desde
Bagdad. Esta nueva embajada era encabezada por Nadir al-Haramí que
portaba mensajes amistosos del abbasí al-Muqtadir (califa entre
908-932) para ser entregados al rey de la Rusia vikinga, Igor (877-945),
hijo de Rurik (m. 879), fundador de la dinastía homónima. La embajada
llegó a destino en mayo de 922 (Muharram 310). En realidad se trataba
de una delicada misión diplomática destinada a lograr un alianza
contra un enemigo común: Bizancio. Igor lideraría una fracasada
expedición contra Constantinopla en 941-944 que contó con el apoyo
del califa al-Mutaqqí (cfr. Frank R. Donovan: Los Vikingos,
Editorial Timun Mas, Barcelona, 1965, págs. 62-77). Entre los viajeros
se contaba un sagaz y observador secretario, Ahmad Ibn Abbás Ibn
Fadlan quien recorrería enormes extensiones de Escandinavia, Rusia
central, el mar Negro y el Caspio. En 922 llevó a la madurez un
diario de ruta llamado en árabe Risala ("Tratado"),
también conocido como «Viaje al país de los búlgaros del Volga»
(trad francesa de M. Canard, en Annales de l'Institut d'etudes orientales
de la faculté des lettres de l'Université d'Alger, t. XVI, Argel,
1958). Sus observaciones, caracterizadas por un afán de objetividad,
son muy valiosas, pese a que de vez en cuando se manifieste en ellas
la indignación por las costumbres de pueblos no musulmanes como
los eslavos y los turcos paganos (cfr. A. Ibn Fadlan: Voyages
chez les Bulgares de la Volga, Sindbad, París, 1988). En 1999
se estrenó la película «13 Guerreros» protagonizada por el actor
español Antonio Banderas (Ibn Fadlan) basada en el libro de Michael
Crichton Devoradores de cadáveres (Plaza & Janés, Barcelona,
1993) que es una síntesis del manuscrito de Ibn Fadlan.
LAS
DINASTIAS DE MUSULMANAS DEL ASIA CENTRAL
DURANTE
LA ÉPOCA ABBASÍ
Con
la muerte del califa al-Mutasim en 842 se acaba el gran siglo abbasí
y la ruina y la división asolarán el califato a partir de entonces.
Durante los siglos siguientes, hasta la caída de Bagdad en 1258,
la autoridad califal será cada vez más débil. Al mismo tiempo, los
jefes de las guardias de soldados turcos irán formando y estableciendo
reinos independientes en diversas regiones del Asia Central que
conformarán verdaderas dinastías musulmanas.
Precisamente,
la creación en el año 836 por el califa Mutasim de una guardia pretoriana
de esclavos turcos o mamelucos (del ár. mamluk: "poseído")
en Samarrá —la nueva capital situada al norte de Bagdad—, provocó
que tanto aquél como la mayoría de sus sucesores no fueran sino
unos comparsas en manos de sus generales turcos.
Los
Tahiríes
A
partir de la muerte de Harún ar-Rashíd, en 809, hubo una guerra
fratricida hasta que Tahir Ibn Husain, general de al-Mamún, derrotó
a los ejércitos de al-Amín y le cortó la cabeza al hijo menor de
Harún ar-Rashíd enviándosela a su hermano al-Mamún que por esa época
se encontraba establecido en Merv. Este al ser proclamado nuevo
califa premió a su comandante con la administración del Jorasán,
que quedó como territorio vasallo del califato bagdadí a partir
de 821. Durante cincuenta y dos años (821-873) los sucesores de
Tahir, los tahiríes o tahíridas gobernarían el Jorasán —y ocuparían
el puesto de prefecto de policía en Bagdad— hasta que fueron desalojados
temporalmente por los saffaríes y sucedidos por los samaníes.
Los
Saffaríes
El
imperio abbasí estuvo siempre constituido por un agregado de territorios
con límites más o menos indefinidos, modificados en función de las
revueltas locales y de las tentativas de secesión. No era raro que
un gobernador extendiera su autoridad a regiones que no estaban
oficialmente a su cargo. Asimismo, graves sublevaciones como las
de los Zanÿ en el Africa oriental y la de los Qármatas (o Cármatas)
conmoverían al califato y escaparían a su control.
Sin
embargo, la amenaza más seria en el siglo IX contra Bagdad la constituyeron
los saffaríes o saffáridas. Esta tuvo lugar en 867 y fue dirigida
por Yaqub Ibn Lait as-Saffar, un antiguo artesano calderero que
creó este movimiento de emancipación popular que rápidamente logró
apoderarse del Sistán (su lugar de origen, hoy bajo Afganistán y
parte del Irán actual) y el Jorasán y derrocar a los tahiríes, fijando
su capital en Nishabur, a 112 kilómetros de la actual Mashhad (la
capital del Jorasán iraní).
