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LA CIVILIZACIÓN DE LA GRECIA CLÁSICA
El país que
conocemos como Grecia (en griego, Elás, Eláda), se llama oficialmente
República Helénica (en griego, Elinikí Dimokratía). Otros términos son
heleno o griego (élin, élinas), griega (elinís), helénico (elinikós),
helenismo (elenismós), idioma griego (eliniká). Todas estas
palabras se originan en Héleno (Élenos), el hijo de los reyes troyanos Príamo y
Hécuba, y hermano gemelo de Casandra. Una tradición atestiguada en época tardía,
cuenta que Héleno pidió permiso a Príamo para salir de Troya e instalarse en
Grecia, a la que dará su nombre. Los romanos llamaban graecus a los
helenos, y Graecia a la Hélade.
Hace unos 2.500 años, Grecia estaba formada por muchas
ciudades que eran pequeños Estados en sí mismas. Cada una controlaba el
territorio que la rodeaba. La forma de vida dependía mayormente del lugar donde
se vivía. Una persona rica en la ciudad de Atenas, por ejemplo, llevaba una
existencia confortable, concurriendo a teatros y fiestas. Un hombre joven, en
Esparta, tenía que ser soldado y vivir en una humilde cabaña.
CRONOLOGÍA DE LA
GRECIA CLÁSICA
1150 a.C. Caída de Micenas. Cesan la construcción de
palacios y la metalurgia. Es el inicio de la llamada «edad oscura o edad media
griega»
1000 a.C. Los griegos colonizan las costas de Asia Menor.
800 a.C. Los poemas homéricos adquieren forma final. Se
conforma el alfabeto griego. Se inician los Juegos Olímpicos (776 a.C., año "0"
del calendario griego). Hombres de Corinto crean la colonia de Siracusa, en
Sicilia (734 a.C.).
700 a.C. Invento de la lucha en falange (falanx),
una formación cerrada de soldados de infantería, fuertemente acorazados,
conocidos como hoplitas —de soldado (oplítis), armamento (oplismós),
arma (óplon), armería (oplopolíon)—. El poder de esos soldados
acaba con muchos gobiernos aristocráticos (aristokratikós, de aristós,
elemento prefijal que entra en la formación de palabras con el significado de
"excelente", el "mejor", y kratos, "poder") y oligárquías (singular,
oligarjía, de olígo, elemento prefijal que entra en la formación de
palabras con el significado de "pocos", y arjís, autoridad, o sea "el
gobierno de unos pocos") en las ciudades griegas. Nuevos gobernantes, llamados
"tiranos", campeones de los hoplitas, gobiernan muchas ciudades entre los años
650 y 500 a.C.
621 a.C. Dracón de Atenas redacta un código, famoso por
su extrema sveridad.
600 a.C. Los griegos usan por primera vez la acuñación de
monedas, un invento (no griego) de los lidios, en Asia Menor.
Siglo VI a.C. (principios de los años 500). Se inicia la
colonización griega en España. Fundación de Empórion (Ampurias). Safo, una mujer
de Lesbos, escribe poesía exquisita que todavía podemos leer hoy. Se crea la
filosofía. Pitágoras explora las matemáticas. Se trazan los primeros mapas
griegos. Se plantean inteligentes especulaciones sobre astronomía y física que
emanan de la llamada escuela jónica de filosofía.
530.A.C. El griego masaliota ("marsellés") Eutímenes
navega por el Atlántico y la costa occidental de África donde encuentra a un río
infestado de cocodrilos.
Década del 490 a.C. Atenas contribuye al inútil intento
de los griegos de Asia Menor por librarse del gobierno persa. Atenienses y
jonios incendian Sardes (498). En venganza, la Persia Aqueménida saquea Mileto
(494) y ataca a Atenas. Es el comienzo de la Primera Guerra Médica. En Maratón
(a menos de 40 km de Atenas), el 13 de septiembre del año 490 a.C., los persas
de Darío I fueron derrotados completamente por los hoplitas atenienses al mando
del estratega Milcíades (540-489 a.C.) que, entonados por sus cantos de guerra
(peán) y el ritmo de las flautas, no esperaron los refuerzos espartanos para
entrar en batalla. Murieron 6.400 persas, mientras que los atenienses sólo
perdieron 192 hombres. Un mensajero especial, el veloz hoplita Filípedes, corrió
hasta Atenas con las noticias de la victoria para evitar la autodestrucción de
la ciudad —planeada en caso de derrota—. ¡Fue la primera maratón! Nacimiento de
Zenón de Elea y Empedócles de Agrigento .
480-479 a.C. Segunda Guerra Médica. La gran invasión de
Jerjes I al mando de unos ciento ochenta mil hombres y 800 naves es aplastada
por mar en Salamina y por tierra en Platea.
477-455 a.C. Tercera Guerra Médica. Comienza cuando
Atenas dirige una nueva alianza contra Persia y finaliza cuando una flota
ateniense intenta dominar Egipto, pero queda varada y es capturada cuando los
persas cortan el agua que le permite flotar en el delta del Nilo.
461 a.C. Pericles inicia su brillante carrera como
estratega y gobernante de Atenas la que durará más de treinta años.
460-446.a.C. Primera Guerra del Peloponeso, que termina
en empate, entre Esparta y Atenas, cada uno con sus aliados.
Mediados y finales de los años 400 a.C. Era de los
grandes dramaturgos atenienses. Atenas obliga o anima a muchos aliados a adoptar
la dimokratía.
449-448 a.C. La segunda Guerra del Peloponeso comenzó
cuando Esparta arrebató Delfos a Focea y la hizo independiente. Atenas
rápidamente la reconquistó para los focenses.
447 a.C. Se inicia la construcción del Partenón y poco
después la de los Propileos, o entrada monumental de mármol, todavía más
impresionante.
431-404 a.C. Esparta, al ver la debilidad militar de
Atenas, inicia nuevas hostilidades. Tucídides consideró la guerra del 431-421
(la guerra comenzada por el rey espartano Arquídamos II) y la del 414-404 (la
guerra decelia o guerra jónica) como si en realidad formaran una sola y a ésta
la llamó Gran Guerra del Peloponeso. La historia incompleta de Tucídides cubre
el período hasta 410. Luego del gran esfuerzo de Atenas contra Sicilia (415),
pierde su fuerza de invasión (413) y Esparta y sus aliados la obligan a
capitular (404).
