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LA CIENCIA Y LA FE EN EL BAGDAD ABBASÍ

Unas setecientos cincuenta aleyas, es decir casi la octava parte del Sagrado Corán, estimulan a los creyentes a estudiar la naturaleza, a reflexionar, a utilizar de manera óptima la razón y a hacer de la ciencia una parte integrante de la vida social. Inspirados en esos mandamientos, apenas cien años después de la muerte del Profeta los musulmanes se dedicaron a la conquista y el dominio de las ciencias por entonces conocidas, alcanzando una situación de predominio en la creación científica que duró los seiscientos años siguientes.

Desde la gestación de la civilización islámica, los musulmanes sostuvieron relaciones directas con las civilizaciones china, india, bizantina y persa, entre otras. El contacto establecido a través de los viajes y el comercio provocó una relación intensiva y estrecha con éstas.

Por otra parte, los musulmanes se constituyeron en los herederos del legado cultural de todas las antiguas civilizaciones desarrolladas en el Oriente Próximo y Medio. Esos primeros musulmanes habían llevado a la práctica además dos preceptos fundamentales del Profeta Muhammad: «Buscad la ciencia desde la cuna hasta la tumba»; «¡Id en busca de la ciencia a todas partes, hasta en la China!»; «¡Echad mano de la sabiduría y no mireis el recipiente que la encierra».

En la época del Islam Clásico, todas las regiones del territorio musulmán estaban en el más estrecho contacto cultural y comercial entre sí, por lo que cualquier producción cultural de importancia en un país o región pasaba pronto a ser propiedad común de los creyentes en otros territorios. Completadas las fases principales de la expansión islámica, el tremendo estímulo colectivo de los musulmanes por crear entonces nuevas expresiones, fructificaron en una rica cosecha de realizaciones técnicas, científicas, industriales, económicas, sociales y sobre todo literarias, artísticas y filosóficas. Establecieron así los fundamentos de una parte muy importante de la actual cultura y civilización en el Occidente.

Esta comunidad científica (Ummat al-Ilm) fundó en Bagdad, El Cairo y otras ciudades instituciones internacionales de estudios superiores (bait al-híkmas) y observatorios (shamsiyyas) que agrupaban a sabios de todos los países. Sabios originarios del Asia central como Avicena (980-1037) y al-Biruni (973-1048) escribían en árabe, cuando su coetáneo Ibn al-Haytham (965-1039), podía emigrar desde su Basora natal, en los dominios del califa abbasí al-Qadir (m. 1031), a la corte de su rival, el califa fatimí al-Hakim (996-1021), plenamente seguro de que sería recibido con respeto y veneración, pese a las diferencias políticas y religiosas que no eran entonces menos agudas que hoy.

Como dice el profesor Pervez Amirali Hoodbhoy, doctor en Física nuclear de la Universidad Quaid-e Azam de Islamabad (Pakistán): «Un marciano que hubiera visitado la Tierra en el año 1100 d.C. habría llegado a la conclusión de que la civilización árabe era, con mucho, la más avanzada» (P.A. Hoodbhoy: El Islam y la Ciencia. Razón científica y ortodoxia religiosa, prólogo de Muhammad Abdus Salam, Edicions Bellaterra, Barcelona, 1998, pág. 210).

En la floreciente civilización islámica de los primeros cinco siglos de la Hégira, la religión no fue un factor de inmovilismo, sino todo lo contrario. Actuó como motor de arranque, estimulando la búsqueda del saber y la superación humana en todos los sentidos, integrando y no segregando, sumando y no restando, pues el Islam es para todos y no para algunos privilegiados.

Un astrónomo como el sirio al-Battani (858-929), el Albatenius de los latinos, calculó correctamente la distancia de la tierra a la luna, mientras que el irakí Ÿabir Ibn Hayyán (721-815) sugirió que si se podía dividir el átomo se liberaría suficiente energía como para destruir una ciudad del tamaño de Bagdad.

 

El Islam y la ciencia

¿Dónde está la ciencia cuando el Imperio romano de Occidente se derrumba, en el siglo V. d.C.? Hacia el año 385, el obispo Teófilo de Alejandría (m. 412) consigue un decreto imperial por el cual la famosa biblioteca concentrada por entonces en el Serapeum será destruida y todas sus obras quemadas o hechas pedazos. En 529, el emperador Justiniano cierra las escuelas de Atenas por su paganismo. Occidente sufre en esta época una profunda mutación. emerge entonces un mundo rural, en el cual la cultura habita en los monasterios, cultura literaria y religiosa, no ya cultura científica. La Alta Edad Media cristiana no precisa sabios.

En el Mundo Islámico, por el contrario, los sabios serán imprescindibles desde los primeros tiempos. Desde que el Islam se afirma como civilización, los sabios musulmanes. judíos o cristianos, árabes o iraníes, hablan, piensan y escriben en árabe. Nace entonces una comunidad intelectual y científica, alentada por una sociedad ávida de saber y mantenida por numerosos mecenas.

Cuando el califa abbasí al-Mansur cae enfermo de dispepsia, manda a buscar a Jurjis, médico famoso de Gundishapur, y, una vez curado, intenta retenerlo en su corte. De esta forma, se instalan en Bagdad hombres de ciencia que le aportan sus libros, sus conocimientos y sus experiencias. Los grandes califas abbasíes que suceden a al-Mansur continúan esta política; un descendiente de Jurjis funda en Bagdad en los comienzos del siglo VIII, el primer hospital digno de ese nombre, según el modelo de Gundishapur.

Al-Ma‘mún, que reina desde 813 a 833, es el modelo de los príncipes ilustrados, amantes de las letras y de las ciencias. Si bien no la inició, dio un fuerte impulso a la actividad de la «Casa de la Sabiduría» (Bait al-Híkma). Su primer director fue el sabio cristiano Hunain Ibn Ishaq (808-873) de al-Hira (Irak). Harún ar-Rashíd ya había establecido la biblioteca llamada la «Alacena del Saber» (Jazanat al-Híkma). El califa al-Ma‘mún patrocina igualmente los primeros grandes trabajos de observación astronómica; a su cargo, se reúne a sabios y se les encomienda un programa de verificación de los datos del Almagesto del astrónomo y matemático Claudio Tolomeo (100-170), que tiene como resultado el establecimiento de nuevas Tablas.

Repartir hombres de ciencia sobre un mapa, es encontrar las grandes fases de la historia del Islam: en la época del apogeo del califato Abbasí (siglos VIII-X), Bagdad es el gran polo hacia el que afluye la mayoría de los sabios.

 

Del griego al árabe

Los primeros textos científicos en lengua árabe son traducciones del griego, del siríaco, del sánscrito, del pahleví (persa sasánida). Estas obras permiten la elaboración de un vocabulario científico, inexistente en una lengua que era la de los beduinos de la Arabia preislámica, y que le Corán trasnfromó en la lengua de la Revelación. Un ejemplo: la palabra griega epilhyia que designa la epilepsia, está en un primer tiempo, simplemente transcripta en siríaco, y luego del siríaco al árabe: ibilimsiya (la b reemplaza a la p ausente en los alfabetos semíticos. Un tratado árabe del siglo XI da como título a uno de estos capítulos: Fi ibilimsiya es decir, al-sar‘. Esta última palabra se deriva de un verbo árabe que significa hacer caer por tierra. Algunas décadas más tarde, la palabra transliterada del griego cayó en desuso: el término propiamente árabe basta y es el único empleado entonces; desde ese momento pertenece a una terminología unificada y conocida por todos.

En la cadena que conduce del griego al árabe, el siríaco es un eslabón esencial. En efecto, la mayoría de los traductores son cristianos, que usualmente manejan el griego y el siríaco, las lenguas científicas de la época. Hablan en árabe sólo cuando los comanditarios, sabios o notables musulmanes se lo piden, y luego má starde, una vez vez que el árabe se haya impuesto a todas las lenguas.

 

Hunain Ibn Ishaq

Hunain Ibn Ishaq es uno de estos traductores, su actividad es modélica de las condiciones de la transferencia de la ciencia antigua a los países del Islam. Nacido en 808 en el seno de una familia criatiana nestoriana de Hira, en el bajo Eufrates, es bilingüe: el árabe es la lengua hablada en su ciudad natal, el siríaco es su lengua materna. Atraído, como tantos otros, por el prestigio de la capital abbasí, acude a ella para estudiar medicina. Pronto aprende el griego, quizá en Alejandría. De regreso a Bagdad, trabaja como médico y traductor. A él se deben varios tratados médicos y un número impresionante de traducciones de obras de Platón, Aristóteles, Hipócrates, Tolomeo, Porfirio, Rufo de Éfeso, Pablo de Egina, Galeno. Durante una temporada en la cárcel en 856, redacta un opúsculo en el que relata cómo tradujo ciento veintinueve tratados de Galeno.

La actividad de Hunain y de sus émulos dio a los musulmanes acceso al saber antiguo: las grandes obras griegas de filosofía, de lógica, de medicina, de astronomía, dematemáticas, de botánica, de mecánica, son, a partir de ese momento, accesibles.

Traducción del griego al árabe. Pero también del sánscrito y del pahleví al árabe, el movimiento es menos conocido, y con seguridad menos gigantesco, pero no puede permanecer ignorado. Uno de los más importantes tratados astronómicos de la tradición india, el Mahasiddhanta, es traducido del sánscrito en los años 770, por iniciativa del califa al-Mansur; junto con otras obras indo-persas, está en la base de una corriente de la astronomía árabe-islámica que se desarrolla durante largo tiempo en al-Ándalus.

