LAS CIVILIZACIONES DE LA AMÉRICA ANTIGUA.
LAS CULTURAS MESOAMERICANAS:
OLMECAS, MAYAS Y AZTECAS
México fue el asentamiento de algunas de las civilizaciones
más antiguas y desarrolladas del hemisferio occidental. Existe evidencia de que
una población dedicada a la caza habitó el área hacia el año 21000 a.C. o
incluso antes. La agricultura comenzó alrededor del año 5000 a.C.; entre los
primeros cultivos estuvieron la calabaza, el maíz, el frijol y el chile. La
primera civilización mesoamericana importante fue la de los olmecas, quienes
tuvieron su época de florecimiento entre el 1500 y el 600 a.C. La cultura maya,
de acuerdo con la investigación arqueológica, alcanzó su mayor desarrollo al
acercarse el siglo VI. Otro grupo, los guerreros toltecas, emigraron desde el
norte y en el siglo X establecieron un imperio en el valle de México. Fueron los
fundadores de las ciudades de Tula y Tulancingo (al norte de la actual ciudad de
México) y desarrollaron una gran civilización todavía evidente por las ruinas de
magníficos edificios y monumentos.
Cultura olmeca
El antiguo pueblo de los olmecas del sur del golfo de México
originó la más antigua civilización en Mesoamérica (México y América Central), y
cuyo esplendor se fecha desde aproximadamente el 1500 hasta el 900 a.C. Su área
central ocupó unos 18.000 km2, en las pantanosas selvas de las cuencas ribereñas
de los actuales estados mexicanos de Veracruz y Tabasco. Su influencia se
extendió gradualmente hasta las tierras altas de México, esto es, el valle de
México, conocido como el Anahuác, y los actuales estados de Oaxaca y Guerrero,
por lo que influyeron en otras culturas posteriores como la mixteca y zapoteca.
Los olmecas iniciaron su andadura, durante el denominado período olmeca I
(1500-1200 a.C.), con pequeñas aldeas costeras que practicaban una agricultura
incipiente y mantenían el importante aporte de la caza y la recolección. El
período olmeca II (1200-400 a.C.) comprende San Lorenzo, su centro más antiguo
conocido, que fue destruido en torno al año 900 a.C. y sustituido por La Venta,
una ciudad creada según un patrón axial que influyó en el desarrollo urbanístico
de América Central durante siglos. Una pirámide de tierra apisonada de 30 m de
altura, una de las más antiguas de Mesoamérica, estaba situada en el centro de
un complejo de templos y patios abiertos. El período olmeca III (400-100 a.C.)
se caracteriza por su marcada decadencia, ubicado en los centros de Tres Zapotes
y Cerro de las Mesas y que reflejan ya las influencias de las culturas de
Teotihuacán y maya, que comenzaron su expansión en los primeros siglos de la era
cristiana.
Los olmecas, cuyo nombre significa ‘país del hule’ (del
azteca ulli, hule o caucho), fueron los primeros en emplear la piedra en
la arquitectura y escultura, a pesar de tener que extraerla de los montes de
Tuxtla, a 97 km al este de Tula. Sus obras escultóricas incluyen tanto las
colosales cabezas masculinas de basalto de 2,7 m de altura y 25 toneladas de
peso como pequeñas estatuillas de jade que pueden observarse, junto a otros
productos olmecas, en la ciudad mexicana de Villahermosa. Su sistema de
escritura fue el precursor de los jeroglíficos mayas, y es probable que el
famoso calendario maya se haya originado en la cultura olmeca. La civilización
olmeca dejó establecidos patrones de cultura que influyeron en sus sucesores en
los siglos venideros; por ello está considerada como la cultura ‘madre’ más
importante de México.
Cultura de Teotihuacán
El yacimiento arqueológico de Teotihuacán contiene los restos
de la ciudad más antigua del continente americano, situado en el municipio
mexicano homónimo, 45 km al noreste de la actual ciudad de México. El lugar fue
ocupado por primera vez en los siglos I y II a.C. De ser un pequeño asentamiento
pasó a convertirse en una importante ciudad en el siglo II d.C., hasta cerca del
año 700 d.C. Se han formulado varias hipótesis para explicar su decadencia y
posterior abandono: disensiones internas, cambios climáticos, o invasiones de
pueblos del norte. Su población se dispersó por la región central de México y
también en lugares apartados, llegando algunos a establecerse en los países que
en la actualidad son los de El Salvador y Nicaragua. La ciudad ocupaba una
superficie muy amplia, 21 km2, y llegó a estar poblada por 125.000 habitantes
siendo considerada ya en ese entonces una de las ciudades más grandes del mundo.
Sus notables monumentos incluyen las Pirámides del Sol y de la Luna, unas de las
edificaciones más grandes jamás construidas, la Ciudadela, el templo de
Quetzalcóatl y la Avenida de los Muertos, que es una amplia vía flanqueada por
los restos de antiguos templos de casi 2.000 m de longitud. Los muros de algunos
de ellos están decorados con frescos de color que representan temas mitológicos
o religiosos. El conjunto de las casas seguía un trazado urbanístico en forma de
cuadrícula que rodeaba el centro monumental de la ciudad. Los habitantes de
Teotihuacán, que, en realidad, fue una verdadera ciudad-estado, tuvieron
estrechos contactos con la contemporánea cultura maya del Yucatán y de
Guatemala, y su cultura ejerció una importante influencia en posteriores
civilizaciones mexicanas como la de los aztecas.
LA CIVILIZACIÓN MAYA
El Maya es un grupo de pueblos indígenas mesoamericanos
perteneciente a la familia lingüística maya o mayense, que tradicionalmente han
habitado en los estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Tabasco y Chiapas, en la
mayor parte de Guatemala y en regiones de Belice y Honduras.