401-400 a.C. Hegemonía espartana en Grecia. Darío II de
Persia fue sucedido en el 404 por su hijo mayor Artajerjes II. Ciro, uno de los
hijos menores, reclutó diez mil mercenarios (eparatoi) griegos en Asia
Menor y marchó contra sus hermanos. En la batalla de Cunaxa cayó muerto, y los
griegos, uno de cuyos jefe era el ateniense Jenofonte, con grandes dificultades
regresaron al Ponto Euxino (mar Negro) hacia el 400.
400-394 a.C. Escaramuzas entre griegos y persas que
concluye con un contundente ataque de Agesilao, rey de Esparta que asola el
territorio persa.
370-362 a.C. Guerra entre Tebas y Esparta que finalizan
con la batalla de Mantinea y la muerte del estratega tebano Epaminondas. Aunque
la victoria fue para Esparta, ésta queda muy debilitada.
359-336 a.C. Hegemonía de Macedonia.
351 a.C. Demóstenes, el mejor orador de Grecia, pronuncia
su Primera Filípica contra el imperialismo macedónico de Filipo II (382-338
a.C.).
336 a.C. Alejandro III hereda Macedonia y Grecia. Tiene
20 años y mide 1,50 m de estatura (unos centímetros menos que Bonaparte). «Sólo
es un muchacho», se burlaron sus enemigos griegos y persas.
334 a.C. Alejandro invade el Imperio persa y conquista
Asia Menor.
333-331 a.C. El rey persa Darío III es derrotado en Isos
y Arbela (Gaugamela) y alejandro se apodera del Imperio persa y funda decenas de
ciudades que llevarán su nombre, entre ellas la Alejandría de Egipto.
326 a.C. Alejandro conquista el Punjab en el noroeste de
la India y vence al rey Poro en la batalla del río Hidaspes (mayo).
323. A.C. Alejandro muere en Babilonia, poco tiempo
después de regresar de la India. Sus generales se dividen el imperio. Seleuco y
sus descendientes consiguieron Asia; Ptolomeo y su familia Egipto y la
esplendorosa Alejandría. Helenización del Oriente.
230 a.C. Eratóstenes calcula la circunferencia terrestre,
hace un mapa del mundo y perfecciona el calendario. Muere Aristarco de Samos.
134 a.C. El astrónomo Hiparco de Nicea (190-120) elabora
un detallado mapa estelar y un catálogo de ochocientos cincuenta estrellas.
Décadas 40-30 a.C. Cleopatra VII, última descendiente de
los Ptolomeos, pierde su reino a manos de Roma.
LA DEMOCRACIA
ATENIENSE
Atenas era famosa por su sistema de gobierno, llamado
democracia (gr. dimos "pueblo", kratos "poder"), sistema político
equivalente a la república (latín, res publica, "cosa pública") de los
romanos, en el que el pueblo ejerce la soberanía. Todo ciudadano podía votar
sobre cómo la ciudad podía ser gobernada. Ni las mujeres ni los esclavos eran
ciudadanos, por lo que no tenían derecho a votar. Hoy, las naciones se llaman
democracias cuando todos pueden votar para elegir a sus líderes políticos. A
pesar de todo, Atenas llegó a tener el régimen más libre de su época.
Los
tiranos
Las tiranías
griegas no se pueden comparar con las contemporáneas suscitadas en Asia, África
o América Latina. Por el contrario, la era de los tiranos griegos
(650-500) destaca por los avances logrados en la civilización helénica. El
título de tirano (tírannos, tirannikós) implicaba el acceso ilegal al
poder, no el abuso del mismo. En general, tiranos como Periandro de Corinto
(reinó entre 627-586), que fue uno de los Siete Sabios de Grecia, Gelón de
Siracusa y Polícrates de Samos (reinó entre 535-522) fueron gobernantes sabios y
populares.
La Atenas de
Pericles
Pericles
(495-429 a.C.), político ateniense y paradigma demócratico, tuvo una importancia
tan grande en la historia de Atenas que con frecuencia se denomina el siglo de
Pericles al período de su mandato.
Su padre, Jantipo, fue comandante del Ejército y venció a los
persas en Micala en el 479 a.C. Los dos profesores de Pericles, el sofista y
maestro de música ateniense Damón y el filósofo jonio Anaxágoras, influyeron de
forma destacada en su formación.
Durante toda su vida estuvo patente su dignidad y reserva,
pero obtuvo el reconocimiento de la mayoría de los atenienses a través de su
elocuencia, sagacidad, honradez y patriotismo. Entre sus amigos se encontraban
el dramaturgo Sófocles, el historiador Heródoto, el escultor Fidias y el sofista
Protágoras; su amante fue Aspasía de Mileto, una mujer famosa por su cultura.
Desde su cargo de estratega, magistratura para la que fue
reiteradamente elegido como jefe de los demócratas, Pericles intentó que todos
los ciudadanos atenienses participaran en el gobierno. Introdujo el pago a
cambio de los servicios al Estado y que se eligiera a los miembros del consejo
por sorteo entre todos los ciudadanos atenienses. También contribuyó a
consolidar y extender la hegemonía ateniense. Bajo la Liga de Delos, formada
como defensa contra las agresiones de Persia, los atenienses fueron los líderes
de la gran fuerza naval que se creó, incluyendo bien como aliados o como
súbditos a casi todas las islas importantes del mar Egeo y muchas ciudades del
norte.
Cuando el líder aristocrático Cimón, quien prefirió la
amistad de Esparta, fue condenado al ostracismo en el 461 a.C., Pericles se
convirtió en líder indiscutible de Atenas durante quince años. Levantó a ésta a
expensas de las ciudades-estado súbditas.
Con la gran riqueza que entró en la tesorería, Pericles
restauró los templos destruidos por los persas y construyó muchos edificios
nuevos, el más espléndido de los cuales fue el Partenón, en la Acrópolis. Este
edificio proporcionó trabajo a los ciudadanos más pobres e hizo de Atenas la
ciudad más magnífica de su época.
Bajo el mando de Pericles, Atenas se convirtió en un centro
importante para la literatura y el arte. Su supremacía despertó los celos de
otras ciudades-estado griegas, en particular de Esparta, gran enemiga de Atenas.
Las ciudades temían el proyecto hegemónico de Pericles y trataron de derribar la
dominación ateniense. Después de estallar la gran guerra del Peloponeso en el
431 a.C., Pericles reunió a los residentes del Ática en Atenas y permitió que el
Ejército peloponesio asolara las distintas zonas del país.
