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LA CIVILIZACIÓN ROMANA

Gloria y decadencia de un imperio

«La vida de los hombres más felices

amigo Marcial, es la que dices:

fortuna heredada y no adquirida,

la lar con fuego, la tierra agradecida,

ninguna cuestión, quieta la mente,

salud y buen vigor, poca la gente,

amigos pares y una gran simpleza;

contento el invitado en parca mesa,

beber poco en la noche, sin cuidado,

mujer que no es ligera y casta al lado;

un sueño que las tinieblas abrevia

y ser lo que se es, sin más porfía

sin desear ni temer el postrer día.»

MARCIAL

 

Dice Séneca, nacido en Córdoba a orillas del Baetis (luego Guadalquivir): «La mayor parte de los mortales... se lamenta de la mezquindad de la naturaleza porque nacemos para un lapso tan exiguo, porque el espacio de tiempo que se nos otorga transcurre con tanta celeridad y rapidez que, excepto a unos pocos, a los demás los abandona la vida en medio de los mismos preparativos para la vida. Y no solo la turba y el imprudente vulgo se han quejado de esta, así llamada, pública desgracia: ha suscitado también ese sentimiento las lamentaciones de varones ilustres. De ahí proviene aquella exclamación del más grande de los médicos: "El arte es largo, la vida es breve".»

Esta verdad irrefutable del filósofo estoico nos invita a reflexionar sobre las lógicas y enormes limitaciones humanas, por un lado, y el permanente desafío del saber, por otro, que nos impele a buscar y descubrir los infinitos caminos recorridos por las almas que nos precedieron, las múltiples civilizaciones, tradiciones y culturas ancestrales.

El poeta arabo-persa Abu Nuwás (762-810), recomendó a un coetáneo: «Di a quien pretenda una ciencia enciclopédica: Sabes algo, pero muchas cosas se te escapan». Esto es muy cierto, pero algo que jamás se nos debería escapar es el concepto de civilización.

En primer lugar, deberíamos entender que cada civilización, en diversos grados, recibe estímulos y aportes diversos de otras civilizaciones, e inevitablemente con el tiempo los modifica (no diversamente de como hace con los propios, los indígenas), y los transforma hasta dar vida a algo continuamente diverso y en ocasiones radicalmente nuevo.

La novedad, en suma, puede nacer, y a menudo nace, de la transformación de cosas ya existentes; pero no por ello deja de ser novedad. Infravalorar el peso de la cultura romana sobre la cultura europea, sobre la base de que muchos aspectos de esta cultura son derivaciones griegas, sería un grave error de perspectiva histórica.

Indiscutiblemente, la civilización romana absorbió muchos aspectos de la cultura griega. Pero no los trasmite a sus sucesores tal y como los había recibido, sin interpretarlos, repensarlos y reelaborarlos creativamente.

Constatar la helenización de la cultura romana no significa excluir que Roma haya aportado contribuciones originales (e importantísimas) a la cultura sucesivamente transmitida a Europa. Algunos importantes aspectos de la cultura europea, de derivación clásica son de hecho típica e indiscutiblemente romanos. Son, podríamos decir, el producto indígena de la cultura de Roma, nacido en esa ciudad, crecido en el Imperio que consiguió dominar, y convertido en patrimonio de la moderna Europa: por ejemplo la ciencia del derecho (sobre la que veremos algo más adelante).

No estamos de acuerdo con las nuevas teorías que tratan de desmerecer los aportes de tal o cual civilización debido a que los mismos pueden haber sido el resultado de influencias de otras tradiciones y culturas. Por ejemplo, hace unos años Martin Bernal (Londres, 1937), con un libro significativamente titulado Atenea Negra, cuya tesis de fondo está sintetizada en el subtítulo Las raíces afroasiáticas de la civilización clásica, nos trataba de convencer sobre que el llamado "milagro griego" —el casi mágico florecer de las letras, las ciencias, las artes y el ideal democrático—, no sólo no fue un milagro, sino que ni siquiera fue griego.

Las distintas civilización griegas (egea, jónica, ateniense) se habrían apropiado de muchos aspectos de las civilizaciones africanas (principalmente la egipcia) y de la de los fenicios, de raíz semítica. Y los griegos, que lo sabían perfectamente, reconocían sin problemas su deuda hacia Egipto y el vecino Oriente, como demuestra, entre otros, el hecho de que según el mismo Heródoto la religión y otros importantes aspectos de la cultura griega se derivaban de Egipto.

El mito de Grecia como patria de la civilización occidental nace en el siglo XIX, cuando Europa no podía admitir que los negros o los semitas hubieran jugado un papel en su historia. Los orígenes orientales serán cancelados, en suma, con el fin de reforzar el mito ario y de secundar el racismo, padre de la esclavitud. En aquella época y en aquel clima la pureza de las estirpes greco-arias y la idea de la superioridad eran sostenidas como baluartes contra la amenazadora cercanía de las clases inferiores, como muy bien sugiere Bernal en su primer volumen (subtitulado "La invención de la Antigua Grecia, 1785-1985").

El primer mérito de Bernal, sin lugar a dudas, es el de haber puesto en evidencia las contribuciones de otras civilizaciones en el florecer del esplendor ateniense y más en relación con la civilización griega, en todas sus manifestaciones, entre las cuales se encuentran también la egipcia y semítica, y no sólo por el préstamo de la escritura alfabética.

El segundo es el de haber denunciado el carácter durante demasiado tiempo eurocéntrico de la historiografía occidental, que hoy tiene efectivamente el deber de indagar con mayor objetividad la historia antigua, valorando en su justa medida el aporte de las civilizaciones no europeas.

Pero, por volver más cerca de nuestro problema, es inveitable observar que, no obstante estos méritos, a la tesis de los orígenes afrosiáticos de la cultura europea se puede contraponer la misma crítica de fondo que habíamos utilizado con la tesis que ve a Roma como simple y mecánica transmisora de una cultura ajena.

Ninguna cultura nace de la suma matemática de los diversos elementos de que se compone. Los diversos elementos que la constituyen, no permanecen nunca invariados, sino que son reelaborados al dar inevitablemente vida a una forma nueva.

Cualquiera que haya sido la deuda de los clásicos hacia otras civilizaciones, queda el hecho de que la pólis, la democracia y el concepto de ciudadanía han nacido en Europa, y más específicamente, como es bien sabido, en Grecia.

Es un hecho que, aunque otros pueblos (en particular pueblos orientales) hayan registrado los hechos de su historia, la historiografía ha nacido en Europa; y de nuevo, en Grecia. Como escribe Arnaldo Momigliano: «típicamente griego es el comportamiento crítico hacia el registro de los hechos, lo que es tanto como decir aptitud para el desarrollo de métodos críticos que permitan distinguir entre hechos y fantasías. Por cuanto sabemos, ninguna historiografía, antes de la griega, ha desarrollado estos métodos críticos. Y nosotros hemos heredado el método griego».