 

ALQUIMIA

 

La alquimia es una de las ciencias tradicionales del Islam. Durante mucho tiempo fue designada con el mismo término que la química propiamente dicha (al-kimiyya en árabe), antes de que ésta se convirtiera en una ciencia "exacta".

La alquimia está vinculada a una interpretación mística y alegórica del desarrollo espiritual del hombre, lo que no le impide mantener un territorio común con la química en su tentativa de conocer la constitución de la materia a través de la trasmutación de los elementos (cfr. Serge Hutin: La alquimia, Eudeba, Buenos Aires, 1962; Mircea Eliade: Herreros y alquimistas, Alianza, Madrid, 1974; Pierre Lory: Alchimie et mystique en terre d’islam, Verdier, Lagrasse, 1989; Alexander Roob: Alchemy & Misticism, Taschen, Köln, 1997).

La alquimia tuvo su origen en el Egipto helenístico y llegó a la cúspide de su popularidad en el Irak Abbasí del siglo VIII con Ÿabir Ibn Hayyán. Los alquimistas musulmanes alcanzaron nuevas técnicas para el tratamiento de los metales y lograron valiosos descubrimientos científicos. Mejoraron las dos principales operaciones químicas de calcinación y reducción así como los métodos de evaporación, sublimación, combinación y cristalización. Introdujeron nuevos elementos y sustancias como el antimonio (itmid), el arsénico (zirniÿ), rejalgar (rahÿ al-gar), bórax (bauraq) y alcalí (al-qilí). También fueron los responsables de la introducción de utensilios como los alambiques (al-inbiq).

 

Ÿabir Ibn Hayyán

El alquimista más famoso del Islam fue Abu Musa Ÿabir Ibn Hayyán al-Azdí (721-815), el Geber de los latinos. Era un sabio originario de Kufa (Irak), hijo de un botánico, que vivió un tiempo en Tus (Jorasán, Irán), donde estableció un laboratorio. Convertido en uno de los alquimistas de la corte de Harún ar-Rashíd, conoció tanto la desgracia como el favor de los poderosos visires barmakíes.

Según el alquimista Aidamur al-Ÿaldaki (siglo XIV), Ÿabir fue discípulo de por los menos dos de los santos imames de la escuela duodecimana o shií, el VI Imam Ÿa’far as-Sadiq (702-765), y el VIII Imam Alí ar-Rida (765-818).

Autor de 500 trabajos sobre las más diversas materias, sólo 80 han llegado hasta nosotros. Los más conocidos son «Los Setenta Libros» (Kitab al-Sab’in) y «El Libro de la Balanza» (Kitab al-Mizân), «El mercurio oriental» (al-Zi’bak al-Sharkí), «El libro de la gloria» (Kitab al-Maÿid), «El libro de la reunión» (Kitab al-Taÿammu) y «El libro puro» (al-Kitab al-Jalís). Ÿabir fue considerado el más grande alquimista de Oriente y Occidente.

En cuanto al aspecto práctico, Ÿabir describió los métodos perfeccionados para la evaporación, filtración, sublimación, fusión, destilación y cristalización. Detalla cómo se preparan muchas sustancias químicas, por ejemplo, el cinabrio (sulfuro de mercurio), el óxido de arsénico y otros. Conoció el procedimiento para obtener vitriolos, alumbres, álcalis, sal amoníaco y salitre casi puros, así como el llamado «hígado» y «leche» de azufre, calentando el azufre con un álcali y cosas análogas. Preparó perfectamente el óxido de mercurio puro y el sublimado, así como acetatos de plomo y otros metales, algunas veces cristalizados. Conoció la obtención del ácido y ácido sulfúrico en crudo, así como la mezcla de ambos (el agua regia) y la solubilidad del oro y de la plata en esta clase de ácido. Una nueva sustancia química, desconocida para los griegos, que aparece en los trabajos de Ÿabir, es la sal amoníaco.

Ÿabir Ibn Hayyán sugirió la idea de que «si el átomo pudiera ser dividido podría liberar una fuerza suficiente para destruir una ciudad del tamaño de Bagdad», lo cual fue el primer anticipo de la teoría atómica desarrollada a partir de John Dalton (1766-1844) hasta Albert Einstein (1879-1955). La traducción del corpus ÿabireano del árabe al latín ejerció una profunda influencia en alquimistas europeos de la talla del monje franciscano Roger Bacon (1214-1294), San Alberto Magno (1193-1280), Ramon Llull (1235-1315) y, más tarde, Nicolás Flamel (1330-1418), influencia que se prolongó hasta el siglo XVII. El investigador y arabista alemán Paul Kraus (1904-1944), discípulo del historiador de las ciencias naturales Julius Ruska (1867-1948), que publicó una obra monumental sobre Jabir ibn Hayyân, Contributions a l’histoire des idées scientifiques dans d’Islam (vols. 44 y 45, Memorias del Instituto de Egipto, El Cairo, 1942-3), señala: «La alquimia que se conoce bajo el nombre de Ÿabir es una ciencia experimental, basada sobre una teoría filosófica que en gran parte deriva de la física de Aristóteles. Ningún escrito alquimístico del Islam presenta un conocimiento tan vasto de la literatura antigua, y posee un carácter tan enciclopédico como éstos. En esto ellos pueden compararse con las Epístolas de los "Hermanos de la Pureza" que, por lo demás derivan de las mismas fuentes» (cfr. E.J. Holmyard: The Arabic Works of Jabir ibn Hayyan, París, 1928; Henry Corbin: "Le livre du Glorieux" de Jabir ibn Hayyân, —Eranos-Jarbuch, XVIII—, Zurich, 1950; Yves Marquet: La Philosophie des alchimistes et l'alchimie des philosophes: Jabir ibn Hayyan et les Ihwan al-Safa, Maisonneuve et Larose, París, 1988). Dice Ibn Jaldún: «De todos aquellos autores, al que los alquimistas consideran como el gran maestro del arte es a Djabir Ibn Haiyan; inclusive denominan a la alquimia "la ciencia de Djabir"» (Ibn Jaldún: Introducción a la historia universal. Al-Muqaddimah, FCE, México, 1997, pág. 947).

 

Los Hermanos de la Pureza

Los Ijuán al-Safa (en árabe: "Hermanos de la Pureza") fueron una sociedad de filósofos y científicos musulmanes de la escuela shií que se establecieron en la ciudad de Basora hacia 983, durante la dinastía buyí. Su obra conocida son las 52 Rasâ’il ("Epístolas"), de las cuales 14 tratan de matemáticas y de lógica, 17 de ciencias naturales y de psicología, 10 de metafísica, y 11 de alquimia, mística, astrología y música. A diferencia de los escritos de Yabir que están llenos de frases herméticas y significados ocultos. Las Epístolas de los Hermanos de la Pureza, verdadera enciclopedia, siempre tratan de ser comprensibles al lector no iniciado. En un texto, muy influyente en los ambitos intelectuales de la Zaragoza musulmana de principios del siglo XI, se decía de ellos: «No se satisfacen con la ignorancia y no descansan sino después de haber hecho el esfuerzo por abrazar la totalidad de las ciencias...; de esta manera logran conseguir la facultad humana por excelencia y, por ello, les hemos llamado Hermanos Virtuosos» (Joaquín Lomba Fuentes: La filosofía islámica en Zaragoza, D.G.A., Zaragoza, 1987). Véase R. Netton: Muslim Neoplatonists. An Introduction to the Thought of the Brethren of Purity, Londres, 1942; Yves Marquet: La Philosophie des Ihwan as-Safa, thèse soutenue en juin 1971, S.N.E.D., Argel, 1975; Alessandro Bausani: L'Enciclopedia dei Fratelli della purita. Riassunto, con introduzione e breve commento dei 52 trattati o epistole degli Ikhwan as-Safa, Nápoles, 1978.

 

Abdul Latif de Bagdad

El polímata Abdul Latif al-Bagdadi (1162-1231), médico, gramático, jurista y teólogo, se consagró también a la filosofía, a las ciencias naturales y la alquimia. Estudió las obras de Hipócrates (460-377 a.C.), Alejandro de Afrodisia (fl. hacia el 200d.C.) y Temistio (317-388). Escribió el Kitab al-ifadah ua-l-i’tibar «La llave oriental» (trad. por Kamal Hafuth Zand, John A. y Ivy E. Videau, Londres, 1965), que combina elementos de alquimia y botánica. De Bagdad pasó a El Cairo. Su «Viaje a Egipto» fue muy conocido en Europa, y traducido al latín, al alemán y al francés En uno de sus escritos, Abdul Latif da estos consejos a aquellos que pretenden adquirir conocimientos: «Al leer un libro, esforzaos todo lo posible para aprenderlo de memoria y asimilar su sentido. Imaginad que el libro desapareció y que podéis prescindir de él, sin que os afecte su pérdida...Uno debe leer relatos, estudiar biografías y conocer las experiencias de las naciones. De este modo, será como si en el breve lapso de su vida él hubiese vivido contemporáneamente con pueblos del pasado, mantuviese con ellos una relación íntima y conociera las virtudes y los defectos de cada uno...Quien no ha soportado el esfuerzo del estudio no podrá saborear la alegría del conocimiento... Cuando hayáis completado vuestro estudio y vuestra reflexión, ocupad vuestra lengua con la mención del nombre de Dios, y elevad sus alabanzas... No os quejéis si el mundo os da la espalda, pues os distraerá de la adquisición de excelentes cualidades... Sabed que el conocimiento deja una huella y un perfume que proclama a su poseedor; un rayo de luz y brillo que lo envuelve y lo destaca»(citado por Ibn Abi Usaibía en su Uiún, traducido por G. Makdisi en The Rise of Colleges, Edinburgo, 1981, págs. 89-91).