El año siguiente estalló la peste en la superpoblada ciudad,
lo que acabó con la confianza popular. Pericles fue destituido de su cargo,
juzgado y multado por malversación de fondos públicos, pero fue reelegido
estratega en el 429 a.C. Poco después murió a causa de la propia peste.
LOS RIGORES DE LA
SOCIEDAD ESPARTANA
Esparta, también Lacedemonia, la ciudad griega más
importante del Peloponeso durante la Antigüedad, estaba situada en la orilla
derecha del río Eurotas, a 32,5 km del mar, en las laderas del monte Taigeto. La
antigua ciudad, incluso en sus días más prósperos, sólo era un grupo de cinco
pueblos con casas simples y algunos edificios públicos. Los pasos que conducían
al valle del Eurotas se defendían con facilidad y Esparta no tuvo murallas hasta
finales del siglo IV a.C. Por eso, los espartanos se ufanaban diciendo que las
únicas murallas que tenía Esparta eran los escudos de sus guerreros.
Los espartanos despreciaban las comodidades, las comidas
elaboradas y sabrosas, las prendas de vestir suaves, las palabras inútiles y las
nuevas ideas llegadas de Jonia y el Ática, no cultivando ningún arte. En
Occidente, Roma, primero, y Prusia, mucho más tarde, heredaron esa tradición que
habla de la "vida espartana", sinónimo de vida rigurosa y disciplinada, y del
orador lacónico (lakonikós)", aquel que es breve, conciso, que expresa el
pensamiento con pocas palabras. Laconia y Lacedemonia, lacónico y lacedemón son
sinónimos de la misma región sureña del Peloponeso.
Los habitantes de Esparta estaban divididos en ilotas
(esclavos), quienes realizaban todos los trabajos agrícolas; periecos,
una clase sometida de hombres libres pero sin derechos políticos, que
principalmente eran comerciantes; y los ciudadanos espartanos (homoioi o
iguales), la clase gobernante política y militar, descendientes de los dorios
que invadieron la zona en el 1100 a.C.
A los niños espartanos se los criaba severamente para que
fueran los soldados más fuertes y valientes de Grecia. También a las niñas se
las entrenaba para que fueran resistentes y tuvieran hijos guerreros. Los
espartanos estaban concientizados de que el ejército era el instrumento
principal de su supervivencia tanto para enfrentar al peligro externo
(invasiones de Atenas, Tebas o Persia) como al interno (rebeliones de ilotas o
periecos) y, en consecuencia, no había nada más importante que la vida militar.
El riguroso entrenamiento de un espartano comenzaba antes del
nacimiento, pues las madres en gestación debían realizar duros ejercicios para
conseguir que sus hijos fueran robustos y bien formados. A los niños que nacían
con defectos físicos se los mataba inmediatamente arrojándolos desde las laderas
del Taigeto. Se fomentaban las peleas entre niños desde la más temprana
infancia, siempre que no fuera por odio sino como una forma de deporte o
entretenimiento. La pelea debía interrumpirse cuando así lo ordenaba un
ciudadano. Si un chico se quejaba de que otro le había pegado, su padre le daba
una paliza.
Los niños eran enviados a los siete años a una escuela de
entrenamiento del ejército y no volverían más a sus casas durante décadas. En
esa reclusión aprendían a leer y a escribir, pero manejar las armas era lo más
importante. También recibían lecciones de danza para mantenerse ágiles y
fuertes. Los niños reclutas no recibían suficiente comida y salían a robarla de
las granjas cercanas. Si eran descubiertos, eran castigados por sus preceptores,
no por robar sino por dejarse atrapar. Esto también formaba parte del
entrenamiento de los cadetes, para que de soldados supieran soportar el hambre y
buscarse provisiones.
Descalzos, cubiertos con una fina túnica, tanto en verano
como en invierno, aprendían a dominar el sufrimiento, el hambre, el intenso frío
y el intenso calor. Las marchas de instrucción y las maniobras bélicas eran
agotadoras y sólo un individuo forjado en los rigores desde la niñez era capaz
de salir con vida de ellas.
Entraban en las filas del ejército a los veinte. Aunque
podían casarse, estaban obligados a vivir en los cuarteles hasta los treinta
años; desde los veinte años hasta los sesenta, todos los espartanos tenían que
servir como hoplitas (soldados de a pie) y comer en la fiditia (comedor
público).
Los hoplitas lacedemonios llevaban yelmo (cubría la cara
exceptos los ojos y una angosta franja central por debajo de la nariz para
respirar), grebas y escudo de bronce y coraza de lienzo, e iban armados con la
larga lanza de carga, una espada corta, un manto escarlata —símbolo del
militarismo espartano—, y descalzos (sus pies curtidos en miles de marchas a la
intemperie en verano e invierno desde los siete años eran más resistentes que el
calzado más sólido).
Valor y
cobardía
Los espartanos consideraban el valor como la mayor de las
virtudes y la cobardía como el peor de los vicios. Este principio se inculcaba a
los niños desde su más tierna edad. La madre espartana, concientizada de este
deber sagrado, acostumbraba a despedir a su hijo que iba hacia la batalla con
esta frase: «Con esto (el escudo) o sobre esto». Si un hoplita se veía obligado
a huir del combate, lo primero que abandonaba era su pesado escudo redondo de
origen dorio.; en cambio, cuando se retiraba a los muertos del campo de batalla,
se los transportaba de vuelta a Esparta sobre su propio escudo.
Organización militar
Según Jenofonte, los hoplitas espartanos estaban organizados
en companías. Cada companía (enomotía) estaba mandada por un enomotarca (enomotárjis).
Las companías se juntaban para formar grupos de cincuenta (pendikostíes),
cada uno con su propio jefe (pendekonter). Dos grupos de cincuenta
formaban un lójos, la unidad táctica más pequeña del ejército. El lójos
estaba mandado por un lojagós (en el ejército griego moderno este grado
es equivalente al de capitán). El ejército espartano se componía de seis
divisiones. Cada división (mora) estaba mandada por un polemarca (polemárjis)
y constataba de cuatro lóji.