No creemos que nadie ose acusar de eurocentrismo a Momigliano; bastará aquí recordar su Alien Wisdom. The limits of Hellenization (Sabiduría extranjera. Los límites de la helenización), una obra maestra que revela el etnocentrismo de los griegos, su altivo y arrogante rechazo de tomar en consideración cualquier cultura diversa de la propia. Y sin embargo, reconoce que algo sucedió, y que por ello la civilizacion occidental aparece fundada sobre una fusión —nacida en la edad helenística— de elementos griegos, orientales y romanos.

La historia, como nos mostrado Momigliano, es «la conciencia, la realidad del cambio».

En conclusión, si Europa, y en particular Grecia, fue ciertamente deudora de la cultura oriental, ella fue con todo el lugar en donde nació una cultura nueva y diferente. Y si desde luego fue Roma deudora de la cultura griega, al mismo modo engrandeció esta cultura, enriqueciéndola y entretejiéndola en su cultura originaria hasta dar vida a una cultura nueva y diferente, en la cual conviven elementos (reelaborados) de origen griego y elementos originales y únicos, entre los cuales, por ejemplo, se encuentra la cultura jurídica.

 

EL LEGADO DE ROMA

 

Roma ha legado una inmensa herencia a Europa, y a través de ella, a todo el mundo occidental. De la literatura a la filosofía, desde la retórica a la arquitectura, de la pintura al derecho, cada aspecto de la cultura europea —en diversa medida en cada período y cada país— es deudor de la cultura romana. Una de las herencias más evidentes está representada por su lengua. La herencia, de hecho, presupone una muerte: pero en algunos países (más exactamente en aquellos que hablan lenguas romances o neo-latinas) incluso se podría afirmar que el latín no está de ningún modo muerto, sino que ha continuado viviendo, transformándose y evolucionando, más allá de las generaciones que sucesivamente lo han usado y reelaborado.

En los países que poseen un idioma romance, una lengua de raíz latina, como el español, el italiano, el francés, el portugués, el provenzal, el sardo o el ladino, es ésta la base común que persiste en los lenguajes. E incluso esta raíz latina ha dejado importantes huellas en las lenguas de raíz germánica, como el inglés, el alemán, el neerlandés, el danés, el sueco, el noruego, el islandés y el frisón.

Estas lenguas, con frecuencia, para indicar un concepto o una cosa, utilizan dos palabras distintas, una de origen germánico y otra de derivación latina. Los ejemplos podrían ser muchísimos: puede pensarse, por ejemplo, en el inglés, en las parejas legible-readable; identical-same; royal-kingly; saint-holy; profound-deep; commence-begin; pork-pig, etc.

Nuestro vocabulario cotidiano está plagado de términos latinos: patria, padre, madre, justicia, libertad, república, pobreza, fortuna, pueblo, cultura, patria potestad, honoris causa (causa de honor), etc.

Roma está todavía presente en Europa y en América Latina y deja sentir físicamente su voz, sus tradiciones, su jurisprudencia (del latín iurisprudentia: ciencia del derecho) desde Escandinavia a la Tierra del Fuego.

Los hombres que redactaron la Constitución de los Estados Unidos de América conocían la historia de Roma y se vieron influidos por ella. Palabras como "constitución", "república", "senado" y "capitolio" proceden directamente de Roma, y el derecho romano ha influido en todo occidente. La arquitectura clásica de los romanos renació en siglos recientes y se utilizó, por ejemplo, en el diseño de la catedral de San Pablo en Londres y en el del Capitolio de Washington.

 

CRONOLOGÍA IMPERIAL

 

El Imperio es el período de la historia de Roma caracterizado por un régimen político dominado por un emperador, que comprende desde el momento en que Octavio recibió el título de augusto (27 a.C.) hasta la disolución del Imperio romano de Occidente (476 d.C.).

 

 

Augusto y la dinastía Julia-Claudia

 

El Imperio sucedió a la República y Augusto, como princeps (primer ciudadano) mantuvo la constitución republicana hasta el año 23 a.C. en que el poder tribunicio y el imperium militar (o mando supremo) fueron revestidos con la autoridad real. El Senado conservó el control de Roma, la península Itálica y las provincias más romanizadas y pacíficas. Las provincias fronterizas, donde fue preciso el acuartelamiento estable de legiones, estaban gobernadas por legados, nombrados y controlados directamente por Augusto. La corrupción y extorsión que habían caracterizado a la administración provincial romana durante el último siglo de la República no fue tolerada, de lo que se beneficiaron en especial las provincias.

Augusto introdujo numerosas reformas sociales, entre ellas las que pretendían restaurar las tradiciones morales del pueblo romano y la integridad del matrimonio; intentó combatir las costumbres licenciosas de la época y recuperar los antiguos festivales religiosos. Embelleció Roma con templos, basílicas y pórticos en lo que parecía el nacimiento de una era de paz y prosperidad. Este período representa la culminación de la edad de oro de la literatura latina, en la que destacan las obras poéticas de Virgilio, Horacio y Ovidio, y la monumental obra en prosa de Tito Livio Ab urbe condita.

Con el establecimiento de un sistema de gobierno imperial, la historia de Roma se identificó en gran medida con los reinados de cada uno de los emperadores. El emperador Tiberio, sucesor de su padrastro Augusto desde el 14 d.C., competente gestor, fue objeto del descontento y de la sospecha general; apoyándose en el poder militar, mantuvo en Roma a su Guardia Pretoriana (las únicas tropas permitidas en la capital), siempre prestas a su llamada. Fue sucedido por el tiránico y mentalmente inestable Calígula (37-41).

A su muerte el título imperial pasó a Claudio I, cuyo mandato contempló la conquista de Britania y continuó las obras públicas y las reformas administrativas iniciadas por César y Augusto.

Su hijo adoptivo Nerón inició su gobierno bajo el sabio consejo y asesoramiento del filósofo Lucio Anneo Séneca y de Sexto Afranio Burro, prefecto de la Guardia Pretoriana; sin embargo, sus posteriores excesos de poder le condujeron a su derrocamiento y suicidio en el 68 d.C., lo que supuso el fin de la dinastía Julia-Claudia.

 

Dinastías de los Flavios y los Antoninos (69-192)

Los breves reinados de Galba, Otón y Vitelio entre los años 68 y 69 d.C. fueron seguidos por el de Vespasiano, que junto a sus hijos, los emperadores Tito y Domiciano, constituyen la dinastía de los Flavios (69-96). Resucitaron la sencillez de la corte en los comienzos del Imperio e intentaron restaurar la autoridad del Senado y promover el bienestar del pueblo.

Fue durante el reinado de Tito cuando se produjo la erupción del Vesubio que devastó la zona al sur de Nápoles donde se encontraban las ciudades de Herculano y Pompeya. Aunque la literatura floreció durante el reinado de Domiciano, éste se convirtió en sus últimos años en una persona cruel y un gobernante tiránico. Este período de terror sólo acabó con su asesinato.