 

GEOGRAFÍA

El principio islámico de viajar, al menos una vez en la vida, a las ciudades santas de La Meca y Medina, sumado a la tradición de visitar lugares igualmente sagrados como Jerusalén, Naÿaf y Karbalá, viajes que se realizaban desde regiones remotas como al-Ándalus o el Turquestán y que podían durar incluso años, entre la ida y la vuelta a su lugar de origen, junto con las necesidades propias de los comerciantes y también de los gobernantes, hizo que la geografía adquiriera en el Islam una real importancia.

El Islam, es, pues, por excelencia, una civilización de movimientos de tránsito, lo que supone lejanas navegaciones y una múltiple circulación caravanera, tendida, ante todo, entre el océano Índico y el Mediterráneo, lanzada generalmente desde el Mar Negro a China y a la India y, por último, desde el «país de los negros» (Bilad as-Sudán) a África del Norte. Este sistema caravanero tenía metas tanto culturales y religiosas como comerciales. El Islam tendrá sus comerciantes musulmanes y no musulmanes desde los primeros tiempos. Se han conservado por casualidad las cartas de los comerciantes judíos de El Cairo desde la época de la primera cruzada (1096-1099); demuestran que los musulmanes conocían todos los instrumentos de crédito y de pago y todas las formas de asociación comercial (por consiguiente, no será Italia la inventora de ellos como se ha aceptado con demasiada facilidad).

 

Al-Mas’udí

Abu al-Hasan Alí Ibn al-Husain Ibn Alí al-Mas’udí, nacido en Bagdad en el seno de una familia shií, y fallecido en El Cairo en 957, es el autor de la monumental obra Muruÿ ad-dahab wa ma’adin al-ÿawahir ("Campos de oro y minas preciosas"), generalmente citado en Occidente como "Las praderas de oro" (traducida al francés en 9 tomos por Charles Barbier de Meynard y Pavet de Courteille, París, 1861-1877, y 1962). Escrita hacia 947, y revisada y publicada nuevamente en 957, es una enciclopedia monumental de treinta tomos sobre historia y biografías, pero su mayor interés reside todavía en sus noticias y descripciones geográficas y en los innumerables datos sobre historia natural y sobre descripciones de usos prácticos y de procedimientos técnicos.

Por ejemplo, en ella se encuentra la primera mención conocida de una colección de cuentos de origen persa llamada Hezar efsaneh ("Mil cuentos") cuyo fondo es de procedencia india, que luego formaron «Las mil y una noches». Por esto los historiadores e islamólogos occidentales acostumbran llamarlo «el Plinio, además del Herodoto, del mundo musulmán».

Gran cosmógrafo, redactó el Kitab al-Tanbih ua-l-ishraf ("Libro de la advertencia y de la revisión"), un tratado de ciencia, filosofía, mineralogía y botánica que fue traducido por M.J. de Goeje (E.J. Brill, Leiden, 1967), con traducción al francés por Carrá de Vaux: Macoudi, le livre de l'avertissement et de la révision (París, 1897). También escribió una «Historia de Alí y del imamato». Viajero incansable e insaciable, recorrió grandes extensiones de Siria, Palestina, Arabia, la costa oriental de Africa, Irán, Asia central, la India, Ceilán y el mar de la China. Perspicaz educador, no comprimía su materia hasta la aridez, sino que escribía a veces con una amable despaciosidad que no evitaba dar, de vez en cuando, una historia divertida. Al-Mas’udí es una de las fuentes más ricas, de más confianza y más variadas acerca del estado del mundo islámico en su época. En las cuarenta obras de al-Mas’udí, así como las de sus contemporáneos

 

Ibn Hauqal

Sobre Abu l-Qasim Muhammad Ibn Hauqal se puede agregar que estuvo al servicio fatimí y fue comerciante. Pasó su adolescencia en Irak y luego viajó por el Egipto, norte de Africa, al-Ándalus, Ghana, Sicilia, Armenia, Azerbayán e Irán. Ibn Hauqal (hacia 975) describe una especie de pagaré por 42.000 dinares dirigido a un mercader de Marruecos, con la palabra árabe saqq; correspondiente a esta forma de crédito deriva la palabra cheque. Escribió el Kitab Surat al-ard «Libro de la configuración de la tierra» (traduc. J.H. Kramers, Leiden, 1938), y el Kitab al-masalik wa al-mamalik «Libro de los caminos y de los reinos» (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1967). En Ibn Hauqal y Abu Ishaq Ibrahim al-Istahri (floreció hacia 950), es donde encontramos las primeras menciones de los molinos de viento, la cual fue una invención islámica (véase Barón Carra de Vaux: Les penseurs de l’Islam, 5 vols., París, 1921).

 

FILOSOFÍA

El filósofo-médico al-Kindi (796-873) en su primer tratado, definió la filosofía como «el conocimiento de las cosas como son en realidad», convirtiéndola así en un sistema integrador que abarcaba la teología, la política, la física, las matemáticas y otras disciplinas. También señaló que no hay contradicción entre las conclusiones logradas por la fe y aquellas a las que las ciencias filosóficas llegan por el razonamiento y el ejercicio intelectual. Además decía: «No debemos avergonzarnos de reconocer la verdad y de asimilarla, cualquiera que sea su procedencia. Para quien busca la verdad misma nada hay de mayor valor que la verdad misma; no rebaja ni humilla jamás a quien la busca».

El polígrafo e inventor italiano del siglo XVI, Girolamo Cardano (1501-1576), situó a al-Kindi entre los doce cerebros más sutiles de la historia. Por extraña ironía, la mayoría de las obras de este pensador musulmán están conservadas en latín y muy pocas en árabe. «Fundador de la escuela peripatética islámica de filosofía» y autor de 270 tratados que abarcarán desde la lógica y la matemática a la física y la música, a Abu Yusuf Yaqub Ibn Ishaq al-Kindi se le conoce como el "Filósofo de los árabes" en reconocimiento a sus incansables esfuerzos para hacer que la filosofía resultara aceptable por los teólogos. También es el único gran filósofo árabe musulmán de la Antigüedad. Mutazilí hasta la médula, escribió que la verdad es universal y suprema, y que la filosofía no es sino otra forma del mensaje que transmitieron los profetas... Como racionalista, al-Kindi proponía que determiandos paajes del Libro Sagrado, cuya interpretación literal podría entrar en conflicto con al realidad, se deberían entender, en cambio, como alegorías que guían a los hombres de razón. La mayor parte de los filósofos antiguos, incluyendo a al-Kindi, creían en la existencia de dos verdades. una para las masas estúpidas e incultas, y la otra para las personas educadas e instruidas. Al-Kindi opinaba que las primeras sólo podían apreciar las cosas sencillas, y, por lo tanto, había que atraerlas mediante la visión de huríes y otras tentaciones físicas. Por su parte, las últimas gozaban de los dones de la lógica y la razón, de modo que podían alcanzar un conocimiento más profundo del Libro. De este modo, al-Kindi racionalizaba sus esfuerzos en pro de una interpretación alegórica. Para poner un ejemplo del razonamiento alegórico en el que creía al-Kindi, considerése el versículo 55.6 del Corán. En este pasaje, se le dice al creyente que el Sol, la Luna, las estrellas, las montañas, los árboles y los animales "se prosternan" ante Dios. Para una persona carente de conocimientos, esto evoca una imagen en la que toda la creación literalmente se inclina para rezar. Pero al-Kindi proporciona un complicado razonamiento lingüístico, señalando que el término que en árabe significa "inclinarse" debe entenderse con el significado de "obedecer". Así, la ingenua imagen de una adoración universal se debería interpretar, en cambio, como la obediencia universal a la voluntad de Dios. Dando otro paso más, esto se convierte para él en un argumento de la existencia de una ley universal a la que obedecen todas las formas de la materia, tanto animada como inanimada. En consecuencia, siguiendo a al-Kindi, una cosa que aparentemente está en conflicto con la experiencia cotidiana se transforma en algo razonable y atractivo cuando es adecuadamente interpretado. El califa ortodoxo al-Mutawwakil ordenó que se confiscara la biblioteca personal del erudito, conocida en toda Bagdad como al-Kindiyah. Pero eso no fue suficiente. El filósofo musulmán, que entonces tenía sesenta años, recibió cincuenta latigazos frente a una gran multitud... Mucho antes de su muerte, en el año 873, a la edad de setenta y dos años, al-Kindi había sucumbido a una depresión y un silencio prolongados. Aunque un amigo trató de recuperar su biblioteca recurriendo incluso a la extorsión, el filósofo nunca se repuso del calvario de ser azotado públicamente. Al-Kindi fue la primera gran figura de la erudición islámica que cayó víctima de la reacción ortodoxa contra el racionalismo» (P. A. Hoodbhoy: El Islam y la ciencia. O. cit., págs. 196-8).

 

MATEMÁTICAS

En el mundo de la cultura clásica musulmana, las matemáticas eran entendidas como una «ciencia de los números» esotérica y como una investigación en la matemática «pura», asociada, entre otras materias, a la óptica, la astronomía, la astrología y la música. En cualquier caso, las matemáticas gozaron de un elevado prestigio y fueron cultivadas por un buen número de grandes personalidades, como al-Kindi, al-Biruni, Avicena, y Omar Jaiám (cfr. R. Rashed: Entre arithmétique et algebre. Recherches sur l’histoire des mathématique arabes, Les Belles Lettres, París, 1984).