La población espartana, debido a su constante dedicación al
ejército, iba en continuo descenso. Entre el siglo VII y el principio del V, los
efectivos militares descendieron de 9.000 a 8.000 hombres, y cien años después
eran sólo de 3.600. A los veteranos se los movilizaba únicamente en caso de
emergencia, y sólo se ocupaban de guardar el bagaje. Los ilotas y los periecos
no podían ser parte del ejército y además se les prohibía terminantemente portar
armas. El poder supremo en Esparta estaba en manos de dos reyes hereditarios,
que guiaban al ejército en la batalla. Inicialmente, ambos reyes tomaban parte
en las campañas, pero poco antes de las guerras médicas la participacion se
restringió a uno solo. Cada rey tenía una guardia personal de cien soldados (un
lójos). La base de la grandeza espartana se atribuyó a la legislación de
Licurgo.
LAS GUERRAS
MÉDICAS Y LA ANÁBASIS
Herodoto de Halicarnaso, escribió sus nueve libros que son
una especie de historia universal, centrada en la civilización de Persia y
constituyen la principal fuente para el estudio de las guerras médicas y de los
pueblos involucrados en ellas. Esta obra parece escrita más por un etnógrafo que
por un historiador. Sin embargo, gracias al llamado «padre de la historia»
conocemos aspectos elementales de la cultura del antiguo Irán, ya que los anales
aqueménidas son escasos e irrelevantes.
Las tres guerras entre los persas —llamados midoi, medos en
griego— produjo una abundante y riquísima literatura que se prolongó hasta el
siglo XX.
El intercambio entre griegos y persas durante los siglos V y
IV a.C. fue muy fluído. Arquitectos, eruditos y médicos de todas las ciudades de
la Hélade estuvieron al servicio de la corte aqueménida, y la participación de
soldados griegos en el ejército persa no fue menos importante. Recordemos a
Demarato, rey de Esparta (510-491 a.C.) que acompañó a Jerjes en calidad de
asesor militar durante la segunda guerra médica (481-480). En esa misma campaña,
la reina Artemisia de Halicarnaso y Kos se unió a los persas con su flota y
combatió tan valerosamente en la batalla naval de Salamina que Jerjes se vio
obligado a reconocer que aquel día «los hombres habían luchado como mujeres y
las mujeres como hombres». En su honor y memoria, varios navíos de la marina
iraní han ostentado el nombre de «Artemiz» hasta nuestros días.
A través de dos obras fundamentales del historiador y
filósofo Xenofón o Jenofonte (430-355) podemos evaluar el patrimonio común de
griegos y persas. En su «Anábasis» (en griego: el remontar, en sentido de
expedición) narra su experiencia personal junto a trece mil mercenarios griegos
que se unieron al ejército persa de Ciro el Joven en su lucha por el trono
contra su hermano mayor Artajerjes, la batalla de Cunaxa, y su conversión de
simple soldado a experimentado estratega logrando la milagrosa retirada ("de los
diez mil") que trajo de vuelta a casa a unos siete mil supervivientes. En su «Ciropedia»
Jenofonte alaba las virtudes y méritos de Ciro el Grande y las características
de la civilización persa brindando noticias bastantes precisas de un mundo poco
conocido aún hoy día.
HEROÍSMO EN LAS
TERMÓPILAS
En el año 480 a.C. los campos de Grecia retemblaron al paso
del ejército invasor más formidable hasta entonces visto. Jerjes, monarca
absoluto de dominios que se extendían 5.000 km desde Europa hasta la India,
avanzaba a la conquista de la pequeña Grecia con todo el poderío militar de su
gigantesco imperio. Pero en una hazaña que todavía parece increíble, los griegos
infligieron una total derrota a los invasores, dando a la posteridad una razón
para creer que hordas autómatas lanzadas por la voluntad de un solo hombre no
siempre han de vencer a un pueblo de hombres que luchan por defender su vida, su
hogar y sus leyes.
Jerjes era el segundo déspota persa que invadía Grecia. Diez
años antes, en 490 a.C., Darío, padre de Jerjes, había enviado una expedición
para castigar a Atenas por su participación en la fracasada sublevación de las
ciudades griegas de Jonia, poco tiempo antes avasalladas por el Imperio persa.
Los atenienses conjuraron la amenaza en la batalla de Maratón, empujando al
Ejército de Darío hacia el mar. Ahora, Jerjes se disponía a vengar la afrenta al
orgullo de su desaparecido padre. Para realizar la invasión con una fuerza
poderosa Jerjes echó mano de todos los recursos de su reino. «Durante cuatro
años —dice Heródoto— se reclutaron tropas y se prepararon provisiones y
equipos». Instaló depósitos de abastecimientos a lo largo de la ruta que
proyectaba seguir. Miles de súbditos trabajaron bajo el látigo abriendo un canal
en el istmo de Athos. Envió delegados a todas las ciudades griegas, menos Atenas
y Esparta, para exigir las habituales pruebas de sometimiento: tierra y agua.
Jerjes reunió unos 180.000 hombres y 800 trirremes. Cuando
todo estuvo listo Jerjes condujo sus legiones desde Asia a Europa a través de
dos puentes flotantes tendidos sobre el Helesponto. Los puentes tendidos medían
más de 1.500 metros. Uno fue construido por los egipcios y el otro por los
fenicios. Apenas terminados, una violenta tempestad los deshizo. Jerjes se
irritó sobremanera y ordenó que el estrecho del Helesponto recibiera 300 azotes
y que se arrojaran en él dos grilletes. Ordenó también que los responsables de
la construcción fueran decapitados. La insensata orden fue cumplida, y otros
ingenieros se encargaron d elas obras. Esta vez unieron las barcazas con cuerdas
dobles, y los puentes se mantuvieron firmes. Entonces, Jerjes tomó una copa de
oro, vertió vino en el mar y, vuelto el rostro hacia el sol naciente, oró para
que nada impidiera cosnumar la conquista de Europa. Arrojó luego la copa a las
aguas y el Ejército comenzó a cruzar el estrecho.
Desde un trono de mármol, en lo alto de la colina, observó
Jerjes la marcha del Ejército. El cruce requirió siete días con sus noches. El
Elército de Jerjes ofrecía un espectáculo impresionante al bajar por las
montañas de Asia para ganar la costa, cruzar el puente de barcas y penetrar en
Europa. Toda la humanidad parecía haberse unido para destruir Grecia. Iban
juntos medos y persas tocados con blandos sombreros redondos; escitas del
Caspio, la cabeza cubierta con puntiagudos sombreros de cuero y blandiendo
hachas; árabes en sus camellos; guerreros de Tracia con gorros d epiel de zorro;
indios armados con arcos de caña y flechas; etíopes de tez oscura cubiertos con
pieles de leopardo. Pero entre todos esos guerreros, los persas eran los mejores
y los mejor equipados. Relumbrantes con sus adornos de oro, traían consigo a sus
mujeres y sus servidores en carruajes provistos de todo lo necesario para el
viaje, y los acompañaban camellos y mulas con alimentos especiales.