Los
califas abbasíes que se sucedieron entre 867 y 900 reconocerían
el emirato autónomo de los saffaríes sobre el Tujaristán, Kermán,
Sistán y Sind, y después sobre el Jorasán, Fars y Sisyistán, a la
vez que procuraban que los samaníes les atacaran (éstos terminarían
derrotándolos y adueñándose de sus dominios), y es que mientras
los tahiríes y samaníes representaban de alguna forma los intereses
del «Islam oficial abbasí» y el status quo en lo social,
los saffaríes eran de origen popular y sus fuerzas llegaron a incluir
a muchos elementos opuestos a la ortodoxia, como shiíes, jariÿíes,
ismailíes, etc.
Yaqub
y sus descendientes fueron gobernadores autónomos y extendieron
su dominio sobre el ciertas zonas del Jorasán hasta 1495. Los saffaríes
lograron sobrevivir como élite intelectual y política, pese a las
terribles invasiones de los mongoles de Gengis Jan y Tamerlán, durante
más de 600 años.
Los
Samaníes
En
874, los descendientes de Samán, noble mazdeísta, fundaron una dinastía
islámica conocida como samaní o samánida que gobernó la Transoxiana
(en árabe Ma wara al-Nahr) y el Jorasán como estado autónomo
del califato bagdadí hasta 999.
Bajo
los reyes samánidas, Bujará y Samarcanda rivalizaban con Bagdad
como centros de erudición y arte; allí revivió el idioma persa para
convertirse en el vehículo de una gran literatura; ar-Razi (844-926)
el más grande de los médicos del Islam clásico dedicó el Kitab
al-Mansurí ("Libro para al-Mansur") su inmenso compendio
de medicina de diez volúmenes, a un príncipe samánida, Mansur Ibn
Ishaq (el italiano Gerardo de Cremona que vivió entre 1114
y 1187 tradujo al latín, el tomo noveno de esta obra, el Nonus
Almansoris, que fue un texto popular en las universidades europeas
hasta el siglo XVI); una Corte samánida concedió protección, y el
uso de una riquísima biblioteca, a Ibn Sina (980-1037), el Avicena
de los latinos, el más grande filósofo del Islam oriental y también
notable facultativo, llamado «el príncipe de los médicos».
El
poeta Rudaki (859-940) estuvo al servicio de Nasr Ibn Ahmad (g.
913-943), emir samaní de Bujará. A Rudaki se le ha considerado como
el verdadero primer poeta del Irán islámico, y ha sido llamado,
a veces, «el Chaucer de Irán».
Los
samaníes (que se decían descendientes de los sasánidas) lograron
administrar un territorio que se extendía desde los confines de
la India hasta el Tabaristán (hoy encuadrado en la provincia de
Mazandarán, Irán). Sin embargo, en 990 los turcos se apoderaron
de Bujará y en 999 pusieron fin a la dinastía samánida.
Los
Gaznavíes
La
costumbre de utilizar regimientos de esclavos turcos (gholam
en persa) por parte del califato abbasí fue imitado por los samánidas.
Esto dio lugar a que estos turcos paganos se islamizaran y adquirieran
cierto grado de civilización. En 961, a la muerte del emir samánida
Abdulmalik Ibn Nuh, el gholam turco Alp-tegín se rebeló
y capturó la ciudad de Gazna, a 145 kilómetros de Kabul (hoy capital
de Afganistán), estableciendo allí la dinastía gaznaví o gaznávida.
Sebuk-tigín, primero gholam, luego yerno y sucesor de Alp-tigín,
entre 977-997 extendió su dominio sobre Peshawar y parte del Jorasán.
Su hijo, el famoso sultán Mahmud de Gazna (971-1030) conquistó el
Irán desde el Golfo Pérsico hasta hasta el Amur Dariá y, en diecisiete
implacables campañas, añadió el Punjab a su imperio y una gran parte
de la riqueza de la India septentrional. También arrebató a los
buyíes las ciudades de Rei (cerca del Teherán actual) y Hamadán
en el Irán occidental. Pero aparentemente se sació de tantas guerras,
botines y conquistas y gastó parte de sus riquezas en la construcción
de importantes edificios islámicos en Gazna. Allí el otrora sanguinario
conquistador se convirtió en un dudoso mecenas de científicos, artistas
y poetas que fue de alguna manera lo que posibilitó el comienzo
de la gran era de la cultura islámico-persa. Entre los que figuraron
con bien ganada fama en la corte gaznávida, además del polígrafo
al-Biruni, podremos nombrar a un poeta como Firdusi (940-1020),
autor del mayor poema de la literatura persa, el «Libro de los Reyes»
(Shah Nameh), quien le dedicó, no de su agrado, esa extraordinaria
obra de sesenta mil dísticos, y que fue pagado por Mahmud con la
más grosera de las ingratitudes. Durante esta brillante generación,
Mahmud de Gazna estuvo cerca de convertirse en el soberano musulmán
más importante de su tiempo; pero siete años después de su muerte,
el imperio gaznaví cayó en manos de los turcos selÿukíes.
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