 

Al-Juarizmi

El conocimiento de las cifras lo obtuvieron los sabios musulmanes de su contacto con los hindúes, que habían desarrollado extraordinariamente las matemáticas, especialmente la aritmética. Hasta ese momento, el siglo IX, la forma de representar cualquier cantidad se hacía utilizando letras, tanto griegas como romanas o árabes. Esta representación con letras no permitía realizar cálculos, por lo que se hacía necesario utilizar para ello un instrumento de cálculo, a base de bolas y alambres, llamado ábaco, que se utilizaría en Europa hasta la Revolución Francesa. Abu Abdallah Muhammad Ibn Musa al-Juarizmi (780-835) nació en Juarizm (actualmente Jiva, Uzbekistán). Fue bibliotecario en la corte abbasí del califa al-Mamún (786-833) —el hijo de Harún ar-Rashid— y astrónomo en el observatorio de Bagdad. Fue el primero en utilizar la expresión al-ÿabr (de la que procede la palabra álgebra) con objetivos matemáticos. La versión latina —por el traductor italiano Gerardo de Cremona (1114-1187)— del tratado de al-Juarizmi sobre álgebra fue responsable de gran parte del conocimiento matemático en la Europa medieval. En un escrito del que desconocemos su título en árabe, pero que su traducción latina nos ha llegado como Algoritmi de numero indorum, al-Juarizmi da a conocer la utilización de símbolos numéricos, que, colocados en orden y utilizando el cero (en árabe cifr, de donde deriva también "cifra"), permiten realizar operaciones aritméticas. El término guarismo o algoritmo proviene de su propio nombre, al-Juarizmi. A comienzos del siglo XII, el viajero y filósofo inglés Adelardo de Bath tradujo este tratado de al-Juarizmi. El sistema sería desarrollado por Leonardo Fibonacci (1170-1240), hijo de un comerciante de Pisa, discípulo de un profesor musulmán de Bugía (Argelia), y gran viajero en Egipto, Siria y Grecia.

Lo que hizo su nombre inmortal fue el tratado que escribió llamado en árabe Kitab al-muhtasar fi hisab al-ÿabr ua-l-muqabala ("Libro sobre el cálculo, álgebra y reducción"). La obra, muy difundida en el mundo islámico, constituyó toda una revelación en el mundo occidental, a partir de la traducción de Gerardo de Cremona y una posterior de Roberto de Chester o Ketton.

El escritor musulmán persa Muhammad Ibn Husain Bahauddín al-Amili (1547-1621) dice que, según al-Juarizmi, «la parte -de la ecuación- que contiene una negación se vuelve completa y se agrega la misma cantidad a la otra parte: esto es al-ÿabr (el álgebra). En cambio, las cantidades que son iguales y homogéneas en las dos partes se eliminan: esto es al-muqabala (la reducción)».

Sus otras obras conocidas son Kitab al-ziÿ (Tablas astronómicas), publicado por O. Neugebauer como The Astronomic Tables of al-Khwarizmi, Copenhague, 1962, y Kitab surat al-ard («Libro de la configuración de la tierra»), publicado por H. Von Mzik, en 1926.

 

MEDICINA

 

«El conocía bien al viejo Esculapio y a Dioscórides, y también a Rufus, al viejo Hipócrates, a Haly y a Galeno; a Serapión, Razes y Avicena; a Averroes, Damasceno y Constantino...» ("Cuentos de Canterbury", Cátedra, Madrid, 1997, pág. 75). Geoffrey Chaucer (1342-1400)

 

El Sagrado Corán, al igual que los hadices (dichos y tradiciones), contiene una serie de aforismos médicos de orden general atribuidos al Profeta Muhammad. Tales sentencias no tardaron en ser reunidas y comentadas en varios tratados conocidos con el título genérico de «Medicina del Profeta». Asimismo, y como continuación de esa medicina profética, se desarrolló en el seno de la escuela shií duodecimana una tradición médica de los Doce Imames (Véase Islamic Medical Wisdom. The Tibb al-A’imma, Ansariyan Publications, Qum, 1995).

Basados principalmente en las hierbas, la higiene, la dietética, las súplicas y las jaculatorias, esos aforismos y tradiciones otorgaron carta de nobleza a la medicina musulmana, que alcanzó un desarrollo y un grado de fiabilidad extraordinarios en todo el mundo islámico, gracias a una intensa investigación y a la enseñanza y la práctica dispensadas en una notable red de hospitales.

Cuando entre 637 y 651 derribaron el Imperio persa de los sasánidas, los musulmanes árabes se apoderaron de Gundishapur, ciudad del sudoeste de Irán, sobre el río Karún. Hallándose en todo su apogeo, esta ciudad, que había sido fundada por los sasánidas a finales del siglo III, constituía a la sazón el principal centro científico y médico del Asia central. La escuela de medicina de Gundishapur había recibido las aportaciones de científicos y de filósofos cristianos expulsados de Edesa (actual Urfa, en Turquía) por los bizantinos en el siglo V, o llegados después de que Justiniano cerrara la Academia de Atenas (529). La escuela de Gundishapur entonces se encontró en la confluencia de las tradiciones médicas griegas y helenísticas, así como de las experiencias y teorías persas e hindúes (estas últimas importantes en el terreno de la farmacología), y con los inmensos conocimientos que atesoraba se dispuso a fecundar la investigación médica ya en el seno del Islam.

Verdaderas «dinastías» de médicos nestorianos participaron en el Bagdad de los abbasíes en la construcción de hospitales y, sobre todo, en las traducciones, en primer lugar del griego, pero también del siríaco, del pahlaví persa y del sánscrito. Una empresa impulsada por los califas, quienes enviaron sendas misiones a Bizancio, comandadas por sabios cristianos y judíos, con el objeto de adquirir manuscritos, entre los cuales las obras médicas ocupaban un lugar primordial. El sabio cristiano de al-Hira y director de «La casa de la sabiduría», Hunain Ibn Ishaq (808-873), el más grande estos traductores, conocía el griego, el siríaco, el persa y el árabe, lengua en la cual tradujo, entre otros, los principales textos médicos de los griegos —un centenar de obras de Galeno, Hipócrates y Dioscórides—. Asimismo, escribió unas «Cuestiones de medicina» (bajo la forma de preguntas y respuestas), el «Tratado del ojo» y el «Libro de las drogas simples». Su hijo, Ishaq Ibn Hunain (m. 910) fue también médico y traductor. El traductor y matemático Tabit Ibn Qurra (836-901), por su parte, escribió una reconocida obra médica, «El tesoro».

A la antigua farmacopea, los musulmanes le añadieron ámbar gris, alcanfor, casia, clavos de especia, mercurio, mirra; e introdujeron nuevos preparados farmacéuticos: jarabes (sharáb en árabe), julepes (shulab), agua de rosas, etc. Los musulmanes establecieron las primeras farmacias y dispensarios, fundaron la primera escuela medieval de farmacia y escribieron grandes tratados de farmacología. Los médicos musulmanes siempre han sido entusiastas defensores del baño, especialmente en fiebres y en forma de baño de vapor. Sus instrucciones para el tratamiento de la viruela y el sarampión, apenas podrían mejorarse hoy en día.

Los filósofos franceses Denis Diderot (1713-1784) y Jean Le Rond d’Alembert (1717-1783) insertaron esta mención sobre la civilización islámica en su gran Enciclopedia o «Diccionario razonado de las Ciencias, las Artes y los Oficios», vasta obra de 17 tomos que se finalizó en 1772, 21 años después de la aparición del primer volumen, y en la que participaron también eruditos como Buffon, Holbach, Montesquieu, Quesnay, Rosseau, Turgot, Voltaire, etc: «Los árboles florecen en Córdoba; los placeres refinados, la magnificencia, la galantería reinan en la corte de los reyes moros. Fueron tal vez esos árabes quienes inventaron los torneos y los combates a pie. Sus espectáculos y teatros, por burdos que fueran, demostraban que los demás pueblos eran aun menos cultos. Córdoba era el único país de Occidente donde se cultivaba la geometría, la astronomía, la química, la medicina. Sancho el Craso, rey de León, tuvo que ir a Córdoba en 956 a ponerse en manos de un médico árabe, que, en vez de aceptar la invitación real, exigió que el rey acudiera a verlo».

No se equivocaba Geoffrey Chaucer, el padre de las letras inglesas, al destacar en su obra máxima los nombres de cuatro médicos musulmanes: Haly (Alí Ibn al-Abbás), Razes, Avicena y Averroes. Véase E. G. Browne: Arabian Medicine, Cambridge, 1921; Manfred Ullman: Islamic Medicine, Edinburgh University Press, Edinburgo, 1978; David W. Tschanz: The Arab Roots of European Medicine, en ARAMCO World, Houston (Texas), May/June, 1997, págs. 20-31.

El primer hospital (en árabe maristán) más famoso del Islam fue el fundado en Damasco en 707 por el califa omeya al-Walid I; cien años después contaba con veinticuatro médicos. En el año 786, el califa abbasí Harún ar-Rashíd emitió un decreto por el cual toda nueva mezquita tenía que tener un anexo hospitalario. La enseñanza médica se daba principalmente en los hospitales. En 931 había 860 médicos titulados en Bagdad.