Ya en la orilla opuesta, el monarca persa ordenó un desfile
general de sus tropas, y tal fue su emoción que llamando a Demaratos, renegado
espartano adscripto a su séquito, le dijo: Dime, ¿se atreverán los griegos a
levantar la mano contra mí? Demaratos le contestó: Señor, bajo ninguna
circunstancia aceptarán los espartanos condiciones que signifiquen su
esclavitud; combatirán contra vuestro Ejército aunque el resto del país se
someta. Son libres, sí, pero no enteramente: tienen un señor, y ese señor es la
ley, a la que temen mucho más de lo que os temen vuestros súbditos. Sin
inquietarse por estas serias advertencias, Jerjes inició su larga marcha a
través de Grecia. Avanzando a la par, la Armada navegaba cerca de la costa y el
Ejército seguía por la ribera. Sin hallar resistencia atravesaron Tracia, que ya
era parte de los dominios de Jerjes, y cruzaron Macedonia y Tesalia.
El Oráculo de Delfos, centro principal de la predicción del
futuro, aconsejó a los atenienses que depositaran su confianza en la "muralla de
madera". Algunos lo interpretaron como una ausión a la Acrópolis, que había
estado rodeada de un cerco de troncos espinosos, pero otros, incluido el nuevo
líder ateniense Temístocles, convencidos de que la muralla de madera aludía a
las naves, decidieron alistar la flota.
En el istmo de Corinto, la lengua de tierra que une a la
península del Peloponeso con el resto de Grecia, los representantes de 31
ciudades-estados, entre ellas Atenas y Esparta, formaron una alianza.
Convinieron presentar batalla en el desfiladero de las Termópilas, donde las
montañas caen a plomo hacia el mar, y en enviar una flota a Artemisium, junto a
la isla de Eubea, para interceptar a la Armada persa. El comando de la alianza
fue confiado a los espartanos, pero en lo íntimo de su corazón éstos solo
pensaban en salvar el Peloponeso. Sólo como un gesto enviaron a uno de sus
reyes, Leónidas I, con 1.400 hombres, de los cuales sólo 300 eran espartanos.
Antes de salir de Esparta, los trescientos lacedemonios
celebraron sus propios funerales con juegos solemnes. Al despedirse de Leónidas,
le preguntó su mujer: ¿Qué encargo me dejas? —Te dejo, respondió,
el de casarte con un valiente digno de mí, y que te haga madre de hijos que
mueran por la patria.
Asombrado que algunos griegos se preparaban para resistir en
las Termópilas, Jerjes envió a un espía persa para que vigilara al enemigo. Las
tropas que éste vio resultaron ser los espartanos, algunos de los cuales hacían
ejercicios y otros se peinaban, según lo hacían siempre los espartanos antes de
enfrentar la muerte.
Las novedades confundieron a Jerjes, que no podía comprender
que una fuerza tan pequeña pudiera oponerse a su Ejército. Envió el rey de reyes
un mensajero a los espartanos con esta frase : Entreguen las armas.
Leónidas respondió: Ven a tomarlas. Jerjes aguardó cuatro días a la
espera de que los griegos cambiasen de actitud y huyeran; finalmente el quinto
día hizo avanzar a sus tropas con la orden de capturar vivos a los griegos y
traerlos a su presencia.
Los centinelas anunciaron entonces a Leónidas: Ya tenemos
a los persas encima. —Antes bien, repuso el rey espartano, los
tenemos debajo. Los espartanos, tespios y otros aliados repelieron todos los
asaltos, incluso el de los "diez mil inmortales", el cuerpo de élite de Jerjes
considerado "invencible", e hicieron ver claramente al orgulloso monarca persa,
que tenía en su Ejército muchos hombres pero pocos soldados. Una y otra vez
durante dos largos días los batallones de Jerjes atacaron a los defensores del
paso sin lograr romper sus líneas.
Al séptimo día un traidor griego, Efialtes, explicó a Jerjes
cómo sorprender a los espartanos por la retaguardia. Supo entonces el déspota
persa de un sendero secreto que atravesaba la montaña, y en horas de la noche
envió a guerreros escogidos para que atacaran a los espartanos por la
retaguardia.
Por orden de Leónidas la mayoría de las tropas confederadas
se dispersaron, y sólo quedaron 700 tespios para apoyar a sus 300 espartanos en
la resistencia final. La ley decía a los espartanos: Morid primero que
abandonar el puesto de batalla. Como era su costumbre, éstos se prepararon
para la muerte en absoluta calma y tuvieron su última comida cerca del amanecer:
Entonces Leónidas les dijo: Esta noche estaremos cenando con Hades.
La refriega comenzó con una lluvia de dardos y flechas
provenientes de los arqueros persas. Un hoplita exclamó en ese momento de
desolación: Los persas lanzan tantas flechas que obscurecerán al sol.
Leónidas contestó lacónicamente: Mejor, así combatiremos a la sombra.
El Ejército persa se adelantó para atacar, sabiendo que los
griegos no tenían escapatoria. Los comandantes persas descargaban los látigos,
azuzando a sus hombres sin misericordia. Muchos cayeron al amr y se ahogaron;
muchos más fueron arrollados y muertos a pisotones por sus compañeros. Nadie
pudo contar el número de muertos.
Los griegos lucharon con temeraria desesperación. Con casi
todas sus lanzas quebradas, mataban a los persas con la espada. Léonidas cayó
tras luchar como un héroe. Sucedió una enconada pugna por la posesión de su
cadáver; cuatro veces rechazaron los griegos al enemigo y finalmente, gracias a
su arrojo lograron rescatarlo. Y así continuó el combate hasta que llegaron
tropas persas de refresco.
Los griegos se retiraron hasta la parte más estrecha del
desfiladero, donde formaron un único y compacto grupo de combatientes. Allí
resistieron hasta el último hombre, con la espada si aún la tenían, y si no con
manos y dientes, hasta que finalmente, los persas los aplastaron.