El pueblo más conocido, el maya propiamente dicho, que da
nombre a todo el grupo, ocupa la península de Yucatán. Entre los demás pueblos
significativos se hallan los tzeltales de las tierras altas de Chiapas; los
choles de Chiapas; los quichés, cakchiqueles, pokonchis y pokomanes de las
montañas de Guatemala y los chortís del este de Guatemala y el oeste de
Honduras. Todos estos pueblos formaban parte de una civilización y cultura
comunes que, en muchos aspectos, alcanzó las más elevadas cotas de desarrollo
entre los indígenas de todo el área mesoamericana.
Organización económica y social
La agricultura ha constituido la base de la economía maya
desde la época precolombina y el maíz es su principal cultivo. Los mayas
cultivaban también algodón, frijol (poroto o judía), camote (batata), yuca y
cacao. Las técnicas del hilado, el tinte y el tejido consiguieron un elevado
grado de perfección. Como unidad de cambio se utilizaban las semillas de cacao y
las campanillas de cobre, material que se empleaba también para trabajos
ornamentales, al igual que el oro, la plata, el jade, las conchas de mar y las
plumas de colores.
Los mayas formaban una sociedad muy jerarquizada. Estaban
gobernados por una autoridad política, el Halach Uinic, jefe supremo,
cuya dignidad era hereditaria por línea masculina, y el Alma Kan, sumo
sacerdote. El jefe supremo delegaba la autoridad sobre las comunidades de
poblados a jefes locales o bataboob, capataces de explotación agrícola
que cumplían funciones civiles, militares y religiosas. La unidad mínima de
producción era la familia campesina, que cultivaba una ‘milpa’ (parcela de una
4-5 hectáreas) mediante el sistema de rozas, para atender a sus necesidades y
generar, a veces, un excedente del que se apropiaba la clase dirigente.
Arquitectura
La cultura maya produjo una arquitectura monumental, de la
que se conservan grandes ruinas en Palenque, Uxmal, Mayapán, Copán, Tikal,
Uaxactún, Quiriguá, Bonampak, Tulún y Chichén Itzá, entre muchas otras. Estos
lugares eran enormes centros de ceremonias religiosas. Se consideran tres
estilos arquitectónicos: el río Bec, el Chenes y el Puuc, cada uno con
características de ingeniería y ornamentación propias. La distribución de las
ciudades consistía en una serie de estructuras piramidales, la mayoría de las
veces coronadas por templos o cresterías labradas, y agrupadas alrededor de
plazas abiertas. Las pirámides escalonadas estaban recubiertas con bloques de
piedra pulida y por lo general llevaban tallada una escalinata en una o varias
de sus caras. La infraestructura de las pirámides estaba formada habitualmente
por tierra y piedras, pero a veces se utilizaban bloques de piedra unidos con
mortero.
Aunque en la actualidad representa una excepción, se cree que
el Templo de las Inscripciones de Palenque, que aloja la tumba del rey Pacal,
puede no ser el único monumento de uso funerario que se construyó en la cultura
maya. El tipo más común de construcción consiste en un núcleo de escombros o
piedra caliza partida, mezclada con hormigón o cemento, y recubierta con piedra
pulida o estuco. Las paredes de piedra se edificaban, por lo general, sin
mortero. La madera se utilizaba para los dinteles de las puertas y para las
esculturas. Su gran hallazgo técnico fue el sistema de la falsa bóveda por
aproximación de filas de bloques de piedra, para cubrir espacios alargados o
estrechos, que concluyen en el característico arco maya, del cual existen 10
tipos diferentes. Las ventanas eran poco frecuentes, muy pequeñas y estrechas.
Los interiores y exteriores se pintaban con colores vivos. Se dedicaba especial
atención a los exteriores y se decoraban profusamente con esculturas pintadas,
dinteles tallados, molduras de estuco y mosaicos de piedra. Las decoraciones se
disponían generalmente en amplios frisos que contrastaban con franjas de
ladrillos lisos. Las viviendas de los comunes se parecían seguramente a las
chozas de adobe y techumbre de ramas que todavía hoy se pueden apreciar entre
los mayas contemporáneos.
Escritura
Los pueblos mayas desarrollaron un método de notación
jeroglífica y registraron su mitología, historia y rituales en inscripciones
grabadas y pintadas en estelas (bloques o pilares de piedra), en los dinteles y
escalinatas y en otros restos monumentales. Los registros también se realizaban
en códices de papel amate (corteza de árbol) y pergaminos de piel de animales.
Sólo existen tres muestras de estos códices: el Dresdensis (Dresde),
actualmente en Dresden; el Perezianus (Peresiano o de París), en París; y
el Tro-cortesianus (Tro-Cortesiano o Matritense maya). Estos códices se
utilizaban como almanaques de predicción en temas como la agricultura, la
meteorología, las enfermedades, la caza y la astronomía.
En el siglo XVI se escribieron textos en lengua maya pero con
alfabeto latino, y entre los más importantes se encuentran el Popol Vuh,
relato mítico sobre el origen del mundo y la historia del pueblo maya, y los
llamados libros de Chilam Balam, crónicas de chamanes o sacerdotes en las
que se recogen acontecimientos históricos. La obra del obispo fray Diego de
Lanza, Relación de las cosas de Yucatán, ha resultado una fuente
importantísima para descifrar la grafía maya.
Calendario y religión
Entre los mayas, la cronología se determinaba mediante un
complejo sistema calendárico. El año comenzaba cuando el Sol cruzaba el cenit el
16 de julio y tenía 365 días; 364 de ellos estaban agrupados en 28 semanas de 13
días cada una, y el año nuevo comenzaba el día 365. Además, 360 días del año se
repartían en 18 meses de 20 días cada uno. Las semanas y los meses transcurrían
de forma secuencial e independiente entre sí. Sin embargo, comenzaban siempre el
mismo día, esto es, una vez cada 260 días, cifra múltiplo tanto de 13 (para la
semana) como de 20 (para el mes). El calendario maya, aunque muy complejo, era
el más exacto de los conocidos hasta la aparición del calendario gregoriano en
el siglo XVI.