Entre los hospitales cuya construcción está históricamente comprobada, el primero fue el que se erigió en Bagdad hacia 800 bajo la dirección del gran médico nestoriano Ÿibril Ibn Bajtishu. Este hospital tomó como modelo la brillante y cosmopolita academia médica de Gundishapur.

A partir del siglo IX, las ciudades de todo el mundo musulmán, desde Asia Central a al-Ándalus, se dotaron de instituciones similares. En cada hospital había un equipo de médicos y cirujanos —algunos de ellos especialistas—, así como personal de ambos sexos (los pacientes femeninos y masculinos estaban separados). Distintos departamentos atendían los casos de medicina interna, cirujía, oftalmología y ortopedia. Además, cada hospital importante contaba con una administración (se llegaron a redactar tratados sobre la buena administración de los centros hospitalarios), un dispensario, una farmacia —donde se preparaban las recetas médicas—, varios almacenes, una mezquita y, con frecuencia, una biblioteca especializada. Los maestros, como por ejemplo el gran ar-Razi, dispensaban a los estudiantes una enseñanza teórica y práctica, basada en la observación clínica y sancionada por la redacción de una tesis y la obtención de un diploma que permitía ejercer la medicina, tras haber pronunciado el juramento de Hipócrates. En El Cairo, el primer hospital fundado por Ahmad Ibn Tulún (835-884) —el primero de los cinco tuluníes que gobernaron entre 868 y 905— hacia 872, existía todavía en el siglo XV y otros establecimientos sanitarios fueron localizados allí posteriormente.

Los musulmanes superaron rápidamente a sus maestros. El gobierno califal, que difundió copias de los manuscritos por todo el mundo islámico (Egipto, Siria, Magreb, al-Ándalus), supervisaba la práctica médica y paramédica de cirujanos, ortopedistas, oculistas, veterinarios, perfumistas (por los cadáveres), fabricantes de jarabes, boticarios y droguistas. Se publicaban manuales de clínica y la construcción de hospitales se extendió desde Irak a todo el mundo islámico.

Establecido en Bagdad, el médico y traductor iraní Alí Ibn Rabban at-Tabari (m. 850) —no confundirlo con el historiador at-Tabari (839-923)—, redactó el primer tratado médico completo en árabe, el «Libro de la sabiduría», en el que abordó todas las ramas de la medicina de entonces. En Egipto, donde fue notable la extensión de hospitales y bibliotecas, eran especialmente frecuentes las enfermedades oculares (y ello hasta el siglo XX); esto explica que Ibn Alí al-Mausili escribiera para los fatimíes su «Libro sobre el tratamiento de las enfermedades del ojo», que fue una obra de referencia en Europa hasta el siglo XVIII.

 

Razes

La figura sobresaliente en esta humana dinastía de sanadores fue Abu Bakr Muhammad ar-Razi (844-926), famoso en Europa con el nombre de Razes. Como la mayor parte de los principales científicos y filósofos de su tiempo, era un persa que escribía en árabe. Nacido en Rei (la antigua Ragha), a unos ocho kilómetros del Teherán de nuestros días, estudió química, alquimia y medicina en Bagdad y escribió 237 libros, la mitad de medicina, de los cuales sólo 37 han sido recuperados. Su Kitab al-Hawi (Libro enciclopédico) trataba en veinte tomos todas las ramas de la medicina y todos los conocimientos de la medicina griega, siria y árabe antigua. Traducido al latín con el título de Liber continents, fue probablemente el libro de medicina más respetado y empleado con frecuencia en el mundo europeo durante varios siglos; era uno de los nueve libros —otro era el Canon de Avicena— que componían toda la biblioteca de la Facultad de Medicina de la Universidad de París en 1395.

Su monografía «Sobre la viruela y la escarlatina» (Kitab al-gadari ua al-hasba) puede considerarse como la primera descripción clásica de la viruela. Sus numerosas invenciones, el alcohol y el ácido sulfúrico por ejemplo, transformaron la ciencia química.

La más famosa de las obras de ar-Razi fue una exposición, en diez volúmenes, de la ciencia médica, el Kitab al-Mansuri ("Libro para Almansur"), dedicado a un príncipe del Jorasán. Gerardo de Cremona (1114-1187) tradujo al latín; el tomo noveno de esta traducción, el Nonus Almansoris, que fue un texto popular en las universidades europeas hasta el siglo XVI. Ar-Razi introdujo nuevos remedios, como el ünguento mercurial, y el empleo del hilo de tripa en las suturas. Algunas de sus obras más breves muestran un amable aspecto de su carácter: una de ellas trataba «De cómo aún médicos expertos no pueden curar todas las enfermedades»; otra se titulaba: «Por qué ignorantes médicos, legos y mujeres tienen más éxito que sabios doctores en medicina».

Ar-Razi declara que el progreso científico sólo es posible si se sigue la huella de los antiguos, porque «el más reciente se beneficia con las adquisiciones de sus predecesores, a las que agrega su estudio personal».

Los últimos años de este médico prodigioso fueron sumamente amargos y la pérdida de su vista los agravó aún más. «En realidad, se dice que dicha ceguera fue el resultado del castigo que le infligió un emir. Miembro de la conservadora familia Mansur, de Bujará. Este enfurecido emir ordenó que ar-Razi fuera golpeado en la cabeza con su libro (al-Mansuri), hasta que el libro o su cabeza se rompieran. Acto seguido, ar-Razi perdió la vista, así como la alegría de vivir. Cuando un oculista le sugirió la cirugía correctiva, ar-Razi le respondió: "Ya he visto bastante de este mundo, y no me seduce la idea de una operación con la esperanza de ver más de él. Poco después moriría» (P. A. Hoodbhoy: El Islam y la ciencia. O. cit., págs. 199-200).

 

SINOPSIS DE LA DINASTÍA ABBASÍ

Los Abbasíes fueron la segunda dinastía de califas que gobernaron el califato del Islam desde el 750 hasta 1258. Descendientes de al-Abbás Ibn Abd al-Muttalib (m. 653), miembro del clan Quraysh de La Meca, que era tío del profeta Muhammad. Los Abbasíes (o Abbásidas) tomaron el califato tras el derrocamiento de la dinastía Omeya, y lo conservaron hasta que los mongoles saquearon Bagdad y asesinaron al último califa de la línea. Durante la mayor parte del tiempo, su corte estuvo en Bagdad, ciudad fundada por orden del segundo califa Abbasí, Al-Mansur (754-775) en 762.

Alí Ibn Abdallah Ibn al-Abbás, nace, según la tradición musulmana, en 661, la misma noche de la muerte del califa Alí, primo y yerno del Profeta, asesinado por los jariÿíes y la intriga de los omeyas; morirá en 735-6 en la aldea de Humayma, que se convierte así en el centro de la propaganda abbasí en cuanto Muhammad Ibn Alí, padre de los futuros califas as-Saffah y al-Mansur, es reconocido como jefe supremo de los Abbasíes. Su abuelo al-Abbás era, como dijimos, tío del Profeta Muhammad.

Los soberanos Abbasíes descendían, por línea masculina, de la misma familia del Profeta, y por rama femenina de la estirpe de los reyes sasánidas. Pronto dominará en ellos la sangre persa sobre la árabe quraishí. persas serán sus colaboradores en el gobierno, los célebres primeros ministros barmakíes fueron sospechosos der ser, en el fondo, zoroastrianos.

Ya durante el gobierno del segundo califa al-Mansur (754-775) —auténtico fundador de la dinastía—, entran en la administración y en el ejército los mawali ("clientes") iraquíes e iranios, nativos sometidos al Islam. Con Harún ar-Rashíd —califa entre 786-809— la importancia del elemento nativo crece todavía más. los persas gobiernan en Bagdad colaborando con los califas descendientes de princesas persas, los soldados del imperio proceden de Oriente, del Jurasán, y de ellos son los que defienden al califa de sus numerosos enemigos.

El imperio abbasí, a diferencia del omeya, apoyado en Siria y en Egipto y vuelto hacia el Mediterráneo, se torna hacia Irán y Asia Central, en general. Al revés del califa de Medina —presidente itinerante de una república teocrática— y al contrario del de Damasco —rey beduino, jeque supremo y patriarca de las tribus árabes establecidas en Siria—, el abbasí es un verdadero monarca asiático, sucesor de los grandes reyes sasánidas.

Los primeros tres califas denominados Rashidún ("bien guiados") por los sunníes —Abu Bakr, Omar y Uzman— consiguen su poder por procedimientos de elección beduina y el cuarto —Alí Ibn Abi Talib— por ser primo y yerno del Profeta (elegido oportunamente por éste como su sucesor).

Durante el primer siglo de su califato, los Abbasíes actuaron como líderes tanto religiosos como políticos del Islam, aunque incluso durante este período su autoridad fue rechazada por diversos sectores de la comunidad musulmana.

Los Abbasíes habían engañado a los Alidas o Shiíes prometiéndoles que una vez en el poder restaurarían el califato justo y se lo entregarían a los descendientes de la familia del Profeta. Pero ésta fue simplemente una maniobra para ganar adeptos y apoyo en su lucha contra los Omeyas. Cuando Abu Abbás al-Saffah se proclamó primer califa de la dinastía en 750, los alidas se sintieron frustrados y tomaron conciencia de la hipócrita conspiración abbásida.