Marco Coceyo Nerva (96-98) fue el primero de los denominados ‘cinco buenos emperadores’ junto a Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio. Cada uno de ellos era elegido y adoptado legalmente por su predecesor según su habilidad e integridad. Trajano llevó a cabo una campaña contra los dacios, armenios y partos, permitiendo que el Imperio alcanzara su mayor extensión territorial; también destacó por su excelente administración.

El escritor satírico Juvenal, el orador y escritor Plinio el Joven y el historiador Tácito vivieron bajo el reinado de Trajano. Los 21 años de gobierno de Adriano también fueron un período de paz y prosperidad; tras ceder algunos de los territorios más orientales, Adriano consolidó el resto del Imperio y estabilizó sus fronteras. El reinado de su sucesor, Antonino Pío se caracterizó igualmente por el orden y la paz.

Las incursiones de varios pueblos emigrantes sobre diversas zonas del Imperio agitaron el reinado del siguiente emperador, el filósofo estoico Marco Aurelio, que gobernó junto a Lucio Aurelio Vero hasta el fallecimiento de este último. Marco Aurelio fue sucedido por su disoluto hijo Lucio Aurelio Cómodo, considerado como uno de los más sanguinarios y licenciosos tiranos de la historia. Fue asesinado en el 192 y con él finalizó la dinastía de los Antoninos (96-192).

 

Decadencia y caída del Imperio

Los breves reinados de Publio Helvio Pertinax (193) y Didio Severo Juliano fueron seguidos por el de Lucio Septimio Severo (193-211), primer emperador de la breve dinastía de los Severos. Los emperadores de este linaje fueron: Caracalla (211-217), Publio Septimio Geta (211-212, compartiendo el primer año de reinado de su hermano Caracalla), Heliogábalo (218-222) y Severo Alejandro (222-235). Septimio Severo fue un hábil gobernante; Caracalla fue famoso por su brutalidad y Heliogábalo por su corrupción. Caracalla otorgó en el año 212 la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio romano a fin de poder grabarlos con los impuestos a los que sólo estaban sometidos los ciudadanos. Severo Alejandro destacó por su justicia y sabiduría.

El período posterior a la muerte de Severo Alejandro (235) fue de gran confusión. De los 12 emperadores que gobernaron en los 33 años siguientes, casi todos murieron violentamente, por lo general a manos del Ejército, quien también los había entronizado. Los emperadores ilirios, nativos de Dalmacia, lograron que se desarrollara un período breve de paz y prosperidad.

Esta nueva dinastía incluyó a Claudio II el Gótico, que rechazó a los godos, y Aureliano, quien entre el 270 y el 275 derrotó a los godos, germanos y a la reina de Palmira, Septimia Zenobia, la cual había ocupado Egipto y Asia Menor, restaurando la unidad del Imperio durante algún tiempo. A Aureliano le siguieron una serie de emperadores relativamente insignificantes hasta el ascenso al trono en el año 284 de Diocleciano.

Gobernante capaz, Diocleciano llevó a cabo un buen número de reformas sociales, económicas y políticas: eliminó los privilegios económicos y políticos que habían disfrutado Roma e Italia a costa de las provincias, intentó regular la creciente inflación mediante el control de los precios de los alimentos y de otros productos básicos, así como del salario máximo de los trabajadores, instituyó un nuevo sistema de gobierno en el cual él y Aurelio Valerio Maximiano compartieron el título de augusto, a fin de establecer una administración más uniforme en todo el Imperio.

Sus poderes fueron reforzados por el nombramiento de dos césares, Galerio y Constancio, instaurando así el régimen de la tetrarquía (dos augustos y dos césares). Diocleciano controlaba Tracia, Egipto y Asia, mientras que su césar Galerio gobernaba las provincias danubianas. Maximiano administraba Italia y África y su césar Constancio, Hispania, la Galia y Britania.

La tetrarquía creó una maquinaria administrativa más sólida pero aumentó la ya enorme burocracia gubernamental con cuatro sectores imperiales y sus correspondientes funcionarios, lo que supuso una enorme carga financiera para los limitados recursos imperiales.

Diocleciano y Maximiano abdicaron en el 305 y dejaron a los dos nuevos césares inmersos en una guerra civil, que no acabó hasta la ascensión del hijo de Constancio, Constantino I el Grande en el 312. Constantino, que había sido con anterioridad césar en Britania derrotó a sus rivales en la lucha por el poder y reunificó el Imperio de Occidente bajo su mando. Tras derrotar en el 324 a Licinio, emperador de Oriente, Constantino quedó como único gobernante del mundo romano. Se convirtió al cristianismo, que había hecho su aparición durante el reinado de Augusto y que, a pesar de las numerosas persecuciones de que fue objeto, se había difundido durante el mandato de los últimos emperadores y, a finales del siglo IV, se convirtió en la religión oficial del Imperio.

Constantino estableció la capital en Bizancio, ciudad reconstruida en el 330 y rebautizada con el nombre de Constantinopla (actual Estambul). La muerte de Constantino (337) marcó el inicio de la guerra civil entre los césares rivales, que continuó hasta que su único hijo vivo, Constancio II reunificó el Imperio bajo su mando en el 351. Fue sucedido por Juliano el Apóstata, conocido por tal nombre a causa de su renuncia al cristianismo, y éste por Joviano (363-364).

A continuación el Imperio volvió a escindirse, aunque bajo el reinado de Teodosio I estuvo unido por última vez tras la muerte del emperador de Occidente Valentiniano II. Cuando falleció Teodosio (395), sus dos hijos se repartieron el Imperio: Arcadio se convirtió en emperador de Oriente (395-408) y Honorio en emperador de Occidente (395-423).

En el siglo V las provincias del Imperio romano de Occidente se empobrecieron por los impuestos exigidos para el mantenimiento del Ejército y de la burocracia; también a causa de la guerra civil y de las invasiones de los pueblos germanos. Al principio la política conciliadora con los invasores al nombrarles para cargos militares en el Ejército romano y administrativos en el gobierno, tuvo éxito. No obstante, los pueblos invasores del Este emprendieron gradualmente la conquista del Occidente y a finales del siglo IV Alarico I, rey de los visigodos, ocupó Iliria y arrasó Grecia; en el 410 conquistó y saqueó Roma, pero murió poco después. Su sucesor Ataúlfo (410-415) dirigió a los visigodos a la Galia y en el 419 el rey visigodo Valia recibió autorización del emperador Honorio para asentarse en el suroeste de la Galia, donde fundó un reino visigodo. En torno a estas fechas los vándalos, suevos y alanos ya habían invadido Hispania, por lo que Honorio se vio obligado a reconocer la autoridad de estos pueblos sobre esa provincia. Durante el reinado de su sucesor, Valentiniano III, los vándalos, bajo el mando de Genserico conquistaron Cartago, mientras que la Galia e Italia eran invadidas por los hunos, encabezados por Atila. Éste marchó primero sobre la Galia pero los visigodos, ya cristianizados y leales a Roma, le hicieron frente.