La religión maya se centraba en el culto a un gran número de
dioses de la naturaleza. Chac, dios de la lluvia, tenía especial importancia en
los rituales populares. Entre las deidades supremas se hallaban Kukulkán,
versión maya del dios azteca Quetzalcóatl; Itzamná, dios de los cielos y el
saber; Ah Mun, dios del maíz; Ixchel, diosa de la luna y protectora de las
parturientas, y Ah Puch, diosa de la muerte. Una característica maya era su
total confianza en el control de los dioses respecto de determinadas unidades de
tiempo y de todas las actividades del pueblo durante dichos períodos.
Historia
Los orígenes de la civilización maya son objeto de
discrepancias académicas en virtud de las contradictorias interpretaciones de
los hallazgos arqueológicos. El período formativo comenzó, cuando menos, hacia
el 1500 a.C. Durante el período clásico, aproximadamente entre el 300 y el 900
d.C., los mayas extendieron su influjo por la zona sur de la península de
Yucatán y el noroeste de las actuales Guatemala y Honduras. Se construyeron
entonces los grandes centros ceremoniales como Palenque, Tikal y Copán. Los
centros maya fueron abandonados de forma misteriosa hacia el año 900 y algunos
individuos emigraron al Yucatán.
En el período postclásico, desde el 900 hasta la llegada de
los españoles en el siglo XVI, la civilización maya tenía su centro en el norte
de Yucatán. La migración tolteca de los itzáes, procedentes del valle de México,
impactó fuertemente en sus estilos artísticos. Chichén Itzá, Mayapán y Uxmal
fueron ciudades esplendorosas. La Liga de Mayapán, que dominó la península de
Yucatán durante dos siglos, preservó la paz durante algún tiempo, pero tras un
período de guerra civil y de revolución, las ciudades quedaron abandonadas. Los
españoles vencieron con facilidad a los grupos mayas más importantes, pero el
gobierno mexicano no logró subyugar las últimas comunidades independientes hasta
1901. Actualmente los mayas forman la mayoría de la población campesina en
Yucatán y Guatemala.
La lengua maya (también llamada yucateca) la hablan
unas 350.000 personas en Yucatán, Guatemala y Belice.
Cultura tolteca
Los toltecas (en nahuatl, ‘maestros constructores’), pueblo
nativo de México que emigró desde el norte de lo que ahora es México, tras la
decadencia (en torno al año 700 d.C.) de la gran ciudad de Teotihuacán, y que
estableció un estado militar en Tula, a 64 km al norte de la moderna Ciudad de
México, en el siglo X d.C. Se pensó que su llegada marcó el cenit del
militarismo en Mesoamérica, puesto que el ejército tolteca empleó su mayor
potencia para dominar las sociedades vecinas. El pueblo tolteca creó una
refinada cultura, que incluía conocimientos sobre la fundición del metal, el
trabajo de la piedra, la destilación y la astronomía. Su arquitectura y su arte
reflejan influencias de Teotihuacán y de la cultura olmeca.
Los restos de Tula, a veces llamada Tollan Xicocotitlán,
incluyen tres templos piramidales, de los cuales el más grande está rematado por
columnas de 4,6 m de altura en forma de estilizadas figuras humanas conocidos
como "atlantes" (guerreros); se cree que estaba dedicado a Quetzalcóatl, la
Serpiente Emplumada, deidad que los toltecas adaptaron de culturas anteriores y
la adoraron como el dios del planeta Venus. Según la leyenda, un dios rival
tolteca Tezcatipotla, hizo que Quetzalcóatl y sus seguidores abandonaran Tula en
torno al año 1000 d.C. Se desplazaron al sur y posteriormente desarrollaron la
ciudad maya de Chichén Itzá, convirtiéndola en su capital y en un importante
centro religioso. La civilización tolteca decayó en el siglo XII, cuando los
chichimecas, junto con otros pueblos indígenas, invadieron el valle central y
saquearon Tula. Los toltecas del sur fueron absorbidos por los mayas, a los que
habían conquistado anteriormente. Hacia el siglo XIII la caída de Tula y del
poder tolteca abrió el camino para la ascensión de los aztecas.
Cultura zapoteca
Los zapotecas fueron uno de los pueblos que tuvieron un papel
muy importante en el desarrollo cultural de Mesoamérica. Establecidos por lo
menos desde un milenio antes de la era cristiana en la sierra, valle central y
en el istmo de Tehuantepec, Oaxaca, los zapotecas recibieron la influencia de
los olmecas. Eran éstos los creadores de la cultura madre que comenzó a florecer
en las costas del golfo de México, en la región limítrofe de los actuales
estados mexicanos de Veracruz y Tabasco.
Hacia el siglo VI a.C. los zapotecas estaban en posesión de
un sistema calendárico y también de una forma de escritura. De ello dan
testimonio las centenares de estelas con inscripciones que se conservan en el
centro ceremonial de Monte Abán. Dichas estelas se conocen como de ‘los
danzantes’, ya que las posturas de las figuras humanas con las que se registran
tales inscripciones, mueven a pensar que están bailando. En esa primera etapa
del desarrollo zapoteca comenzaron a construirse tumbas de cajón o rectangulares
en las que aparecen ofrendas y representaciones del dios de la lluvia conocido
como Cocijo, deidad que habría de tener un lugar muy importante en el panteón
zapoteca.
En los siglos siguientes, según los datos proporcionados por
la arqueología, pueden distinguirse varios períodos de ulterior desarrollo. En
el que abarca desde el 300 a.C. hasta el 100 d.C., se dejó sentir la presencia
de algunos elementos que más tarde se desarrollarían con mayor fuerza entre los
mayas. De esa época provienen asimismo edificaciones más suntuosas, entre ellas
las de varios juegos de pelota y algunos templos en Monte Albán y en otros
lugares de Oaxaca como Yagul, Teotitlán, y Zaachila.