Los muertos fueron enterrados donde habían caído, y más tarde
los griegos colocaron sobre la tumba un epitafio que decía así: «Extranjero, ve
a decir a Esparta que aquí yacemos por obedecer sus leyes».
EL GRAN
ALEJANDRO, SÍMBOLO DE LA SIMBIOSIS
ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE
A pesar de haberse escrito miles de libros y biografías en
occidente sobre el estratega macedonio Alejandro el Grande o Magno (356-323),
llamado en griego O Megas
Alexandrou «O Mégas Aléxandros»
(El Gran Alejandro), en casi ninguno podemos encontrar que los musulmanes
reconocen en él a un profeta de Allah (Dios).
Efectivamente, numerosos y prestigiosos sabios islámicos
persas como el médico y filósofo Avicena (980-1037), los teólogos al-Zamjshari
(1074-1144) y Fajruddín ar-Razi (1150-1210), el médico y filósofo andalusí Ibn
al-Jatib (1313-1375) y el historiador tunecino Ibn Jaldún (1332-1406) señalan en
sus tratados que el pasaje contenido en el Sagrado Corán, capítulo 18 «La
caverna», versículos 83 y 98, protagonizado por Dulqarnain (El Bicorne), se
refiere a Alejandro el Macedonio.
El islamólogo español Emilio García Gómez (1905-1995) da once
explicaciones por las cuales los musulmanes tienden a dar el epíteto de
Dulqarnain (Bicorne) a Alejandro, entre ellas: «1) Porque llegó al Oriente y al
Occidente»... «5) Porque al predicar el monoteísmo le hirieron en un lado de la
cabeza y luego en otro, dejándole dos cicatrices», etc. Dulqarnain significa «el
poseedor de dos cuernos», o sea de dos extremos, o de dos imperios que, según
muchos historiadores e investigadores musulmanes y occidentales, son el de los
persas y el de los griegos unidos por Alejandro. Estos mismos especialistas
aluden a la construcción por Alejandro, con la ayuda de Dios, de una muralla
férrea destinada a impedir el paso de Gog y Magog, esas personificaciones
apocalípticas de las fuerzas del mal citadas tanto en el Corán (18-94 y 21-96)
como en la Biblia (Génesis, 10-2; Ezequiel 38 y 39; Apocalipsis 20-8). Por otra
parte, es muy conocida la tradición sobre Alejandro contenida en la Biblia
(Daniel, 8 al 11) que ha sido objeto de extensos comentarios de los exégetas
judíos y cristianos. Igualmente, la tradición acerca de Alejandro dentro de la
literatura judía antigua y medieval es copiosa, y ella ha sido preservada merced
a escritores como Yacob de Serugh (m. 521 d.C.) y al poeta y filósofo Ibn
Gabirol (1022-1070).
Los musulmanes llaman a Alejandro en árabe y persa Iskandar.
Ese nombre denomina ciudades musulmanas, como la Alejandría de Egipto (Al-Iskandariya),
la antigua Alejandreta de Siria —hoy Iskenderum, Turquía— o la Alejandría de
Aracosia —hoy Kandahar, Afganistán—, que son algunas de las setenta metrópolis
construidas desde el Nilo al Indo por el rubio y joven general durante su marcha
hacia el Oriente de veintisiete mil kilómetros, a través de la cual conquistó un
territorio de diez millones de km2 en apenas dos lustros, una hazaña jamás
repetida en la historia.
También muchos historiadores y analistas suelen equivocarse
al presentar los logros de Alejandro como meras conquistas por el poder y la
ambición.
Mal podía el alumno de Aristóteles y mensajero del monoteísmo
judío, cristiano y musulmán perseguir tales fines, insignificantes y ruines.
Desde los primeros momentos y pese a confrontar bélicamente en encuentros
memorables (Gránico, Issos, Arbela) simpatiza con los persas que le acogen cual
un segundo Ciro. En Jerusalén, Menfis, Damasco, Babilonia, en Susa, en Ecbatana
(Hamadán) embriágase de grandeza mística y de esplendor oriental. Allí germina
en su pensamiento las intenciones más nobles: quiere unir —hasta con los lazos
de la sangre— las naciones y las razas, fundir dos mundos en uno solo. Su deseo
de establecer una República Universal fusionando los modelos griegos y persas no
tiene parangón en la historia de la humanidad. Sin duda, fue el mayor esfuerzo
para establecer la concordia y la paz, procurando multiplicar las comunicaciones
y el diálogo entre los pueblos para asegurar su bienestar y erradicar la
violencia y los malentendimientos. Fue un intento de globalización pero a la
inversa de la que hoy conocemos, en la que el aparente vencedor adoptaba las
tradiciones de los vencidos, lejos de rechazarlas o demonizarlas. Adelantándose
a las doctrinas de la justicia social generalizada, Alejandro proclamó que nada
grande puede hacerse en la tierra si no existen entre los hombres la igualdad y
la fraternidad, y tan inquietante cuanto novedosa y alentadora idea echó raíces
firmes en el corazón de los humildes.
En un célebre banquete multitudinario ofrecido en Opis
(antigua ciudad asiria sobre la ribera occidental del Tigris, al norte de la
actual Bagdad) en el verano de 324, «con los macedonios sentados alrededor
suyo y próximos a éstos los persas, después de los cuales seguían hombres de
otras naciones», Alejandro pronunció estas palabras registradas por el
historiador Flavio Arriano (105-180): «Ahora que las guerras tocaron a su
fin, os deseo que seáis felices en la paz. Que en adelante todos los mortales
vivan como un solo pueblo, unidos en procura de la felicidad general. Considerad
al mundo entero como vuestra patria, regida por leyes comunes, donde han de
gobernar los excelentes sin distingo de razas. No separo a los hombres, según
hacen los estrechos de mente, en helenos y bárbaros. No me importa el origen de
los ciudadanos ni la raza en que nacieron, sino los distribuyo con el único
criterio de sus merecimientos. Para mí cada buen extranjero es un heleno y cada
mal heleno es peor que un bárbaro. Cuando entre vosotros surjan las
desavenencias, no recurráis jamás a las armas, mas resolvedlas pacíficamente y,
cada vez que sea necesario, yo os serviré de árbitro. A Dios no debéis
concebirlo como un gobernante autoritario, sino como el Padre común de todos,
para que así vuestro comportamiento se asemeje a la convivencia de hermanos en
el seno de una familia. Por mi parte, os tengo a todos por iguales, a blancos y
morenos, y me gustaría que no fuerais meros súbditos de mi estado comunitario,
sino más bien miembros participantes de él. En todo cuanto de mí dependa
procuraré que se cumplan estas cosas que os prometo, y el juramento que esta
noche hicimos, conservadlo cual símbolo de amor».