En el año 451 un ejército de romanos y visigodos, mandado por Flavio Aecio, derrotó a los hunos en la batalla de los Campos Cataláunicos. En el año siguiente Atila invadió Lombardía, pero no pudo seguir avanzando hacia el sur y falleció en el año 453. En el 455, Valentiniano, último miembro del linaje de Teodosio en Occidente, fue asesinado. En el período comprendido entre su muerte y el año 476 el título de emperador de Occidente fue ostentado por nueve gobernantes, aunque el auténtico poder en la sombra era el general romano de origen suevo Ricimer, llamado también el ‘proclamador de reyes’.

Rómulo Augústulo, último emperador de Occidente, fue depuesto por el jefe de los hérulos Odoacro, a quien sus tropas proclamaron rey de Italia en el año 476. El Imperio de Oriente, también llamado Imperio Bizantino, perduraría hasta 1453.

 

NERÓN: DE PIRÓMANO A BOMBERO

Según Lucien Jerphagnon, profesor emérito de universidades y autor de las obras Histoire de la Rome: les armes et le mots (Hachette, París, 1994) y Le Divin César: étude sur le pouvoir dans la Rome impériale (Tallandier, París, 1991), no fue el emperador romano Nerón quien le prendió fuego a Roma el 18 de julio del 64; es decir que el actor británico de origen ruso Peter Ustinov (Londres 1921), en Quo vadis cuando toma su lira para glosar el incendio de la capital del imperio y compararlo al que arrasó Troya, está cantando una farsa.

El director de la película, el norteamericano Mervin LeRoy se basó en los Anales de Publio Cornelio Tácito (55-120) y la Vida de los doce Césares de Cayo Suetonio Tranquilo (69-140) y le añadió algunos condimentos hollywoodenses: el emperador derrama lágrimas de cocodrilo y las guarda en un gotero para que la posteridad pueda verificar su "incomensurable" amor por la ciudad de las siete colinas. Todos estos historiadores latinos han mentido, pues, descaradamente.

Pero no sólo han mentido, sino que además nos ocultaron que Nerón, que estaba de vacaciones en su ciudad natal, Antium (la actual Anzio), se apresuró a volver a Roma y dirigió con prodigalidad y acierto la atención de los damnificados por la catástrofe que fue accidental.

Luego, eso sí, sintió la necesidad de explicarle a la opinión pública lo sucedido, y los cristianos, por aquel entonces una muy modesta secta oriental devota de un tal Jristós (en griego, Cristo), sirvieron de chivo expiatorio. Y de ahí, de la crueldad con que se les persiguió por algo que no habían hecho, nació la popularidad de la secta. Un primer gran triunfo de las víctimas.

Aquí es necesario decir que la historia es una ciencia, y a pesar de que haya muchos historiadores falsos y sus mentiras tengan patas largas, eso no significa que no podamos distinguir la verdad de lo falso si nos esforzamos por develar los engaños y enigmas de aquí y de allá. Hoy todavía existen numerosos maestros, profesores y periodistas que se hacen eco de las tramoyas armadas por cronistas inescrupulosos del pasado y reeditan mentiras ancestrales en sus exposiciones.

Y así, por ejemplo, se sigue afirmando gratuitamente que los musulmanes quemaron la biblioteca de Alejandría en 634, cuando todo el mundo académico sabe perfectamente que ésta fue demolida por orden de Teófilo Alejandrino (obispo de Alejandría entre 385-395) hacia 391, celoso de los conocimientos de los antiguos griegos y latinos, y que no quedó piedra sobre piedra.

Ahora bien, todos aquellos que estudian al mundo romano antiguo saben que los incendios en Roma eran cosa corriente y que en aquel verano del año 64 el fuerte viento atizó el fuego considerablemente y fomentó que éste se expandiera en la metrópoli de un millón de habitantes: de los catorce barrios capitalinos, siete fueron dañados por el fuego y tres totalmente calcinados. "Sólo se salvaron el Esquilino, el Quirinal, el Janículo y el Aventino". Las víctimas fueron numerosísimas, los daños fueron incalculables y decenas de miles quedaron sin techo.

El voraz incendio duró nueve largos días con sus noches, del 18 al 27 inclusive. La combustión se inició en el barrio de los patricios y se propagó a los barrios plebeyos donde se incentivó notablemente debido a que allí la madera predominaba sobre la piedra en las construcciones.

Los nostálgicos de la república romana con los senadores a la cabeza estaban enojados con el carisma y el ingenio de Nerón —político sagaz y culto— en consolidar el imperio fundado por Cayo Julio César Octavio Augusto. Al desatarse el incendio vieron la oportunidad de acusar a Nerón del desastre y sacárselo de encima.

La hipótesis que Tácito arguye en sus Anales es que Nerón estaba enfermo de su sueño de megalómano y habría sacrificado la Roma de sus ancestros en beneficio de una Nerópolis, una ciudad nueva que testimoniaría su gloria personal en los siglos por venir.

Sin embargo, hay dos conceptos básicos que remarca el profesor Jerphagnon. Primero: no hubo ningún beneficio para Nerón que se quemara su nuevo palacio y sus queridísimas obras de arte con él. Segundo: los barrios más aristocráticos y elegantes fueron los primeros en quemarse y además en las barriadas obreras y más pobres Nerón era muy popular por su política de caridad.

Nerón acusado por los senadores —desposeídos de sus privilegios de antaño por orden imperial— de haber provocado el incendio por estar afectado de piromanía, se vio acosado e incriminado.

Esta situación no podía durar: se necesitaban culpables y no se tardó mucho en encontrarlos. Los informantes de Nerón descubrieron que los ignotos partidarios de una secta de inmigrantes judíos esperaban el fin del mundo para todos y mediante el fuego ("Yo he venido a echar fuego en la tierra, ¿y que he de querer sino que arda?" Lucas 12-49). Fue fácil entonces armar una acusación donde el emperador pudiese zafar de la cuestión y no pasar por pirómano.

El Prof. Dr. José María Blázquez de la Real Academia de la Historia de España concuerda con que Nerón no tuvo que nada que ver con el incendio que fue "casual" y agrega: «Convertido en una "bestia negra" por los historiadores, la figura del emperador romano Nerón presenta también algunas luces: la reconstrucción racional de Roma y la defensa de las letras y las artes».

 

LA MÁQUINA MILITAR ROMANA

 

El ejército romano de fines de la república y principios del imperio constaba generalmente de cuatro legiones, pero en casos especiales podía aumentar en varias veces este número. Un legión normal se componía de seis mil hombres organizados en diez cohortes de seiscientos hombres cada una.

Cada cohorte a su vez disponía de tres manípulos de doscientos hombres (dos centurias), divididos en triarii, príncipes y hastati: un total de treinta manípulos y treinta centuriones con sus lugartenientes. Una legión tenía sesenta centurias. Cada centuria tenía diez decurias a cargo, cada una, de un decurión o suboficial.