A ese período siguió el del auge de la cultura zapoteca entre
el año 100 d.C. y el 800 d.C. Coincidió con el esplendor de Teotihuacán en la
región central. Fue entonces cuando el centro de Monte Albán llegó a su máximo
florecimiento. De ello dan fe los templos, palacios, adoratorios, plazas, juegos
de pelota y otras edificaciones que allí pueden contemplarse. Además de Cocijo,
dios de la lluvia, se adoraba a la pareja de dioses creadores llamados Pitao
Cozaana y Pitao Nohuichana, representación de la dualidad que también aparece en
las otras regiones de Mesoamérica. En este período de esplendor se consolida la
presencia zapoteca en los ya mencionados Yagul y Zaachila, y en otros muchos
lugares como Huajuapan, Juchitán, Piedra Labrada y algunos ya situados en los
actuales territorios de Puebla y Guerrero.
Al período de esplendor siguió uno de franca decadencia. Otro
grupo étnico, el de los mixtecos, ocupó su principal centro ceremonial y se
impuso en gran parte del territorio oaxaqueño. Los zapotecas, a veces sometidos
a los mixtecos y en ocasiones aliados con ellos, establecieron su ciudad
principal en Zaachila. A pesar de su decadencia, los zapotecas lograron
conservar en parte su independencia y salir victoriosos en varias guerras que
tuvieron contra grupos vecinos y oponiendo resistencia a los intentos de los
mexicas o aztecas que trataban de sojuzgarlos. Tan sólo la conquista española
puso fin a la existencia autónoma zapoteca.
Descendientes de los antiguos pobladores de diversos lugares
de la sierra, de los valles centrales y la costa de Oaxaca, los zapotecas
contemporáneos, a pesar de haber vivido por siglos marginados y depauperados,
han conservado muchas de sus tradiciones, formas de vida, creencias y
organización social. Elemento que les confiere profundo orgullo es el hecho de
que un zapoteca serrano, Benito Juárez , no sólo haya sido presidente de la
República sino el máximo defensor de ella frente a la intervención francesa que,
promovida por Napoleón III, fue victoriosamente rechazada.
Tanto por las variantes que existen en su lengua como por sus
formas de vida y condiciones económicas, los zapotecas ostentan considerables
diferencias entre sí. Así, en tanto que perdura su aislamiento y pobreza en
muchos lugares de la sierra, hay en cambio zapotecas en la región del istmo de
Tehuantepec cuyos niveles de vida son comparables a los de la población no
indígena. Entre éstos últimos zapotecas pervive, no obstante, su sentido de
identidad cultural y el empleo de la lengua que es además objeto de cultivo y
vehículo de expresión literaria, tanto en cantos y poemas como en la narrativa.
La acentuada fisonomía cultural de los zapotecas del istmo es perceptible de
muchas formas. Una de ellas la ofrece la gracia y altivez de sus mujeres, las
célebres tehuanas, con sus característicos tocados y sus ricas joyas.
Los zapotecas contemporáneos, herederos del rico legado
cultural de sus antepasados, constituyen uno de los grupos étnicos más grandes
de México. De acuerdo con el censo de 1990, se acercaban al medio millón de
personas.
Cultura mixteca
El pueblo amerindio de los mixtecos de la familia lingüística
otomanque, habitante de los actuales estados mexicanos de Oaxaca, Guerrero y
Puebla. La cultura mixteca floreció en el sur de México desde el siglo IX hasta
principios del XVI y sus miembros fueron los artesanos más famosos de México.
Sus trabajos en piedra y en diferentes metales nunca fueron superados. Entre sus
especialidades se podían citar los mosaicos de plumas, la alfarería polícroma
decorada y el tejido y bordado de telas.
Las contribuciones más importantes de los mixtecos son: los
registros pictográficos en códices hechos sobre piel de venado de la historia
militar y social que narran aspectos del pensamiento religioso, de los hechos
históricos y de los registros genealógicos de su cultura; la orfebrería, cuyas
muestras como pectorales, narigueras, anillos o aretes, demuestran que manejaron
con maestría el oro trabajado con la técnica de la cera perdida, así como el
labrado del alabastro, el jade, la turquesa y la obsidiana, entre otros. Las
piezas más notables que se conocen proceden de los enterramientos de Monte
Albán, descubiertos por el arqueólogo Alfonso Caso, y se exhiben en el Museo
Regional de Oaxaca. Otros legados mixtecos son: un calendario análogo al
utilizado por los aztecas y sus técnicas agrícolas.
Entre los siglos XI y XII de nuestra época, los mixtecos
adoptaron una influencia tolteca cuya característica civilizadora los motivó a
buscar asentamientos más estables que los que habían tenido; se dedicaron a
dominar a los zapotecas por medio de invasiones de sus tierras, guerras y
alianzas políticas por matrimonios. De ese modo se apoderaron, por ejemplo, de
Monte Albán, que había sido abandonada por los zapotecas y los mixtecos
convirtieron en necrópolis, enriqueciendo notablemente sus monumentos
funerarios. Tanto en esa ciudad, como en Mitla, aportaron conceptos
arquitectónicos evolucionados como las grecas geométricas de piedras ensambladas
que adornan los palacios. Otras ciudades zapotecas de las que se apoderaron los
mixtecos son Zaachila y Yagul, también en el estado de Oaxaca, con las que se
complementa el conjunto del impresionante legado de estas culturas. Los mixtecos
influyeron en el declive de la civilización maya en el sur, y permanecieron
independientes de los aztecas en el norte. Es posible que la población mixteca
actual ronde el medio millón de personas, distribuidas en 3 regiones
principales: la Mixteca Alta (en las zonas frías de la sierra Madre del Sur), la
Mixteca Baja (siguiendo el curso del río Atoyac) y la costa (estados de Oaxaca y
Guerrero).
LA CIVILIZACIÓN AZTECA
Los aztecas o mexicas fueron un pueblo que dominó el centro y
sur del actual México, en Mesoamérica, desde el siglo XIV hasta el siglo XVI y
que es famoso por haber establecido un vasto imperio altamente organizado,
destruido por los conquistadores españoles y sus aliados tlaxcaltecas. Algunas
versiones señalan que el nombre de ‘azteca’ proviene de un lugar mítico, situado
posiblemente al norte de lo que hoy en día es México, llamado Aztlán; más tarde
se autodenominaron mexicas.