Es muy evidente que para Alejandro no tenía ningún sentido la
clásica discriminación entre griegos y bárbaros. En efecto, «él, primero entre
todos los hombres, trascendió el estado nacional, y trascender los estados
significó trascender los cultos nacionales», tanto politeístas como monoteístas,
y con el hecho de amalgamar las religiones de Grecia, Egipto, Israel, Persia y
las de otros pueblos de Asia, preparó la sensibilidad de la gente para la
recepción de la divinidad única y común que había de ser proclamada por Jesús el
Cristo que dijo: «Amad a vuestros enemigos, haced bien
y prestad sin esperanza de remuneración, y será vuestra recompensa, y seréis
hijos del Altísimo, porque El es bondadoso para con los ingratos y los malos.
Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6, 27-38);
y por Muhammad que ratificó el mensaje de todos los profetas de Dios y que
oportunamente aconsejó a los árabes de su tiempo:
«Todos los hombres son iguales, como los dientes de un peine; no hay
superioridad del blanco sobre el negro ni del árabe sobre el no árabe... y el
mejor es el más piadoso».
Estas ideas humanitarias de Alejandro y su proyecto de fusión
étnica entre griegos y persas tuvieron su apogeo con los esponsales que se
celebraron en la milenaria ciudad de Susa (Shush). Allí se unieron Alejandro y
sus amigos más íntimos con mujeres nobles persas, Alejandro desposó a Estatira,
hija del último gran rey aqueménida Darío Codomano; Hefestión con su hermana,
otros ochenta macedonios distinguidos se unieron con hijas de sangre persa e
irania, y no menos de diez mil macedonios recibieron entonces regalos de boda de
manos de Alejandro. También éstos tenían ya mujeres persas o se casaron con
ellas en ocasión del matrimonio en masa. A partir de entonces, se puede decir
que la historia de Alejandro es una historia persa cuya continuación normal es
el período helenístico.
LA SABIDURÍA DE
LOS GRIEGOS ANTIGUOS
La palabra filosofía es un término griego que significa
amante (fílos) de la sabiduría (sofía). La invención y el sentido
de su término se atribuyen a Pitágoras, el cual, interrogado por el rey Leontas
si é era un sabio, contestó: «Yo no soy un sabio (sofos), sino un amante
de la sabiduría (filósofo)». Con ello quería expresar, modestamente, que
no poseía la ciencia, pero que trabajaba para adquirirla, insistiendo más en lo
que no sabía que en lo que sabía.
Existe en Occidente un prejuicio cultural, hondamente
arraigado desde el Renacimiento, conocido como el excepcionalismo griego: el
«milagro griego». El prejuicio cultural del excepcionalismo griego presenta a la
cultura helénica como si hubiese surgido de la nada.
Se llama, por ejemplo, filósofos griegos, antes de Sócrates o
presocráticos a una pléyade de pensadores geniales: Tales (625-546 a.C.),
Anaximandro (611-547a.C.), Anaximenes (c. 570-500 a.C.), Parménides (vivió sobre
el 500 a.C.), Heráclito (540-475 a.C.), Anaxágoras (500-428 a.C.), todos ellos
de lengua griega, pero que han nacido y trabajan en una satrapía del Imperio
Aqueménida de Persia, en Anatolia (en griego: la tierra de "Oriente"), en
Mileto, en Éfeso, y cuyo pensamiento se nutre de toda la cultura que irradia en
torno del Creciente Fértil, y, por añadidura, de la India.
Precisamente, la escuela jónica es considerada la cuna de la
filosofía occidental. De este modo se le atribuye a Grecia algo que no deriva en
absoluto del pasado griego, sino que constituye, por el contrario, la evidencia
de su origen asiático, oriental.
Cuando surgió esa escuela, el mundo egeo y la península
griega se relacionan sin discontinuidad ni étnica ni cultural: por un lado, con
la planicie Anatolia, a través de del collar de perlas de las Cícladas y las
espóradas, y, por el otro, a través de Rodas, Cilicia y la costa norte de Siria,
con la Mesopotamia y el Irán.
Las afinidades entre los pueblos a ambos lados del Egeo eran
múltiples y cuando uno se refiere a ellos no se puede hablar de Oriente y
Occidente, ya que ese es un concepto moderno que involucra intereses más
políticos que culturales.
La
revolución filosófica de los griegos
El profesor
Jean-Pierre Vernant, catedrático de la Sorbona, nos señala en apretada síntesis
los rasgos más importantes de esa revolución intelectual y política que produjo
el pensamiento filosófico de los griegos: el abandono de la monarquía y la
aceptación de la democracia producida por la pólis.
«Cuando en el siglo XII antes de nuestra era el poderío
micénico se quiebra bajo el avance de las tribus dóricas que irrumpen en la
Grecia continental, no es una simple dinastía la que sucumbe en el incendio que
devora sucesivamente a Pilos y a Micenas, sino que es un tipo de monarquía lo
que se destruye para siempre; es toda una forma de vida social, que tenía como
centro al palacio, lo que queda definitivamente abolido; es un personaje, el Rey
divino, lo que desaparece del horizonte griego. El hundimiento del sistema
micénico desborda ampliamente, en sus consecuencias, el dominio de la historia
política y social. Repercute sobre el hombre griego mismo; modifica su universo
espiritual, transforma algunas de sus actitudes psicológicas. La desaparición
del Rey (Basiléus) pudo desde entonces preparar, al término del largo y
sombrío período de aislamiento y retraccion que se denomina la Edad Media
griega, una doble y solidaria innovación; la institución de la Ciudad (Pólis)
y el nacimiento de un pensamiento racional. De hecho, cuando hacia el fin de la
época geométrica (900-750) los griegos reanudan en Europa y en Jonia las
relaciones interrumpidas con Oriente; cuando redescubren, a través de las
civilizaciones que habían persistido inalteradas, ciertos aspectos de su propia
vida pasada en la Edad del Bronce, no se limitan, como lo hicieran los micenios,
al recurso de la imitación y la asimilación. En plena renovación orientalizante,
el helenismo se afirma como tal frente al Asia, cual si al reanudar su contacto
con Oriente adquiriera más conciencia de sí. Grecia se reconoce en una cierta
forma de vida social y en un tipo de reflexión que definen a sus propios ojos su
originalidad, su superioridad sobre el mundo bárbaro: en lugar de que el rey
ejerza su omnipotencia sin control ni límites en el secreto de su palacio, la
vida política griega quiere ser objeto de un debate público, a plena luz del
día, en el ágora, por parte de unos ciudadanos a quienes se define como iguales
y de los cuales el Estado es ocupación común; en lugar de las antiguas
cosmogonías asociadas a rituales reales y a mitos de soberanía, un nuevo
pensamiento trata de fundar el orden del mundo sobre relaciones de simetría, de
equilibrio, de igualdad entre los distintos elementos que integran el cosmos. Si
queremos levantar el acta de nacimiento de esta Razón griega, seguir el camino
por donde ella ha podido desprenderse de una mentalidad religiosa, indicar lo
que debe al mito y cómo lo ha superado, debemos comparar, confrontar con el
telón de fondo del pasado micénico, este viraje del siglo VIII al siglo VII en
que Grecia toma una nueva orientación y explora los caminos que le son propios.