Cada centurión elegía a un lugarteniente (optio), así como a los demás jefes de centuria: un portaestandarte (signifer), un corneta (cornicen) y un tesserarius, que cada noche recibía la contraseña escrita en una tablilla (tessera). El primer centurión elegido (primus pilus) de la legión era considerado como el de más alto rango.

Una legión estaba comandada por seis tribunos que recibían las órdenes del cónsul. Cada legión contaba, además, con trescientos jinetes, seleccionados entre el patriciado.

Como para tener un parámetro de la envergadura de la máquina militar romana, hacia el año 68 d.C., el número de las legiones era de 28 con un total aproximado de 168.000 infantes y 8.400 jinetes.

Por esa época, la ubicación de cada una de las legiones y su denominación era la siguiente: 1. Legión II Augusta en Gloucester (Inglaterra); 2. Legión IX Hispana en Lincoln (Inglaterra); 3. Legión XX Valeria Victrix en las proximidades de Shrewsbury (Inglaterra); 4. Legiones V Alaudae y XV Primigenia en Xanten (Alemania); 5. Legión XVI Gallica en Neuss (Alemania). 6. Legión I Germanica en Bonn (Alemania); 7. Legiones IV Macedonia y XXII Primigenia en Maguncia (Alemania); 8. Legión XXI Rapax en Windisch (Austria); 9. Legión X Gemina en las proximidades de Bratislava (Eslovaquia); 10. Legión XIII Gemina en las proximidades de Budapest (Hungría); 11-14. Legiones XI Claudia, VIII Augusta, III Gallica y VII Claudia a lo largo de la ribera sur del Danubio; 15. Legiones IV Scythica, XII Fulminata y VI Ferrata en las proximidades de Antioquía (Siria); 16. Legiones V Macedonica, X Fretensis y XV Apollinaris, en Judea; 17. Legiones III Cyrenaica y XXII Deiotariana en Alejandría (Egipto); 18. Legión III Augusta cerca de la frontera entre Túnez y Argelia; 19. Legión VI Victrix en España; 20. Legión I Italica en Italia; 21. Legión XIV Gemina en Lyon (Francia).

En la época de Marco Aurelio el ejército romano alcanzó su máxima expansión con casi un cuarto de millón de efectivos (40 legiones). La ciudad de Roma tenía entonces más de un millón de habitantes y una cuarta parte de la humanidad vivía y moría bajo los césares.

 

ARMINIO, EL LIBERTADOR DE GERMANIA

 

Ya en el año 9 a.C., Augusto había casi conseguido ampliar el imperio hasta el Elba. Sin embargo, la asimilación no fue completa, pues los germanos seguían aspirando a la libertad y a las proezas guerreras. Arminio (18 a.C.-19 d.C.), germano de nacimiento pero ciudadano romano, llevó a cabo esas aspiraciones aniquilando las legiones enviadas para restablecer el orden. Esa victoria conmovió hasta los cimientos del imperio, pues Roma renunció a tener una provincia transrenana, y las consecuencias transtornaron el futuro de Europa.

Los germanos eran, primordialmente, pastores nómadas de carácter belicoso e indomable. Tácito, en su Germania, hace una brillante descripción de sus fieros ojos azules, cabellera rubia y de su corpulencia. Los romanos odiaban esa tierra «sombría por los bosques y fea y manchada por las lagunas», pero la influencia romana se fue infiltrando y las excavaciones muestran que hubo bastante comercio.

Todo comenzó en el 9 a.C. cuando el gobernador de Germania, Publio Quintilio Varo, que se había casado con la sobrina nieta de Augusto, estableció los campamentos de verano para sus tres legiones (de seis mil hombres cada una) en territorio querusco. Dos legiones fueron dejadas tras el Rin, Sus propios cuarteles avanzados estaban en la orilla occidental del Weser. Varo se hizo muy amigo de los jefes queruscos, incluido Arminio, sin darse cuenta de que Arminio conspiraba contra él. Algunos de los jefes trataron de prevenir al gobernador de esa amenazadora perfidia, pero Varo fue convencido para que concediera a los conspiradores destacamentos legionarios que le dijeron necesitaban para guarnecer ciertos puestos y escoltar los convoyes de suministro para el ejército romano. Además, cuando llegó el momento de que Varo se retirara hacia el Rin para pasar el invierno, los conspiradores le convencieron para que cambiara su ruta. Había proyectado regresar por la calzada militar a su campamento de invierno en Vetera. Sin embargo, un falso informe acerca de un levantamiento local le indujo a dar un rodeo por el Noroeste a través de una dificultosa región boscosa. Los conspiradores vieron salir al principal ejército de su campamento de verano, junto al Weser. Al despedirse de Varo, le pidieron permiso para irse a unir a sus tribus con el fin de poder enviar hombres que ayudaran a sofocar la revuelta que ellos habían fingido, y Varo se lo concedió.

La columna romana avanzaba lentamente. Iba muy impedida con su voluminosos bagaje y gran número de mujeres, niños y sirvientes. Según avanzaban por el dificultoso país, derribando árboles y haciendo senderos y caminos sobre los pantanos, de repente les cayó encima una lluvia de dardos. No cabía duda de lo que ocurría: los germanos atacaban. Los legionarios se veían impedidos por el viento, la lluvia y el barro que siempre había hecho les desagradara la Germania. Iban demasiado escaso de tropas auxiliares —caballería, arqueros y honderos— para contestar eficazmente. Todo lo que podían hacer era aferrarse a la esperanza de llegar a la fortaleza más próxima, Aliso, que venía a estar cerca del río Lippe, quizá dos tercios del camino desde el Weser al Rin.

Se mantuvo la disciplina lo suficiente para plantar un campamento en terrenos elevados para pasar la noche. Carretas e impedimenta fueron quemadas o abandonadas, y a la mañana siguiente se reanudó la marcha. Las tres legiones partieron en mejor orden por campo abierto, pero esto las hizo tan vulnerables a los ataques germanos, que se vieron obligadas a volverse a refugiar en el bosque. Allí pasaron un día terrorífico luchando entre obstáculos. Sufrieron graves pérdidas, incluidas algunas que se infligieron a sí mismos por la dificultad de distinguir a los enemigos de los amigos. Esa noche se las arreglaron para apiñarse todos en otro campamento provisional, con una fortificación totalmente inadecuada.