Orígenes
Tras la caída de la civilización tolteca que había florecido
principalmente en Tula entre los siglos X y XI, oleadas de inmigraciones
inundaron la meseta central de México, alrededor del lago de Texcoco. Debido a
su tardía aparición en el lugar, los aztecas-mexicas se vieron obligados a
ocupar la zona pantanosa situada al oeste del lago. Estaban rodeados por
enemigos poderosos que les exigían tributos, y la única tierra seca que ocupaban
eran los islotes del lago de Texcoco, rodeados de ciénagas.
El hecho de que, desde una base tan poco esperanzadora, los
aztecas fueran capaces de consolidar un imperio poderoso en sólo dos siglos, se
debió en parte a su creencia en una leyenda, según la cual fundarían una gran
civilización en una zona pantanosa en la que vieran un nopal (cactus) sobre una
roca y sobre él un águila devorando una serpiente. Los sacerdotes afirmaron
haber visto todo eso al llegar a esta zona; como reflejo de la continuidad de
esa tradición, hoy en día esa imagen representa el símbolo oficial de México que
aparece, entre otros, en los billetes y monedas.
Al aumentar en número, los aztecas establecieron
organizaciones civiles y militares superiores. En 1325 fundaron la ciudad de
Tenochtitlán (ubicada donde se encuentra la actual ciudad de México, capital del
país).
La capital del imperio azteca
Los aztecas convirtieron el lecho del lago, que era poco
profundo, en chinampas (jardines muy fértiles, construidos con un armazón
de troncos que sostenían arena, grava y tierra de siembra, atados con cuerdas de
ixtle, para lograr islas artificiales donde se cultivaban verduras y flores y se
criaban aves domésticas). Se hicieron calzadas y puentes para conectar la ciudad
con tierra firme; se levantaron acueductos y se excavaron canales por toda la
ciudad para el transporte de mercancías y personas. Las construcciones
religiosas —gigantescas pirámides escalonadas recubiertas de piedra caliza y
estuco de vivos colores, sobre las que se construían los templos— dominaban el
paisaje.
La ciudad floreció como resultado de su ubicación y del alto
grado de organización. En la época en la que los españoles, capitaneados por
Hernán Cortés (1485-1547), comenzaron la conquista en 1519, el gran mercado de
Tlatelolco atraía a unas 60.000 personas diarias. Las mercancías llegaban a
manos aztecas gracias a los acuerdos sobre tributos establecidos con los
territorios conquistados. Muchas de esas mercancías se exportaban a otras zonas
del Imperio azteca y a América Central.
La confederación azteca
Los aztecas-mexicas establecieron alianzas militares con
otros grupos, logrando un imperio que se extendía desde México central hasta la
actual frontera con Guatemala. A principios del siglo XV Tenochtitlán gobernaba
conjuntamente con las ciudades-estado de Texcoco y Tlacopan (más tarde conocida
como Tacuba y en la actualidad perteneciente a ciudad de México) bajo la
denominación de la Triple Alianza. En un período de unos 100 años los aztecas
lograron el poder total y, aunque las demás ciudades-estado continuaron
llamándose reinos, se convirtieron en meros títulos honoríficos. Al final del
reinado de Moctezuma II, en 1520, se habían establecido 38 provincias
tributarias; sin embargo, algunos pueblos de la periferia del Imperio azteca
luchaban encarnizadamente por mantener su independencia. Estas divisiones y
conflictos internos en el seno del Imperio azteca facilitaron su derrota frente
a Cortés en 1521, ya que muchos pueblos se aliaron con los españoles. Además de
los problemas internos que contribuyeron a su caída, el emperador Moctezuma
había dado una bienvenida pacífica a Cortés y lo instaló junto a sus capitanes
en los mejores palacios, desde donde se hicieron con la ciudad.
Es posible que la interpretación de antiguos presagios sobre
el regreso del dios Quetzalcóatl indujera a Moctezuma a confundirlo con Cortés,
si bien lo que más interesaba al emperador era colmar de regalos a los españoles
para que se retiraran.
Sociedad y religión aztecas
La sociedad azteca estaba dividida en tres clases: esclavos,
plebeyos y nobles. El estado de esclavo era similar al de un criado contratado.
Aunque los hijos de los pobres podían ser vendidos como esclavos, solía hacerse
por un período determinado. Los esclavos podían comprar su libertad y los que
lograban escapar de sus amos y llegar hasta el palacio real sin que los
atraparan obtenían la libertad inmediatamente. A los plebeyos o macehualtin
se les otorgaba la propiedad vitalicia de un terreno en el que construían su
casa. Sin embargo, a las capas más bajas de los plebeyos (tlalmaitl), no
se les permitía tener propiedades y eran campesinos en tierras arrendadas. La
nobleza estaba compuesta por los nobles de nacimiento, los sacerdotes y los que
se habían ganado el derecho a serlo (especialmente los guerreros). En la
religión azteca numerosos dioses regían la vida diaria. Entre ellos
Huitzilopochtli (deidad del Sol), Coyolxahuqui (la diosa de la Luna que, según
la mitología azteca, era asesinada por su hermano el dios del Sol), Tláloc
(deidad de la lluvia) y Quetzalcóatl (inventor de la escritura y el calendario,
asociado con el planeta Venus y con la resurrección). Los sacrificios, humanos y
de animales, eran parte integrante de la religión azteca. Para los guerreros el
honor máximo consistía en caer en la batalla u ofrecerse como voluntarios para
el sacrificio en las ceremonias importantes. Las mujeres que morían en el parto
compartían el honor de los guerreros. También se realizaban las llamadas guerras
floridas con el fin de hacer prisioneros para el sacrificio. El sentido de la
ofrenda de sangre humana (y en menor medida de animales) era alimentar a las
deidades solares para asegurarse la continuidad de su aparición cada día y con
ella la permanencia de la vida humana, animal y vegetal sobre la Tierra.