El islamólogo y arabista español Juan Vernet señala algunos aspectos claves de la problemática respecto al califato islámico en la época abbásida: «Los abbasíes se consideraron no sólo sucesores del Profeta sino mandatarios del mismo Dios en la tierra mediante un pequeño artificio filológico. Al morir Mahoma, su sucesor, Abu Bakr, había adoptado el título de califa (en árabe esta palabra significa "delegado", "lugarteniente") del Enviado de Dios. En el momento de proclamar a su sucesor, Umar, éste debía recibir el título de "califa del califa del Enviado de Dios". Entonces hizo observar que, de continuar el mismo sistema, el título de sus sucesores se iría alargando progresivamente, razón por lo cual se acordó mantener la fórmula adoptada por Abu Bakr. Los abbasíes la simplificaron aún más y suprimieron la palabra de Enviado, con lo cual su titulación permitió jugar con el equívoco de "califa (o delegado) de Dios"» (J. Vernet: Lo que Europa debe al Islam de España, El Acantilado, Barcelona, 1999, págs. 22-23).

El auge de su poder se alcanzó probablemente con el reinado de Harún al-Rashíd, que confió mucho en la familia de administradores Barmakíes de origen persa. Tras la muerte de Harún, hubo un período de guerra civil entre sus dos hijos, Al-Amín y Al-Ma‘mún, este último triunfó al final pero el prestigio de la familia quedó deteriorado.

A finales del siglo IX, los Abbasíes eran incapaces de ejercer una autoridad política o religiosa real. Desde el punto de vista religioso, su autoridad había sido tomada por los eruditos religiosos del Islam sunní, después del fracaso del intento de los califas de imponer su poder sobre ellos en la prueba de fuerza conocida como Mihna (833-847). Como resultado de esto, a los califas se les limitó a un papel sobre todo simbólico sólo como líderes nominales del Islam sunní.

Los seguidores del shiísmo rechazaron por completo a los Abbasíes, ya que éstos no sólo persiguieron implacablemente a los partidarios de Alí Ibn Abi Talib (600-661) que reivindicaban el califato justo y piadoso de los primeros tiempos del Islam, sino que sistemáticamente asesinaron a seis de sus Imames entre 765-874, todos ellos descendientes del Profeta Muhammad.

Desde el punto de vista político, los califas Abbasíes se convirtieron en marionetas a manos de sus soldados turcos, capaces de quitar o poner califas según su deseo. En el 908 un califa gobernó tan sólo un día. El proceso culminó con la creación en el 935 del título de amir al-umara (comandante de comandantes), que fue ocupado por el auténtico poder político, el jefe de los soldados turcos. Al mismo tiempo, los territorios que los Abbasíes habían controlado, surgieron como estados independientes en regiones antaño bajo dominio Abbasí. Algunos de los gobernantes de estos estados reconocieron el califato de los Abbasíes, pero esto era sólo algo simbólico.

Aunque en los siglos IX y X se observó una decadencia en el poder de los califas, el período fue de gran importancia religiosa y cultural. La prueba de fuerza entre los califas y los eruditos religiosos sunníes supuso el surgimiento de la forma de islam suní. Preparó el camino para la aparición de los grandes textos legales sunníes y las colecciones de ahadith (tradiciones y dichos del Profeta Muhammad).

Sólo poco después, el Shiísmo alcanzó su modo definitivo cuando la línea de los 12 imanes se completó a fines del siglo IX, acontecimiento seguido de la aparición de libros legales shiíes y distintas colecciones de ahadith.

Se desarrollaron la filosofía, la medicina, las matemáticas y otras ciencias en el mundo islámico, que se apropió y desarrolló el conocimiento y la sabiduría de las culturas anteriores y circundantes. Particularmente importante fue la ciencia y la filosofía del Oriente Próximo helenístico, y durante los siglos IX y X se realizó la traducción al árabe de varias obras de pensadores y científicos de Grecia y Roma.

La labor de traducción fue fomentada por el califa Abbasí Al-Ma‘mún, quien fundó para ello la denominada "Casa de la Sabiduría" (Dar al-Hikma) en Bagdad. Los cristianos de lengua árabe destacaron en la realización de traducciones. El sistema de los denominados números árabes, aunque de hecho se originó en la India, fueron adoptados en esta época por la civilización islámica y después transmitidos a Occidente.

La fragmentación política del califato condujo al surgimiento de muchas cortes y centros de poder locales, que también fomentaron el desarrollo de la ciencia y de la filosofía, así como de la poesía, la prosa, el arte y la arquitectura. Algunas cortes locales que surgieron en las regiones orientales del califato permitieron el surgimiento de una literatura islámica.

 

El período Buyí

Los buyíes (o buwayidas o buidas) fueron los tres hijos de Buyeh o Buwaih, Alí, Hasan y Ahmad. Eran originarios de las montañas de Dailam, en el suroeste del Caspio. Su primer enfrentamiento fue contra las huestes de su vecino dailamita, Mardawiÿ Ibn Ziyar (m. 935), fundador de la dinastía de los ziyaríes o ziyaridas que gobernaron en Tabaristán y Gorgán o Ÿurÿán (Irán septentrional).

Alí se hizo dueño de Isfahán, Hasan tomó la zona central iraní del Ÿibal que incluye una buena porción de la cordillera Zagrós, y Ahmad anexó las regiones de Kermán y el Juzistán.

En 945, Ahmad entró con su ejército en Bagdad y logró que el califa abbasí al-Mustakfí (g. 944-946) aceptara la tutela buyí la cual se extendería durante ciento diez años hasta 1055, cuando fuera doblegada por los selÿukíes. Ahmad logró hacerse reconocer gran emir , con el sobrenombre honorífico de Muizz al-Daula, "el que fortalece al Estado".

Los Buyíes son los primeros soberanos iraníes que profesaron las doctrinas de la escuela imamita duodecimana y hicieron del Islam shií la creencia oficial del Irán.

El fenómeno de que durante la segunda mitad del siglo X una gran parte del territorio islámico estaba en manos de príncipes shiíes es algo bastante poco conocido, a pesar de la inobjetable realidad histórica. Los Fatimíes reinaron en Egipto, Libia y Palestina entre 909-1171, los Hamdaníes de Alepo (944-1003) en Siria y los Buyíes en Irak e Irán entre 945-1055; sin embargo, no intentaron ningún tipo de alianza y se desvanecieron en la historia de la misma súbita manera como habían aparecido. Los buyíes incentivaron las ciencias y las artes. Así, establecieron en Bagdad un observatorio astronómico en 988 y una «Casa de la Ciencia» en 991.

Adud al-Daula (Isfahán 936-Bagdad 983), emir Buyí, fue un modelo de gobernante que se ocupó personalmente de los asuntos más insignificantes del reino. Fue, sin discusión, un príncipe tolerante que se esforzó en calmar las pasiones entre los sunníes y shiíes y entre los partidarios de la filosofía y la jurisprudencia rigorista, conformando a todos y ampliando las dimensiones del saber. Fue también constructor de hospitales, de mezquitas y madrasas.

Los buyíes y fatimíes en el Oriente, y los andalusíes en Occidente hicieron del Dar al-Islam un verdadero paraíso terrenal. Eran los tiempos en que en un extremo enseñaba Avicena (980-1037) —visir de la corte buyí—, e Ibn Hazm (994-1064) en el otro.

 

El período Selÿukí

En 1055, los turcos Selÿukíes (o Selÿúcidas), que eran sunníes, tomaron Bagdad. Aunque de nuevo considerados como símbolos de la unidad del Islam sunní, la libertad de acción de los califas quedó muy limitada. Sólo en los tiempos de debilidad Selÿukí, los califas pudieron ocasionalmente ejercer algún poder e influencia.

 

La caída de Bagdad y la mayor matanza de musulmanes de la historia

Los sabios del Islam con sus universidades (madrasas). bibliotecas, observatorios, laboratorios y miles de descubrimientos invalorables atesorados en seis siglos fueron barridos del mapa y se perdieron para siempre. Bagdad fue tomada el 10 de febrero de 1258 y el Islam sufrió la mayor matanza de su historia: los mongoles mataron a no menos de un millón de musulmanes árabes y persas en cuarenta días, o sea la mitad de la población: «Un mongol encontró en una calle lateral a cuarenta niños recién nacidos, cuyas madres estaban muertas. Como acto de clemencia, los mató, pues pensó que no podrían sobrevivir sin nadie que los amamantase» (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas. Alianza, Madrid, 1997, vol. III: "El Reino de Acre y las últimas cruzadas", págs. 280-281). «Algunos mongoles —aseguran testigos oculares—, destripaban cadáveres, los llenaban hasta el tope con alhajas saqueadas y así desaparecían cabalgando, llevando delante suyo sobre la montura, atravesados, estos espantosos recipientes para el transporte...El conquistador recién se retiró un rato cuando se hizo insoportable el olor de los cadáveres al bajar el fresco invernal... Sólo quedaron intactos los cristianos y las iglesias cristianas. No únicamente porque las primeras mujeres de Hulagú eran cristianas. Hulagú había entrado en una gran coalición con los cruzados, por medio del rey (cristiano) de Armenia, que era suegro del príncipe cruzado Bohemond de Antioquía» (Rolf Palm: Los árabes. La epopeya del Islam, Javier Vergara, Buenos Aires, 1980, pág. 331).

El caudillo mongol Hulagú (1217-1265), nieto de Genghis Jan y hermano de Mangu Jan (1208-1259) y Kublai Jan (1215-1294), hizo matar al califa abbasí al-Mustasim (1221-1258) y, sin saberlo, acabó con la línea de califas iniciada en 750. Entonces los sultanes Mamelucos de Egipto (1250-1517) crearon un califato marioneta en El Cairo, colocando a varios miembros de la familia Abbasí que habían escapado de Bagdad. Sin embargo, desde la caída del califato Abbasí en Bagdad, ningún pretendiente al cargo logró un reconocimiento general entre los musulmanes.