Cuando llegó la mañana, seguía lloviendo; soplaba un viento cortante y vieron que los germanos recibían refuerzos. El jefe de la caballería romana perdió la calma y se escapó con su regimiento, con la vana esperanza de alcanzar el Rin. Varo fue herido y se dio cuenta de lo que le harían los germanos si lo tomaban con vida. Para evitar tal destino, se suicidó. Algunos miembros del estado mayor siguieron su ejemplo. Los dos generales que quedaron al mando no sobrevivieron mucho. Uno de ellos ofreció equivocadamente una capitulación que se convirtió en matanza (los germanos no tomaban prisioneros en la guerra; su ley era vencer o morir); el otro cayó luchando cuando los germanos entraron en el campamento. Excepto algunos legionarios que escaparon amparados por la oscuridad de la noche (y gracias a quienes sabemos lo que pasó), unos veinte mil soldados fueron muertos o capturados (y sacrificados más tarde), más unos diez mil no combatientes, que incluían esclavos, mujeres, niños, armeros, personal médico y comerciantes.

El desastre alteró a Augusto más que ninguna otra cosa en su larga vida. El historiador romano Suetonio señaló que el emperador se tomó el desastre tan a pecho que «siempre celebró el aniversario como un día de profundo pesar» y «a menudo se golpeaba la cabeza contra una puerta y gritaba: ¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!». Tomó medidas enérgicas y destituyó a todos los germanos y galos que había en su guardia personal.

Seis años después, otro jefe romano de la zona, Julio César Germánico, concibió la idea —según su tío, el emperador Tiberio, idea muy desmoralizadora— de ir con sus tropas a visitar el lugar de la batalla. La ocasión inspiró a Tácito una de sus mejores páginas: «No lejos estaba el bosque donde se decía que los restos de Varo y de sus legiones quedaron sin sepultura. A Germánico le vino el deseo de tributar los últimos honores a Varo y a sus soldados. Esta misma conmiseración se extendió a todo el ejército de Germánico, pensando en sus parientes y amigos, en los azares de la guerra y en el destino de los hombres.... En medio del campo blanqueaban los huesos, separados o amontonados, según que habían huido o hecho frente. Junto a ellos yacían restos de armas y miembros de caballos, y cabezas humanas estaban clavadas en troncos de árboles. En los bosques cercanos había bárbaros altares, junto a los cuales habían sacrificado a los tribunos y a los primeros centuriones». Durante mucho tiempo el sitio donde el ejército romano fue eliminado fue desconocido. Los modernos estudiosos del sangriento encuentro propusieron más de 700 emplazamientos posibles. Luego, en 1987, undescubrimiento por parte de un arqueólogo aficionado británico, Anthonny Clunn (halló 162 monedas romanas conocidas como denarios y tres bolas de plomo del tipo usado en las hondas del ejército romano), y la posterior investigació a cargo de los arqueólogos experimentados conducidos por Wolfgang Schlüter, condujo a una prueba convincente de que la batalla tuvo lugar en el borde norte del bosque de Teutoburgo (Teutoburger Wald), cerca de la moderna Osnabrück. Hoy día, allí se levanta un monumento a Arminio, el ignoto pero valiente y sagaz líder germano.

En el año 14 d.C., cuando las legiones de Germánico arremetieron furiosamente contra los queruscos, la mujer de Arminio cayó en manos de los romanos y aunque Arminio fue instado por su hermano a que colaborara con los invasores latinos, él se negó. Y se entabló una gran batalla entre Arminio y los romanos en Idistaviso, probablemnete cerca de Minen. Germánico proclamó que la victoria era suya, aunque sus legiones y las tropas auxiliares tuvieron que retirarse. Pero los germanos en modo alguno quedaron sometidos. Tácito tenía razón al llamar Arminio el hombre que libertó Germania. Gracias a su extraordinaria habilidad y a su valentía, los romanos quedaron excluidos para siempre de la Germania allende el Rin.

 

PAX ROMANA: LA GLOBALIZACIÓN DEL VIEJO ORDEN

 

El mayor monumento a la ingeniosidad del ejército romano y sus industriosos soldados trepa y desciende por encima de los páramos barridos por el viento, extendiéndose a través del cuello de Britania como el cuerpo de una gigantesca serpiente de piedra. Se trata del Muro de Adriano, llamado así por el emperador que ordenó su construcción el 122 d.C. Construido por las tropas de Adriano, se extendía unos 117 kilómetros desde el estuario del río Tyne hasta el mar de Irlanda. Hoy los restos del muro propiamente dicho no se alzan más de 3 metros por encima del nivel del suelo. En toda su longitud, a intervalos de una milla romana, 1.481 metros, se alzaban pequeños fuertes hoy conocidos como castillos de milla, que albergaban guarniciones de hasta 32 hombres. Sorprendentemente tres legiones romanas, cada una con una fuerza nominal de unos seis mil hombres, completaron la construcción de la mayor parte de esta fortificación en sólo tres años.

Los romanos —que llamaban a los nativos picti, "hombres pintados"— tropezaron con una oposición feroz e inclaudicable. Durante la gobernación de Cneo Julio Agrícola, un dirigente de los pictos o escotos, al que los romanos llamaban Calgacus, reunió unos treinta mil hombres, un ejército considerable, aunque no suficiente para enfrentarse a la maquinaria de guerra romana. Aún así, los romanos respetaron la habilidad de su enemigo tanto como para que el historiador Tácito atribuyera a Calgacus el sentimiento antirromano de la época.

La arenga del jefe caledonio, más allá de los adornos retóricos atribuidos al historiador latino, constituyen una semblanza que nos puede llegar a parecer muy familiar si la contrastamos con los efectos producidos por la rapiña colonialista de los siglos XVIII, XIX y XX: «Saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su sistemático pillaje, dirigen sus ojos escrutadores al mar. Si el enemigo es rico, se muestran codiciosos; si es pobre, despóticos; ni el Oriente ni el Occidente han conseguido saciarlos; son los únicos que codician con igual ansia las riquezas y la pobreza. A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz al sembrar la desolación... Los britanos, a las órdenes de una mujer, fueron capaces de quemar una colonia, de tomar un campamento y, si su buena estrella no los hubiera vuelto negligentes, incluso sacudirse el yugo definitivamente... ¿Creéis que los romanos conservan en la guerra un coraje parejo a su desenfreno en la paz? Famosos gracias a nuestras desavenencias y discordias, convierten los defectos de los enemigos en gloria para su ejército. Ejército al que, reclutado entre pueblos muy diversos, las circunstancias favorables lo mantienen unido y al que, por tanto, las adversas lo disolverán, a no ser que penséis que los galos, los germanos y (vergüenza me da decirlo) muchos de los britanos, aunque presten su sangre a la tiranía extranjera, frente a la que, en cambio, han sido por más tiempo enemigos que esclavos, estén unidos a ella por lazos de fidelidad y adhesión. El miedo y el terror son débiles vínculos de amistad: cuando se consigue alejarlos, empiezan a odiar quienes han dejado de temer... En las propias líneas de los enemigos encontraremos ayuda: los britanos reconocerán su causa, los galos recordarán su libertad anterior, los demás germanos los abandonarán como hace poco tiempo lo hicieron los úsipos, y ya no hay motivos de temor... entre los que obedecen mal y los que mandan injustamente. Aquí hay un jefe y un ejército; allí, tributos, minas y demás castigos propios de esclavos. Si vamos a sufrirlos para siempre o vengarlos al punto, se va a decidir en esta llanura. Así que, cuando entréis en combate, pensad en vuestros antepasados y descendientes» (Cornelio Tácito: Agrícola, Gredos, Barcelona, 1988, págs. 80-83).