Los aztecas utilizaban la escritura pictográfica grabada en
papel o piel de animales. Todavía se conserva alguno de estos escritos, llamados
códices. También utilizaban un sistema de calendario que habían desarrollado los
antiguos mayas. Tenía 365 días, divididos en 18 meses de 20 días, a los que se
añadían 5 días ‘huecos’ que se creía que eran aciagos y traían mala suerte.
Utilizaban igualmente un calendario de 260 días (20 meses de 13 días) que
aplicaban exclusivamente para adivinaciones.
La educación era muy estricta y se impartía desde los
primeros años. A las mujeres se les exhortaba a que fueran discretas y recatadas
en sus modales y en el vestir y se les enseñaban todas las modalidades de los
quehaceres domésticos que, además de moler y preparar los alimentos, consistían
en descarozar el algodón, hilar, tejer y confeccionar la ropa de la familia. A
los hombres se les inculcaba la vocación guerrera. Desde pequeños se les formaba
para que fueran fuertes, de modo que los bañaban con agua fría, los abrigaban
con ropa ligera y dormían en el suelo. A la manera de los atenienses de la
Grecia clásica, se procuraba fortalecer el carácter de los niños mediante
castigos severos y el fomento de los valores primordiales como amor a la verdad,
la justicia y el deber, respeto a los padres y a los ancianos, rechazo a la
mentira y al libertinaje, misericordia con los pobres y los desvalidos. Los
jóvenes aprendían música, bailes y cantos, además de religión, historia,
matemáticas, interpretación de los códices, artes marciales, escritura y
conocimiento del calendario, entre otras disciplinas.
La higiene de los aztecas
Cada casa azteca tenía su temascal o baño de vapor. Es que
los aztecas eran gentes muy limpias y se bañaban todos los días, antes de
trabajar. El temascal (que no era un invento azteca, porque ya lo usaban antes
los totonecas) era una pequeña habitación donde se calentaban piedras con fuego
y después se le echaba agua. Así se formaba en seguida mucho vapor, que empapaba
al que estaba adentro, quien aprovechaba para frotarse bien el cuerpo con una
especie de jabón hecho con las raíces de un árbol llamado copalxocotl, que hacía
espuma. Esta costumbre de la higiene la tenían todos los aztecas —campesinos o
nobles, artesanos o comerciantes, menos los sacerdotes que no se podían bañar
nunca— y fue otra de las cosas que llamaron mucho la atención de los españoles,
para quienes en la época de la conquista y colonización de América (siglos XV-XVIII)
el baño no era precisamente una actividad muy frecuente que digamos.
Cultura chichimeca
Chichimecas es el nombre que dieron los pueblos de alta
cultura de la región central de México a los habitantes de las vastas regiones
del norte, tenidos como primitivos. En idioma náhuatl la palabra chichimeca
parece significar ‘los del linaje de los perros’. De acuerdo con varios
testimonios procedentes del siglo XVI, había tres clases principales de
chichimecas. Unos eran de filiación étnica otomí. Otros eran nahuas que, en
tiempos antiguos, se habían establecido en el norte, incluyendo algunos que
llegaron a constituir avanzadas de la alta cultura mesoamericana. Finalmente,
estaban los chichimecas propiamente dichos, es decir los tenidos como bárbaros,
seminómadas dedicados a la cacería y a la recolección. En la actualidad
sobrevive un pequeño grupo conocido como el de los chichimecas-jonaz en el
pueblo llamado La Misión, cerca de San Luis de la Paz, en Guanajuato.
De acuerdo con varios códices indígenas, entre ellos el
conocido como Xolotl a mediados del siglo XIII d.C., cuando ya los toltecas
habían abandonado su metrópoli de Tula, los chichimecas capitaneados por su
caudillo Xolotl, avanzaron hacia el valle de México. Establecidos en varios
lugares del mismo, entraron en contacto con los pueblos sedentarios de alta
cultura que allí moraban. Se produjo entonces un intenso proceso de aculturación
en función del cual los chichimecas cambiaron sus formas de vida y asimilaron
las de aquéllos con quienes convivían. Surgieron así varios señoríos, entre
ellos los de Azcapotzalco, Tezcoco, Huexotla y Coatlinchan. A los gobernantes de
ellos se les nombró con frecuencia señores tolteca-chichimecas, destacando así
que habían recibido el doble legado de los pueblos sedentarios y de aquéllos
procedentes del norte. Así, el término 'chichimeca' fue adquiriendo nuevas
connotaciones culturales.
Respecto de los otros grupos que permanecieron en el norte
con sus antiguas formas de vida, en particular los de filiación pame,
antepasados de los chichimeca-jonaz, puede decirse que subsistieron al margen de
la civilización durante buena parte del período colonial. Fundadas ya las
ciudades de Guadalajara y Zacatecas, esos chichimecas continuaron siendo una
amenaza ya que atacaban a los pueblos y asaltaban a los que atravesaban los
caminos. En 1541 se produjo un gran levantamiento, conocido como la guerra del
Miztón. Esta llegó a poner en jaque a la región septentrional de la Nueva
España. Para sofocar la rebelión marchó en persona el virrey Antonio de Mendoza.
Poco antes, Pedro de Alvarado, había intentando sujetar a los rebeldes perdiendo
la vida en su intento. El virrey Mendoza logró su pacificación, aunque sólo
temporalmente. Diversos grupos chichimecas en los territorios de los actuales
estados de Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas, San Luis Potosí, Jalisco y
Durango se mantuvieron en actitud hostil por mucho tiempo. Ello movió a las
autoridades españolas a erigir presidios, es decir fuertes en lugares
estratégicos. Algunos se transformaron más tarde en ciudades como las de San
Miguel el Grande (hoy día San Miguel de Allende), Ojuelos, Celaya, Portezuelos,
Colotlán, Nombre de Dios y otros. En el proceso de pacificación de los
chichimecas participaron frailes franciscanos que establecieron entre ellos
algunas misiones, también algunos capitanes mestizos como el célebre Miguel
Caldera. Otro factor importante en la pacificación fue la creación de colonias
de indígenas tlaxcaltecas, antecedente de varias poblaciones. Hacia fines del
período colonial la mayor parte de los chichimecas o se había amestizado con los
tlaxcaltecas y españoles o había desaparecido como consecuencia de los
enfrentamientos bélicos y las epidemias.