En 1517, Selim I, sultán del Imperio otomano, apresó al último Abbasí en Egipto y lo trasladó a Estambul. Allí lo hizo renunciar a su favor y de esa manera el califato islámico continuó bajo la égida de los sultanes Otomanos hasta 1924 cuando fue abolido por Mustafá Kemal Atatürk.

Aproximadamente después del primer siglo no se puede decir que los Abbasíes hayan tenido demasiado control sobre los acontecimientos, aunque sin duda suponían un foco de lealtad para el Islam sunní durante un período a menudo turbulento, y su califato puede considerarse como la Edad de Oro de la civilización islámica.

 

HISTORIAS DEL REINADO DE HARÚN AR-RASHÍD

Harún al-Rashíd (766-809), cuyo nombre se traduce como «Harún el Recto» fue el quinto califa (786-809) de la dinastía Abbasí de Bagdad (750-1258). Su reinado fue una extraña combinación de despotismo e ilustración. Harún fue hecho califa a los 23 años y entregó temporariamente el poder a Yahia Ibn Jalid al-Baramika y a los hijos de éste, Ÿafar y al-Fadl. Estos pertenecían a la distinguida familia persa de los barmacíes o barmácidas que gobernarían de hecho el califato durante diecisiete años. Veamos que dijo Harún al confiar la administración a Yahia y poder así dedicarse full time a sus orgías y degeneramientos: «Te invisto con el dominio sobre mis súbditos. Gobiérnalos como te plazca; destituye a quien quieras; nombra a quien quieras; conduce todos los asuntos como mejor te parezca»; y para ratificar sus palabras entregó a Yahia su anillo (cfr. E.H. Palmer: The Caliph Haroun Alrasdchid, Nueva York, 1944, pág. 35; Nabia Abbott: Two Queens of Baghdad, University of Chicago Press, 1946, pág. 113).

 

Embajada a Carlomagno

Una de las primeras grandes travesías que tuvo como protagonistas a viajeros musulmanes del Oriente se refiere a aquella embajada enviada por Harún ar-Rashíd a la coronación del Emperador de Occidente, Carlomagno (742-814), en Aquisgrán (hoy Aachen, Alemania). Ésta arribó a destino el 30 de noviembre del año 800 (la ceremonia estaba prevista para la Navidad a cargo del Papa León III), luego de recorrer varios miles de kilómetros desde Bagdad.

Los embajadores del Islam le llevaron al rey de los francos como prueba de buena voluntad, un elefante, animal que no se veía en esas latitudes desde los tiempos del estratega cartaginés Aníbal (247-183 a.C.). El paquidermo desfiló por las calles camino de palacio aclamado por una alborozada multitud. Carlomagno quedó encantado con este obsequio y otros magníficos presentes cedidos por el califa bagdadí, como un juego de ajedrez, camellos, especias y perfumes, un reloj hecho por sus relojeros que tañía una campanada cada hora, y un órgano musical neumático, el primero de su clase que entraba en Europa. Y lo que parece increíble: «las llaves del Santo Sepulcro y el estandarte de Jerusalén». Véase Travellers and Explorers. An Elephant for Charlemagne, Iqra Trust, Londres, 1992, págs. 8-11; Sigrid Hunke: Kamele auf dem Kaisermantel —deutsche-arabische Begegnungen seit Karl dem Grossen, Stuttgart, 1976.

 

La razón de la primacía persa

Los nuevos grupos sociales surgidos a la sombra del poder abbasí estaban encabezados por los llamados secretarios (katib, pl. Kuttâb) de las cancillerías califales (divanes) que eran persas en su gran mayoría. Con el pasar del tiempo, los persas no sólo reemplazaron a los árabes en los puestos claves de la administración califal sino que se convirtieron en los intelectuales y científicos de mayor renombre y prestigio.

Este fenómeno fue analizado y explicado por el gran historiador y sociólogo tunecino Ibn Jaldún (1332-1406): «Ya habíamos señalado que la práctica de las artes no existe sino en la vida sedentaria, estado del cual los árabes se hallaban muy distantes. Dado que las ciencias se cultivan también en las ciudades, los árabes se mantuvieron alejados de ellas y de los lugares en donde florecían. Cuando la conquista musulmana, las poblaciones sedentarias (de los países dominados) se componían de no-árabes, de libertos igualmente no-árabes y de gentes educadas al estilo de vida sedentaria; seguían el ejemplo de los no-árabes em todo lo que se relaciona con dicho género de vida, la práctica de las artes y el ejercicio de los oficios. Aquellos pueblos eran perfectamente formados para ese tipo de civilización habiéndose arraigado entre ellos durante el prolongado dominio de los persas Los primeros maestros en el arte de la gramática fueron Sibawaih (m. 796-97) primero, luego az-Zaÿaÿ (m. 949) y después al-Farisí (m. 987). Los tres eran de origen persa, sin embargo habían pasado su juventud en la práctica de la lengua árabe, ventaja que debían a la educación que recibieron y al trato con los árabes del desierto. Redujeron a sistema las reglas de la lengua e hicieron de ella una rama de ciencia que habría de ser útil a la posteridad.igualmente fue el caso de los hombres que memorizaban las Tradiciones sacras (Ahadith) y las conservaban en su retentiva, en gran provecho de los musulmanes, pues la mayoría de ellos pertenecían a la nación persa o se habían asimilado a ella por la lengua y la educación. Todos los grandes sabios que han tratado los principios fundamentales de la jurisprudencia, todos los que se han distinguido en la teología dogmática, y la mayor parte de los que han cultivado la exégesis (Tafsir) coránica, eran persas, como es bien sabido. No hubo en aquel entonces más que hombres de esta nación para consagrarse a la conservación de los conocimientos y a la tarea de ponerlos por escrito. Hecho suficiente para demostrar la veracidad de la expresión atribuida al Profeta: "Si la ciencia estuviera suspendida en lo alto del cielo, algunos persas habría para alcanzarla"...La enseñanza de todas las ciencias quedó entonces definida como un arte especial de los persas, desatendiéndola enteramente los árabes. Estos desdeñaban ejercerla. Las únicas personas que se encargaron de ella fueron los persas asimilados a los árabes, cual el caso de todas las artes y oficios, como dejamos aclarado» (Ibn Jaldún: Introducción a la historia universal. O.cit., págs. 1008-1014).

El padre jesuita Miguel Asín Palacios (1871-1944), célebre islamólogo y arabista español, cita una moraleja del asceta Ibn al-Samak (m. 799) cuando una vez éste visitó a Harún al-Rashíd en su palacio. En el instante que un sirviente trajo un vaso de agua pedido por el califa, Ibn Samak exclamó : «¡Oh Príncipe de los Creyentes! Sí no te fuese posible ahora beber ese vaso de agua, ¿cuánto darías gustoso por conseguirlo?». A lo cual contestó al-Rashíd: «¡Todo mi imperio!». Insistió Ibn al-Samak: «Y si no pudieses evacuar de tu cuerpo esa agua, después de haberla bebido, ¿cuánto darías gustoso por librarte de ese mal?». Respondió al Rashíd: «¡Mi reino entero!». Entonces Ibn al-Samak dijo al califa: «¿Y estás tan ufano de poseer un reino que no vale una evacuación de orina, ni lo que vale un sorbo de agua?» (Ibn al-Samak: Los caracteres y la conducta, trad. M. Asín Palacios, Madrid, 1916, pág. 115).

Bagdad, capital de Harún, fue la ciudad de las ambigüedades, en la cual la riqueza del califato permitió, por una parte, un gran despilfarro, y por otra, un florecimiento de las ciencias y las artes que conducirían a la consolidación de la civilización islámica y al apogeo de la llamada Edad de Oro del Islam clásico.

Desde el 791 hasta el 809 el imperio de Harún estuvo en guerra contra el Imperio Bizantino, y en el 807 sus fuerzas ocuparon la provincia bizantina de Chipre. A pesar del gobierno afable, generoso, juicioso e incansable de Yahia, al-Rashíd se cansó pronto de tanta nobleza: se adueñó de la fortuna barmácida e hizo decapitar a Ÿafar y encarceló a Yahia y a su otro hijo al-Fadl que murieron poco después. Sin embargo, este fue el comienzo del fin de al-Rashíd. Aunque Harún sólo tenía entonces cuarenta y dos años, sus hijos al-Mamún (786-833) y al-Amín (787-813) ya competían por la sucesión y aguardaban su muerte. Con la vana esperanza de aminorar esta disputa, Harún dispuso que al-Mamún heredaría las provincias situadas al este del Tigris, al-Amín el resto y que, a la muerte de uno de los hermanos, el otro gobernaría todo el reino. En el mismo año 806 estalló en el Jorasán (el "país del este" de los geógrafos árabes musulmanes, hoy provincia de Irán) una seria rebelión producida por los excesivos impuestos de los abbasíes sobre la empobrecida población. Harún marchó a reprimirla, acompañado de al-Amín y al-Mamún, aunque padecía severos dolores abdominales. Al llegar a Tus (cerca del actual Mashhad, Irán oriental), no podía tenerse en pie. Poco tiempo después murió a la edad de cuarenta y cinco años.