Uno de los jefes guerreros de Britania, llamado por los romanos Caratacus, lideró los ejércitos de guerrillas en las montañas y colinas de Gales hasta el año 50 d.C., en que fue apresado y llevado encadenado a Roma. Allá fue finalmente tratado como un digno adversario y se le permitió recorrer la gran ciudad. Impresionado con «la magnitud y el esplendor de las casas», escribió el historiador Petrus Patricius, Caratacus exclamó: «¿Por qué, tú que tienes tantas y tan espléndidas posesiones, ansías nuestras humildes tiendas».

 

PAN Y CIRCO: LA CRUELDAD ROMANA EN LOS ANFITEATROS

 

El Coliseo, uno de los edificios más hermosos de la antigua Roma todavía en pie, es asimismo un edificio con una de las historias más sanguinarias. En el año 72, el emperador romano Vespasiano ordenó construir el Coliseo como estadio donde representar grandes espectáculos. Quería lucir las cualidades militares del valor y la resistencia, tan admiradas por los romanos, así como ofrecer un entretenimento para la plebe y mantenerla, de este modo, alejada de la política y de problemas cotidianos como la pobreza, los incendios y el hacinamiento. Con una increíble fuerza de trabajo basada en esclavos y un sistema de andamiaje móvil, la construcción del Coliseo duró unos diez años. Tenía una capacidad de 45.000 espectadores sentados y 5.000 de pie. Es una enorme estructura oval. Su nombre proviene de la palabra latina colosseus, que significa gigantesco. Mide 49 metros de altura y su perímetro exterior es de casi 537 metros.

Bajo el suelo de la Arena había un verdadero laberinto subterráneo, una red de jaulas de animales, habitaciones para los gladiadores, celdas para los criminales y rampas que conducían a los diferentes niveles. Ascensores accionados mediante poleas transportaban los animales enjaulados hasta la Arena tras cruzar una trampilla.

Los espectáculos se realizaban en el centro del edificio, la Arena. Sobre una base de madera se esparcía arena hasta cubrirla totalmente, y absorber con ella la sangre derramada.

 

La batalla naval

Uno de los acontecimientos más espectaculares representado en el Coliseo era el simulacro de una batalla naval. Se retiraba el suelo y se llenaba con agua drenada de un lago vecino. Los gladiadores luchaban desde barcos o en el agua. Hasta 100 barcos y 19.000 hombres participaban en esta pretendida batalla. En una de estas naumaquias, en el estanque del circo Flaminio, en un día les fue cortada la cabeza a una treintena de cocodrilos.

 

Los gladiadores

Los gladiadores (del latín gladius, espada corta, portador de ésta) aprendían a morir igual que aprendían a luchar. No había nada que contara tanto a los ojos del público romano como esa aptitud para mostrarse ante la muerte dueño y señor del más mínimo gesto: si algún gladiador no la poseía, era una vergüenza, no sólo para él, sino para toda la comunidad, que lo condenaba como una afrenta y un envilecimiento: «Odiamos —dice Cicerón— a los gladiadores, débiles y suplicantes que, con las manos extendidas, nos suplican que les permitamos vivir». Cicerón era también aquél que llamaba a las herramientas comunes (armas, utensilios, etc.) instrumentum mutum (instrumentos mudos), a los animales domésticos (vacas, perros, caballos) instrumentum semi-vocale y a los esclavos (entre los que estaban comprendidos los gladiadores) instrumentum vocale (instrumentos con voz).

Había muchos tipos de gladiadores, con sus diversos oficios, habilidades e infortunios. Los equites, o caballeros, los dimachaerus, que luchaban sin escudo, los laqueatarios, que usaban un lazo, los secutores, los hoplomacos, los scissores, los sagittarius, que luchaban con arcos, los samnitas, los tracios, los mirmilones, los esedarios, los reciarios, que utilizaban el tridente y la red, etc. Los andábatas se enfrentaban a ciegas, con la cabeza cubierta con un casco sin visera, éstos no sólo debían ser buenos gladiadores sino también "buenos ciegos".

 

Panem et circenses

El Imperio hizo de la plebe el instrumento de dominio definido claramente por Juvenal, cuyas palabras panem et circenses se han hecho célebres. El pan, naturalmente, implicaba los espectáculos: desde el momento en que el ocio era "oficializado", había que dar a la plebe aquellas distracciones sin las cuales se hubiera hallado en un estado de disponibilidad peligroso para el poder totalitario que acababa de instaurarse. Era cosa sabida que cuanto más se desgañitaba el pueblo en el circo, menos fuerza tenía su voz en las asambleas. El objetivo imperial era claro: una masa despolitizada facilita el gobierno y consolida el poder absoluto y arbitrario.

Los juegos eran numerosos y podían durar varias semanas seguidas. Por ejemplo, los Juegos Romanos (Ludi Romani o Ludi Magni) podían durar dieciséis días corridos.

El Circo Máximo de Roma tenía una capacidad para doscientos o doscientos cincuenta mil espectadores, ávidos de las carreras de carros.

 

LA POESÍA DE HORACIO

 

Quinto Horacio Flaco nació en diciembre del año 65 a.C., hijo de un liberto, en Venusia (hoy Venosa Apulia, Italia). Estudió en Roma y Atenas filosofía griega y poesía en la Academia. Fue nombrado tribuno militar por Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de Julio César. Luchó en el lado del ejército republicano que cayó derrotado por Marco Antonioy Octavio (después Augusto) en Filipos. Gracias a una amnistía general volvió a Roma y rechazó el cargo de secretario personal de Augusto para dedicarse a escribir poesía. Cuando el poeta laureado Virgilio conoció sus poemas, hacia el año 38 a.C., le presentó al estadista Cayo Mecenas (74-8 a.C.), un patrocinador de las artes y amigo de Octavio, que le introdujo en los círculos literarios y políticos de Roma, y en 33 a.C. le entregó una propiedad en las colinas de Sabina donde se retiró a escribir y pensar. Horacio, uno de los grandes poetas de Roma, escribió obras de cuatro tipos: sátiras, épodos, odas y epístolas. En ellas pone de manifiesto su herencia de la poesía lírica griega y predica la paz, el patriotismo, el amor, la amistad, los placeres del campo y la sencillez. Estas obras no eran totalmente políticas y de hecho incorporan bastante mitología griega y romana. Se nota la influencia de Píndaro y son famosas por su ritmo, ironía y refinamiento. Fueron muy imitadas por poetas renacentistas europeos. Horacio murió en Roma el 27 de noviembre del año 8 a.C.