LA CONQUISTA Y COLONIZACIÓN DE MÉXICO POR LOS
ESPAÑOLES:
UN CHOQUE DE CIVILIZACIONES
Como elemento de polémica, la historia de la conquista de
México representa un filón inextinguible que mantiene vivas las querellas de
quienes atribuyen a la gesta características de «salvaje invasión» —los
indigenistas, sean o no mexicanos— y de los hispanistas que la defienden a todo
trance calificándola de «evangelizadora» y «pacificadora». Para no citar a los
directamente interesados, es bueno recoger opiniones ajenas que muchas veces
hablan a las claras de unos y otros.
El historiador chileno Jaime Eyzaguirre (1908-?),
recalcitrante hispanista, sostiene: «Cuando el indio americano, rescatado de
la oscuridad de sus ídolos, conoció al Dios del amor y se dirigió a Él con las
voces tiernas y confiadas del Padrenuestro, no lo hizo en francés, ni en
italiano, sino en la lengua viril de Castilla... A España no se le puede
disputar el derecho de unir su nombre al de una tierra a la que abrió las
puertas del cielo, infundiendo en el alma triste de sus moradores, la virtud,
para ellos desconocida de la esperanza»(J. Eyzaguirre: Hispanoamérica del
dolor, Colección Hispano-Americana de estudios Políticos, Imp. S. Aguirre,
Madrid, 1947).
El filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936), en cambio,
protestando por la destrucción de la cultura azteca, manifiesta esta grave
denuncia en su trabajo La decadencia de Occidente (1918-1922, ed.
revisada 1923): «No falleció por decaimiento, no fue ni estorbada ni
reprimida en su desarrollo. Murió asesinada, en la plenitud de su evolución,
destruida como una flor que un transeúnte decapita con su vara..., y no por
resultas de una guerra desesperada, sino por obra de un puñado de bandidos que
en pocos años aniquilaron todo de tal suerte que los restos de la población muy
pronto habían perdido el recuerdo del pasado».
El espíritu de Cruzada de los descubridores y
conquistadores
Es muy recomendable la lectura de la obra erudita del
historiador alemán George Friederici, El carácter del descubrimiento y la
conquista de América. Es tal vez uno de los pocos especialistas que presenta
análisis tan profundos y al mismo tiempo tan detallados y escrupulosamente
documentados de la conquista de América por los españoles, portugueses,
ingleses, holandes y franceses.
Por ejemplo, al referirse al carácter de la conquista y
colonización por parte de los españoles afirma con elocuencia irrefutable:
«Las guerras contra los moros... fueron la escuela de todas las virtudes que los
españoles habrían de acreditar en América: la valentía, la tenacidad, la
frugalidad, el amor por la patria, la confianza en Dios y la religiosidad. Pero
aquí hay que buscar también las raíces de todos sus vicios y de los graves
defectos de carácter que ensombrecieron las grandes hazañas del descubrimiento y
la conquista del Nuevo Mundo: la soberbia y la insolencia, el desprecio que
sentían por todas las demás razas, la felonía y la falta de caballerosidad en el
trato con ellas; el ansia de botín, la rapacidad, las tropelías cometidas con
las mujeres y todos los desmanes propios de una manera bárbara de guerrear; la
intransigencia, el fanatismo y el espíritu de Cruzada a que ya varias veces nos
hemos referido, aquella curiosa amalgama de la religión y de los peores apetitos
humanos, del espíritu de caballería y del espíritu apostólico... Las guerras de
la Reconquista habían sido las Cruzadas de los españoles que, a los ojos del
Papa y de toda la Cristiandad se hallaban desde todos los puntos de vista en el
mismo plano que las guerras contra el Islam por rescatar el Santo Sepulcro...
Este mismo carácter habrían de tener en lo sucesivo todas las guerras de España
contra los musulmanes o los paganos, y aunque no fueran, en realidad, otra cosa
que guerras rapaces de conquista y esclavización, quienes las contemplaban desde
lejos seguían aferrados a la devota creencia de que se trataba de guerras
libradas por la fe de Cristo, y todo el mundo mantenía en pie la ficción de la
Cruzada.... Esta ficción del carácter de Cruzada de sus guerras contra los
musulmanes y los paganos, directamente reivindicada para América por los
términos de la bula de Alejandro VI, que llevaba aparejada, al mismo tiempo, la
bienaventurada creencia de llevar a los infieles las bendiciones de la
civilización occidental, fue alentada por el Gobierno y sus representantes en
América, aunque a veces de un modo tímido, era para muchos artículos de fe, para
otros muchos una repugnante hipocresía y para algunos, por último un sentimiento
confuso y mezclado, por el que, si era auténtico, resulta extraordinariamente
difícil para el historiador de hoy abrirse paso para llegar a un juicio claro y
certero... Dice Ranke que la batalla de Lepanto y las luchas contra los
araucanos formaban, vistas a través de los sentimientos de los españoles de
aquel tiempo, una unidad armónica, como luchas libradas contra los infieles...