Época de mutación decisiva que, en el momento mismo en que triunfa el estilo
orientalizante, sienta los fundamentos del régimen de la Pólis y asegura,
mediante esta laicización del pensamiento politico, el advenimiento de la
filosofía.» (Jean-Pierre Vernant: Los orígenes del pensamiento griego,
Eudeba, Buenos Aires, 1983, págs. 8 y 9).
Esta selección de pensamientos de algunos griegos célebres,
historiadores, filósofos, poetas, científicos, dramaturgos, etc., bien podría
proceder de sus iguales de nuestros días:
«De todas las miserias del hombre, la más amarga es ésta:
saber tanto y no tener dominio sobre nada.»
«Ningún hombre es tan tonto para desear la guerra y no la
paz; pues en la paz, los hijos llevan a sus padres a la tumba, y en la guerra
son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba.»
HERODOTO DE HALICARNASO
«Le lengua es lo mejor y lo peor que poseen los hombres.»
«La ley es una telaraña que detiene las moscas y deja pasar a
los pájaros.»
ANÁRCASIS
«Escucha a tus enemigos, que son los primeros en advertir tus
errores.»
ANTÍSTENES
«De todas las variedades de la virtud, la generosidad es la
más estimada.»
«El hombre siempre está dispuesto a negar aquello que no
comprende.»
«Las revoluciones no se hacen por menudencias, pero nacen por
menudencias.»
«El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre
piensa todo lo que dice.»
«La mejor manera de encontrar el hombre la felicidad es no
buscarla, sino cumplir su obligación, su deber, porque el que no busca la
felicidad es el que la encuentra.»
«Hay que preferir lo que es imposible pero verosímil a lo que
es posible pero inverosímil.»
ARISTÓTELES DE ESTAGIRA
«Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo.»
ARQUÍMEDES DE SIRACUSA
«Amigos son los que en las prosperidades acuden al ser
llamados y en las adversidades sin serlo.»
DEMETRIO I DE MACEDONIA
«Aunque estés solo no debes decir ni hacer nada malo. Aprende
a avergonzarte más de ti que ante los demás.»
DEMÓCRITO DE ABDERA
«Preguntaron a Tales qué era más difícil para el hombre, y
contestó: "Conocerse a sí mismo".»
DIÓGENES LAERTES
«¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes,
sino en disminuir tu codicia.»
EPICURO DE SAMOS
«Quien siempre cede ante los demás acaba por no tener
principios.»
ESOPO
«La mayor parte de los hombres prefieren parecer que ser.»
ESQUILO DE ELEUSIS
«No es feliz el que ignora y no pregunta, ni el que sabe y no
enseña ni practica.»
EPAMINONDAS
«Habla si tienes palabras más fuertes que el silencio; sino,
guarda silencio.»
EURÍPIDES DE SALAMINA
«Si después de haber vestido al desnudo le echas en cara el
favor, es lo mismo que si le desnudaras de nuevo.»
FILEMÓN
«Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te
quiere.»
HESÍODO
«Nuestro organismo está hecho para ser nutrido de modo
natural y no drogado artificalmente. Los mejores medicamentos son nuestros
alimentos.»
HIPÓCRATES DE KOS
«El hombre justo no es el que no comete ninguna injusticia,
sino el que pudiendo ser injusto no quiere serlo.»
«Son las costumbres del que habla y no sus palabras las que
persuaden.»
MENANDRO
«¿Queréis conocer a un hombre? Investidle de un gran poder»
«Para que un imperio esté bien gobernado es necesario que el
rey y todos los que ejercen autoridad obedezcan a las leyes como simples
individuos.»
PÍTACO DE MITILENE
«Educad a los niños y no será necesario castigar a los
hombres.»
«Abandona los grandes caminos, sigue los senderos.»
«El silencio es la primera piedra del templo de la
sabiduría.»
«Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, no a llevarla.»
«Son nuestros amigos los que nos señalan nuestras faltas, no
los que nos adulan.»
«El filósofo siempre va a pie. Prefiere el bastón de la
experiencia al carro rápido de la fortuna»
«Consuélate de soportar las injusticias, la verdadera
desgracia consiste en cometerlas.»
PITÁGORAS
«Buscando el bien de nuestros semejantes, encontraremos el
nuestro.»
PLATÓN
«Comenzar bien no es poco, pero tampoco es mucho.»
«No soy un ateniense, ni un griego, sino un ciudadano del
mundo.»
«Esto sólo sé: que no sé nada.»
«Cuatro características corresponden al juez: escuchar
cortésmente, responder sabiamente, ponderar prudentemente y decidir
imparcialmente.»
SÓCRATES
«El garrote es una razón de madera.»
SÓFOCLES DE COLONA
«No aconsejes a los príncipes lo que les agrada, sino lo que
les sea útil.»
«Aprende a gobernarte a ti mismo antes de gobernar a los
otros.»
SOLÓN
«La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los
que todo lo han perdido la poseen aún.»
TALES DE MILETO
«Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad
y el secreto de la libertad, en el coraje.»
TUCÍDIDES
«Recordad que la naturaleza nos ha dado dos oídos y una sola
boca, para enseñarnos que más vale oír que hablar.»
«Dichosa la ciudad donde se admira menos la hermosura de sus
edificios que las virtudes de sus habitantes.»
ZENÓN DE CITIO
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