 

A mí la hiedra, galardón de doctos

me hace sentirme de los dioses cerca;

y me aparta del vulgo el fresco bosque

en que Ninfas y Sátiros alternan,

si Euterpe de su flauta o Polimnia

los sones de su lira no me niegan.

Cuéntame tú entre los vates líricos,

y tocarán mi frente las estrellas.

Odas. A Mecenas (Libro I, I).

 

 

Bastan mi sustento

unas verdes olivas,

un poco de achicoria y unas malvas

por el campo cogidas.

¡Oh Apolo! Esto te pido:

que me dejes gozar mi medianía;

salud, juicio sereno

hasta el fin de la vida,

y una vejez ni torpe ni privada

del cántico y la lira.

Odas. A Apolo (Libro I, XXXI)

 

 

Nueva suerte, el que tiene

bien templado el pecho,

teme en días felices

y espera en los adversos.

Júpiter nos envía

y se lleva los ásperos inviernos.

Si el mal hoy nos aflige,

no ha de ser mal perpetuo.

No siempre tiende Apolo

el arco justiciero;

a veces con su lira,

a las Musas despierta con su canto.

Muéstrate en la desgracia

animoso y sereno.

Pero, prudentemente,

si es favorable el tiempo,

recoge algo las velas,

quizá de sobra hinchadas por el viento.

Odas. A Licinio (Libro II, X).

 

DICHOS Y ANÉCDOTAS DE LOS ANTIGUOS ROMANOS

 

«Los versos que lees en público, Fidentino, son míos; pero empiezan a ser tuyos cuando los recitas tan mal».

«Diaulo hasta hace poco médico, ahora es enterrador; lo que ahora éste hace aquél lo hacía antes».

«No hay lugar donde el romano pobre pueda gozar del silencio... Las risas del gentío me despiertan y tengo a Roma en mi cabecera».

«¿Por qué, Zoilo, ensucias el agua de los baños lavando tu trasero? ¿Quieres ensuciarla más todavía? ¡Mete tu cabeza!».

«Te quejas, Velox, de que mis epigramas son demasiado largos. Pero tú, no escribes nada; es hacerlos demasiado cortos».

«Me pides que te recite mis epigramas. No quiero hacerlo. Lo que deseas, Celer, no es oír, sino aprender a recitar.»

«Tu que arrugas el entrecejo y lees estos versos con disgusto, puedas, vil envidioso, envidiar a todo el mundo sin que nadie te envidie a ti.»

«En lo que lees de mí hay cosas mediocres, buenas y algunas malas; pero Avito, sólo así se hace un libro.»

MARCIAL

«En tres edades se divide la vida: la que fue, la que es, la que será.; la que vivimos es breve; la que viviremos, dudosa; la que hemos vivido, segura».

SÉNECA

«El que peca, peca contra sí mismo; el que comete una injusticia, contra sí mismo la comete, y así mismo se daña.»

«Muchas veces comete injusticia el que nada hace, no sólo el que hace algo.»

MARCO AURELIO

 

«Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando las virtudes eran posibles. Concierne a una madre que sólo tenía un hijo. Era alto, apuesto y hermoso y lo amaba como nunca una madre amó a su hijo. Un día el muchacho se enamoró. Entregó su corazón a una mujer tan hermosa como malvada. Pero ella, sin embargo, ni siquiera tuvo una mirada, ni siquiera un ademán, ni siquiera una expresión amable. Nada en absoluto. Por lo tanto, estaba loco por ella. Cuando tuvo una oportunidad, le dijo cuánto haría por ella, los palacios que construiría y las riquezas que amasaría. Como éstas eran cosas un tanto abstractas, ella respondió que no tenía interés en nada de eso. En cambio le pidió un regalo que estaba completamente al alcance de él. Pidió al joven que le llevase el corazón de su madre. Y el muchacho lo hizo. Tomó un cuchillo, lo hundió en el pecho de su madre y le arrancó el corazón. Luego, sonrojado de horror e intranquilidad por lo que había hecho, fue corriendo al bosque donde vivía esta joven perversa pero hermosa. Mientras corría tropezó con una raíz y cayó, y al caer se le escapó el corazón de las manos. Fue a recoger el precioso corazón con el que compraría el amor de una mujer, pero al agacharse oyó que el corazón le decía: "Hijo mío, hijo mío, ¿te lastimaste?".»

FÁBULA MORAL TRADICIONAL

 

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NOTA: las librerías de Buenos Aires más surtidas actualmente con muchos de estos títulos son las siguientes:

Prometeo: Av. Corrientes 1916.

Ghandi: Av. Corrientes 1743.

Losada: Av. Corrientes 1736.

Del Fondo: Av. Santa Fe 1685.

Yenny: Patio Bullrich, Av. Del Libertador 750.

Distal: Florida 738.

Las ferias de libros usados de Pacífico (Av. Santa Fe) y Parque Rivadavia suelen deparar sorpresas y buenos precios en títulos agotados.

 

Filmografía:

Julio César (Julius Caesar), EE.UU (1953). Director: Joseph L. Mankiewicz. Protagonistas: Marlon Brando (Marco Antonio), James Mason (Bruto), Louis Calhern (César), Sir John Gielgud, Edmund Purdom, George Macready, Edmond O’Brien. BN, 120 minutos.

Espartaco (Spartacus), EE.UU. (1960). Director: Stanley Kubrick. Protagonistas: Kirk Douglas (Spartaco), Sir Laurence Olivier (Craso), Peter Ustinov (Baciato, Charles Laughton (Graco), Varinia (Jean Simmons), Charles McGraw (Marcellus), Herbert Lom (Tigranes), John Gavin (César), Tony Curtis (Antoninus). Color, 184 minutos (Renacimiento Videocomunicación y Época Video Ediciones, Buenos Aires).

La caída del imperio romano (The Fall of the Roman Empire), EE.UU. (1964). Director: Anthony Mann. Protagonistas: Alec Guiness (Marco Aurelio), Christopher Plummer (Cómodo), Sophia Loren (Lucila), Stephen Boyd, James Mason, Omar Sharif, Anthony Quayle, Mel Ferrer. Color, 153 minutos.

Yo, Claudio (I, Claudius) Reino Unido (London Films, 1979). Director: Herbert Wise. Protagonistas: Derek Jacobi (Claudio), Briand Blessed (Augusto), Sian Phillips (Livia), Margaret Tyzack (Antonia), John Hurt (Calígula), Sheila White (Mesalina), George Baker (Tiberio)—miniserie en 13 capítulos de 50 minutos c/u basada en la novela (1934) de Robert Graves (1895-1985)—.

Gladiador (Gladiator), EE.UU. (1999). Director: Ridley Scott. Protagonistas: Russell Crowe (Elio Máximo), Joaquin Phoenix (Cómodo), Connie Nielsen (Lucila), Oliver Reed (Antonio Próximo), Richard Harris (Marco Aurelio), Derek Jacobi (Graco), y David Hemmings. Color, 145 minutos.

 

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