Don García, uno de los grandes soldados españoles de América, educado como un
monje-caballero, orgulloso, impulsivo, implacable y devoto hasta el fanatismo,
un carácter parecido al del duque de Alba, frío, calculador y cruel, hipócrita y
mentiroso cuando le convenía, pero intachable en su pureza y honestidad
personales, salió de Chile pobre y en torno a su persona se han entrejido tantas
leyendas personales como en torno a Cortés. Este caudillo, que tenía en su plana
mayor a seis eclesiásticos consejeros; que jamás se presentaba en público sin un
séquito de curas y frailes; que, como gobernador y general en jefe, se tendía
sobre el suelo en señal de humildad, para que pasaran sobre su cuerpo los
sacerdotes con la Sagrada Hostia, que ordenaba cortar las manos y colgar de los
árboles a los enemigos prisioneros y en cuyo ejército fue empalado vivo, al caer
prisionero, Caupolicán, el jefe de las fuerzas indígenas, estaba sin duda alguna
ciegamente convencido, al igual que los que le rodeaban, de que la guerra que
libraban era una Cruzada. Los conquistadores de Chile, en cambio, pensaban muy
de otro modo. En las cartas de Pedro de Valdivia al emperador no encontraremos
una sola palabra que hable del designio de conversión religiosa o de la idea de
Cruzada. Lo que le movía, según sus propias palabras, era el buscar
repartimientos para él y para sus soldados, el guerrear y conquistar contra los
araucanos, pura y simplemente para sojuzgarlos, para convertirlos en mano de
obra esclava y enriquecerse con su sudor. Tales eran los sentimientos que
animaban a aquellos hombres, y si, además de éstos abrigaban otros, no eran sino
los de odio y la venganza por los reveses sufridos... Estas y no otras eran las
verdaderas miras de la Conquista, los puntos medulares en las proclamas y las
alocuciones de los caudillos. La palabra "agricultura" apenas se pronunciaba:
los términos usuales eran "minas", "conquistar", "pacificar" y "poblar"...
"¡Oro! ¡Oro!", gritaron Grijalba y sus hombres, al pisar por primera vez el
suelo de la Nueva España... Como esclavos de la "afanosa codicia del oro",
dieron los españoles en América pruebas de su maravillosa tenacidad, de su celo
incansable, que les llevó a realizar hazañas casi increíbles. "No se contentan
con poco", escribía al Rey el obispo Marroquín. Eran bandoleros, pero bandoleros
tenaces y valientes... La idea de hacer algo que no fuese buscar oro, ni se les
pasaba por las mentes a muchos soldados, y este andar a todas horas corriendo y
ajetreados detrás de los metales precisos, las ricas piedras y las perlas no les
dejaba, naturalmente, tiempo ni para vagar o dedicarse a ninguna actividad
económicamente fructífera. Cuando Cortés puso el pie en la isla Española, al
desembarcar en suelo americano, se le ofreció, de parte del gobernador Ovando,
tierra para instalar una hacienda, contestó al secretario Medina: "Yo no vine
aquí para cultivar la tierra como un labriego, sino para buscar oro". Propósito
que más tarde había de llevar a cabo, por cierto, con una energía y una falta de
escrúpulos en cuanto al modo de emplearlos, con una energía y una meticulosidad,
con una abundancia y variedad de recursos y una falta de escrúpulos en cuanto al
modo de emplearlos, con una destreza en el acopio del botín y una falta de tacto
en su reparto, que no tienen punto de comparación. La joven América española,
que acusaba entonces todas las características de la fiebre y la búsqueda del
oro que trescientos cincuenta años más tarde mostraría al mundo asombrado la
California angloamericana, se asemejaba también a ésta por cuanto que los
españoles que se dedicaban a cultivar y criar medios de sustento para la
explotación de las minas y el tráfico del oro, el cazabí, el ñame, la batata y
los cerdos, llegaron a adquirir una situación acomodada y, a veces, incluso a
hacerse ricos, mientras muchos mineros no salían de la pobreza y, no pocas
veces, daban con sus huesos en la cárcel. Y es que aquel oro, extraído con el
sudor, la savia vital y la sangre de los indios, se esfumaba, al final de la
carrera, en pagar los carísimos víveres, con los que otros lucraban. Tal fue el
final de la mayoría de los buscadores de oro; de esta "enfermedad del corazón",
de la cual quería curarse Cortés con el remedio infalible de exigir a los indios
la entrega de su oro, perecieron casi todos. Oviedo no se cansa en hacer constar
una y otra vez que la codicia del oro fue la causa de todas las desgracias de
los españoles. Pocos eran los que regresaban a la patria, de cada cien tal vez
uno o cinco, cuanto más diez, y los que volvían tenían un color amarillo como el
del oro que habían estado buscando, pero sin brillo. Hasta qué punto la obsesión
del oro se convertía para muchos en una fatalidad, en el verdadero sentido de la
palabra, lo revela bien claramente el ejemplo trágico de la "Noche Triste", en
que Cortés, derrotado, huyó de la ciudad de México. Muchos de sus hombres,
agobiados bajo el peso del oro y de las joyas de que no se decidían a
desprenderse, cayeron bajo los golpes de los aztecas ñanzados en su persecución.
"por manera que los mató el oro y murieron ricos". Quienes, prefirieron salvar
la vida a salvar el oro, pudieron correr por haberse desembarazado de la
preciosa carga, escucharon en su huida, en medio de las sombras de la espantosa
noche, el sordo redoblar del gran tambor de los muertos, que retumbaba desde lo
alto del Cu en que fueron sacrificados al dios de la guerra cuarenta camaradas
de armas suyos, quienes, por buscar y arrastrar consigo el oro y las piedras
preciosas, habían perdido el contacto con la columna en retirada, cayendo en
manos del enemigo. Y como los españoles de aquel tiempo, sobre todo los
soldados, eran los mismos en todas partes, nada tiene de extraño que catástrofes
muy parecidas a ésta se hubieran producido también, y por motivos exactamente
iguales, en la guerra contra los moriscos. El obispo Las Casas, a quien la
indignación hacía ser, a veces un hombre pasional... podía estar mal informado y
exponer las cosas sin espíritu crítico, pero cuyos juicios son siempre
vigorosos, muy efectivos y atentos al meollo de los asuntos, distingue cuatro
períodos en la vida de un conquistador de América lanzado a la busca del oro y
la ganancia: "1) Matar y saquear, entrar a sangre y fuego, avasallar a los
indios y violar mujeres. e slo que llaman conquistar y pacificar. 2) La vida de
encomendero. 3) Los pocos que realmente llegan a adquirir oro por estos medios,
se vuelven con él a España. El resto, si es que no muere, permanece en la
pobreza y sin medios. 4) El infierno, para casi todos ellos»"» (G. Friederic:
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