 

IBN FADLAN: EL PRIMER GRAN VIAJERO DEL ISLAM

El 21 de junio del 921 (Safar 309), un grupo de viajeros partió desde Bagdad. Esta nueva embajada era encabezada por Nadir al-Haramí que portaba mensajes amistosos del abbasí al-Muqtadir (califa entre 908-932) para ser entregados al rey de la Rusia vikinga, Igor (877-945), hijo de Rurik (m. 879), fundador de la dinastía homónima. La embajada llegó a destino en mayo de 922 (Muharram 310). En realidad se trataba de una delicada misión diplomática destinada a lograr un alianza contra un enemigo común: Bizancio. Igor lideraría una fracasada expedición contra Constantinopla en 941-944 que contó con el apoyo del califa al-Mutaqqí (cfr. Frank R. Donovan: Los Vikingos, Editorial Timun Mas, Barcelona, 1965, págs. 62-77). Entre los viajeros se contaba un sagaz y observador secretario, Ahmad Ibn Abbás Ibn Fadlan quien recorrería enormes extensiones de Escandinavia, Rusia central, el mar Negro y el Caspio. En 922 llevó a la madurez un diario de ruta llamado en árabe Risala ("Tratado"), también conocido como «Viaje al país de los búlgaros del Volga» (trad francesa de M. Canard, en Annales de l'Institut d'etudes orientales de la faculté des lettres de l'Université d'Alger, t. XVI, Argel, 1958). Sus observaciones, caracterizadas por un afán de objetividad, son muy valiosas, pese a que de vez en cuando se manifieste en ellas la indignación por las costumbres de pueblos no musulmanes como los eslavos y los turcos paganos (cfr. A. Ibn Fadlan: Voyages chez les Bulgares de la Volga, Sindbad, París, 1988). En 1999 se estrenó la película «13 Guerreros» protagonizada por el actor español Antonio Banderas (Ibn Fadlan) basada en el libro de Michael Crichton Devoradores de cadáveres (Plaza & Janés, Barcelona, 1993) que es una síntesis del manuscrito de Ibn Fadlan.

 

LAS DINASTIAS DE MUSULMANAS DEL ASIA CENTRAL

DURANTE LA ÉPOCA ABBASÍ

Con la muerte del califa al-Mutasim en 842 se acaba el gran siglo abbasí y la ruina y la división asolarán el califato a partir de entonces. Durante los siglos siguientes, hasta la caída de Bagdad en 1258, la autoridad califal será cada vez más débil. Al mismo tiempo, los jefes de las guardias de soldados turcos irán formando y estableciendo reinos independientes en diversas regiones del Asia Central que conformarán verdaderas dinastías musulmanas.

Precisamente, la creación en el año 836 por el califa Mutasim de una guardia pretoriana de esclavos turcos o mamelucos (del ár. mamluk: "poseído") en Samarrá —la nueva capital situada al norte de Bagdad—, provocó que tanto aquél como la mayoría de sus sucesores no fueran sino unos comparsas en manos de sus generales turcos.

 

Los Tahiríes

A partir de la muerte de Harún ar-Rashíd, en 809, hubo una guerra fratricida hasta que Tahir Ibn Husain, general de al-Mamún, derrotó a los ejércitos de al-Amín y le cortó la cabeza al hijo menor de Harún ar-Rashíd enviándosela a su hermano al-Mamún que por esa época se encontraba establecido en Merv. Este al ser proclamado nuevo califa premió a su comandante con la administración del Jorasán, que quedó como territorio vasallo del califato bagdadí a partir de 821. Durante cincuenta y dos años (821-873) los sucesores de Tahir, los tahiríes o tahíridas gobernarían el Jorasán —y ocuparían el puesto de prefecto de policía en Bagdad— hasta que fueron desalojados temporalmente por los saffaríes y sucedidos por los samaníes.

 

Los Saffaríes

El imperio abbasí estuvo siempre constituido por un agregado de territorios con límites más o menos indefinidos, modificados en función de las revueltas locales y de las tentativas de secesión. No era raro que un gobernador extendiera su autoridad a regiones que no estaban oficialmente a su cargo. Asimismo, graves sublevaciones como las de los Zanÿ en el Africa oriental y la de los Qármatas (o Cármatas) conmoverían al califato y escaparían a su control.

Sin embargo, la amenaza más seria en el siglo IX contra Bagdad la constituyeron los saffaríes o saffáridas. Esta tuvo lugar en 867 y fue dirigida por Yaqub Ibn Lait as-Saffar, un antiguo artesano calderero que creó este movimiento de emancipación popular que rápidamente logró apoderarse del Sistán (su lugar de origen, hoy bajo Afganistán y parte del Irán actual) y el Jorasán y derrocar a los tahiríes, fijando su capital en Nishabur, a 112 kilómetros de la actual Mashhad (la capital del Jorasán iraní).

Los califas abbasíes que se sucedieron entre 867 y 900 reconocerían el emirato autónomo de los saffaríes sobre el Tujaristán, Kermán, Sistán y Sind, y después sobre el Jorasán, Fars y Sisyistán, a la vez que procuraban que los samaníes les atacaran (éstos terminarían derrotándolos y adueñándose de sus dominios), y es que mientras los tahiríes y samaníes representaban de alguna forma los intereses del «Islam oficial abbasí» y el status quo en lo social, los saffaríes eran de origen popular y sus fuerzas llegaron a incluir a muchos elementos opuestos a la ortodoxia, como shiíes, jariÿíes, ismailíes, etc.

Yaqub y sus descendientes fueron gobernadores autónomos y extendieron su dominio sobre el ciertas zonas del Jorasán hasta 1495. Los saffaríes lograron sobrevivir como élite intelectual y política, pese a las terribles invasiones de los mongoles de Gengis Jan y Tamerlán, durante más de 600 años.

 

Los Samaníes

En 874, los descendientes de Samán, noble mazdeísta, fundaron una dinastía islámica conocida como samaní o samánida que gobernó la Transoxiana (en árabe Ma wara al-Nahr) y el Jorasán como estado autónomo del califato bagdadí hasta 999.

Bajo los reyes samánidas, Bujará y Samarcanda rivalizaban con Bagdad como centros de erudición y arte; allí revivió el idioma persa para convertirse en el vehículo de una gran literatura; ar-Razi (844-926) el más grande de los médicos del Islam clásico dedicó el Kitab al-Mansurí ("Libro para al-Mansur") su inmenso compendio de medicina de diez volúmenes, a un príncipe samánida, Mansur Ibn Ishaq (el italiano Gerardo de Cremona que vivió entre 1114 y 1187 tradujo al latín, el tomo noveno de esta obra, el Nonus Almansoris, que fue un texto popular en las universidades europeas hasta el siglo XVI); una Corte samánida concedió protección, y el uso de una riquísima biblioteca, a Ibn Sina (980-1037), el Avicena de los latinos, el más grande filósofo del Islam oriental y también notable facultativo, llamado «el príncipe de los médicos».

El poeta Rudaki (859-940) estuvo al servicio de Nasr Ibn Ahmad (g. 913-943), emir samaní de Bujará. A Rudaki se le ha considerado como el verdadero primer poeta del Irán islámico, y ha sido llamado, a veces, «el Chaucer de Irán».

Los samaníes (que se decían descendientes de los sasánidas) lograron administrar un territorio que se extendía desde los confines de la India hasta el Tabaristán (hoy encuadrado en la provincia de Mazandarán, Irán). Sin embargo, en 990 los turcos se apoderaron de Bujará y en 999 pusieron fin a la dinastía samánida.

 

Los Gaznavíes

La costumbre de utilizar regimientos de esclavos turcos (gholam en persa) por parte del califato abbasí fue imitado por los samánidas. Esto dio lugar a que estos turcos paganos se islamizaran y adquirieran cierto grado de civilización. En 961, a la muerte del emir samánida Abdulmalik Ibn Nuh, el gholam turco Alp-tegín se rebeló y capturó la ciudad de Gazna, a 145 kilómetros de Kabul (hoy capital de Afganistán), estableciendo allí la dinastía gaznaví o gaznávida. Sebuk-tigín, primero gholam, luego yerno y sucesor de Alp-tigín, entre 977-997 extendió su dominio sobre Peshawar y parte del Jorasán. Su hijo, el famoso sultán Mahmud de Gazna (971-1030) conquistó el Irán desde el Golfo Pérsico hasta hasta el Amur Dariá y, en diecisiete implacables campañas, añadió el Punjab a su imperio y una gran parte de la riqueza de la India septentrional. También arrebató a los buyíes las ciudades de Rei (cerca del Teherán actual) y Hamadán en el Irán occidental. Pero aparentemente se sació de tantas guerras, botines y conquistas y gastó parte de sus riquezas en la construcción de importantes edificios islámicos en Gazna. Allí el otrora sanguinario conquistador se convirtió en un dudoso mecenas de científicos, artistas y poetas que fue de alguna manera lo que posibilitó el comienzo de la gran era de la cultura islámico-persa. Entre los que figuraron con bien ganada fama en la corte gaznávida, además del polígrafo al-Biruni, podremos nombrar a un poeta como Firdusi (940-1020), autor del mayor poema de la literatura persa, el «Libro de los Reyes» (Shah Nameh), quien le dedicó, no de su agrado, esa extraordinaria obra de sesenta mil dísticos, y que fue pagado por Mahmud con la más grosera de las ingratitudes. Durante esta brillante generación, Mahmud de Gazna estuvo cerca de convertirse en el soberano musulmán más importante de su tiempo; pero siete años después de su muerte, el imperio gaznaví cayó en manos de los turcos selÿukíes.

 

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