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LA CIVILIZACIÓN
ROMANA
Gloria y decadencia de un imperio
«La vida de los hombres más felices
amigo Marcial, es la que dices:
fortuna heredada y no adquirida,
la lar con fuego, la tierra agradecida,
ninguna cuestión, quieta la mente,
salud y buen vigor, poca la gente,
amigos pares y una gran simpleza;
contento el invitado en parca mesa,
beber poco en la noche, sin cuidado,
mujer que no es ligera y casta al lado;
un sueño que las tinieblas abrevia
y ser lo que se es, sin más porfía
sin desear ni temer el postrer día.»
MARCIAL
Dice Séneca, nacido en Córdoba a orillas del Baetis
(luego Guadalquivir): «La mayor parte de los mortales... se lamenta de la
mezquindad de la naturaleza porque nacemos para un lapso tan exiguo, porque el
espacio de tiempo que se nos otorga transcurre con tanta celeridad y rapidez
que, excepto a unos pocos, a los demás los abandona la vida en medio de los
mismos preparativos para la vida. Y no solo la turba y el imprudente vulgo se
han quejado de esta, así llamada, pública desgracia: ha suscitado también ese
sentimiento las lamentaciones de varones ilustres. De ahí proviene aquella
exclamación del más grande de los médicos: "El arte es largo, la vida es
breve".»
Esta verdad irrefutable del filósofo estoico nos
invita a reflexionar sobre las lógicas y enormes limitaciones humanas, por un
lado, y el permanente desafío del saber, por otro, que nos impele a buscar y
descubrir los infinitos caminos recorridos por las almas que nos precedieron,
las múltiples civilizaciones, tradiciones y culturas ancestrales.
El poeta arabo-persa Abu Nuwás (762-810), recomendó
a un coetáneo: «Di a quien pretenda una ciencia enciclopédica: Sabes algo,
pero muchas cosas se te escapan». Esto es muy cierto, pero algo que
jamás se nos debería escapar es el concepto de civilización.
En primer lugar, deberíamos entender que cada
civilización, en diversos grados, recibe estímulos y aportes diversos de otras
civilizaciones, e inevitablemente con el tiempo los modifica (no diversamente de
como hace con los propios, los indígenas), y los transforma hasta dar vida a
algo continuamente diverso y en ocasiones radicalmente nuevo.
La novedad, en suma, puede nacer, y a menudo nace,
de la transformación de cosas ya existentes; pero no por ello deja de ser
novedad. Infravalorar el peso de la cultura romana sobre la cultura europea,
sobre la base de que muchos aspectos de esta cultura son derivaciones griegas,
sería un grave error de perspectiva histórica.
Indiscutiblemente, la civilización romana absorbió
muchos aspectos de la cultura griega. Pero no los trasmite a sus sucesores tal y
como los había recibido, sin interpretarlos, repensarlos y reelaborarlos
creativamente.
Constatar la helenización de la cultura romana no
significa excluir que Roma haya aportado contribuciones originales (e
importantísimas) a la cultura sucesivamente transmitida a Europa. Algunos
importantes aspectos de la cultura europea, de derivación clásica son de hecho
típica e indiscutiblemente romanos. Son, podríamos decir, el producto indígena
de la cultura de Roma, nacido en esa ciudad, crecido en el Imperio que consiguió
dominar, y convertido en patrimonio de la moderna Europa: por ejemplo la ciencia
del derecho (sobre la que veremos algo más adelante).
No estamos de acuerdo con las nuevas teorías que
tratan de desmerecer los aportes de tal o cual civilización debido a que los
mismos pueden haber sido el resultado de influencias de otras tradiciones y
culturas. Por ejemplo, hace unos años Martin Bernal (Londres, 1937), con un
libro significativamente titulado Atenea Negra, cuya tesis de fondo está
sintetizada en el subtítulo Las raíces afroasiáticas de la civilización
clásica, nos trataba de convencer sobre que el llamado "milagro griego" —el
casi mágico florecer de las letras, las ciencias, las artes y el ideal
democrático—, no sólo no fue un milagro, sino que ni siquiera fue griego.
Las distintas civilización griegas (egea, jónica,
ateniense) se habrían apropiado de muchos aspectos de las civilizaciones
africanas (principalmente la egipcia) y de la de los fenicios, de raíz semítica.
Y los griegos, que lo sabían perfectamente, reconocían sin problemas su deuda
hacia Egipto y el vecino Oriente, como demuestra, entre otros, el hecho de que
según el mismo Heródoto la religión y otros importantes aspectos de la cultura
griega se derivaban de Egipto.
El mito de Grecia como patria de la civilización
occidental nace en el siglo XIX, cuando Europa no podía admitir que los negros o
los semitas hubieran jugado un papel en su historia. Los orígenes orientales
serán cancelados, en suma, con el fin de reforzar el mito ario y de secundar el
racismo, padre de la esclavitud. En aquella época y en aquel clima la pureza de
las estirpes greco-arias y la idea de la superioridad eran sostenidas como
baluartes contra la amenazadora cercanía de las clases inferiores, como muy bien
sugiere Bernal en su primer volumen (subtitulado "La invención de la Antigua
Grecia, 1785-1985").
El primer mérito de Bernal, sin lugar a dudas, es
el de haber puesto en evidencia las contribuciones de otras civilizaciones en el
florecer del esplendor ateniense y más en relación con la civilización griega,
en todas sus manifestaciones, entre las cuales se encuentran también la egipcia
y semítica, y no sólo por el préstamo de la escritura alfabética.
El segundo es el de haber denunciado el carácter
durante demasiado tiempo eurocéntrico de la historiografía occidental, que hoy
tiene efectivamente el deber de indagar con mayor objetividad la historia
antigua, valorando en su justa medida el aporte de las civilizaciones no
europeas.
Pero, por volver más cerca de nuestro problema, es
inveitable observar que, no obstante estos méritos, a la tesis de los orígenes
afrosiáticos de la cultura europea se puede contraponer la misma crítica de
fondo que habíamos utilizado con la tesis que ve a Roma como simple y mecánica
transmisora de una cultura ajena.
Ninguna cultura nace de la suma matemática de los
diversos elementos de que se compone. Los diversos elementos que la constituyen,
no permanecen nunca invariados, sino que son reelaborados al dar inevitablemente
vida a una forma nueva.
Cualquiera que haya sido la deuda de los clásicos
hacia otras civilizaciones, queda el hecho de que la pólis, la democracia y el
concepto de ciudadanía han nacido en Europa, y más específicamente, como es bien
sabido, en Grecia.
Es un hecho que, aunque otros pueblos (en
particular pueblos orientales) hayan registrado los hechos de su historia, la
historiografía ha nacido en Europa; y de nuevo, en Grecia. Como escribe Arnaldo
Momigliano: «típicamente griego es el comportamiento crítico hacia el registro
de los hechos, lo que es tanto como decir aptitud para el desarrollo de métodos
críticos que permitan distinguir entre hechos y fantasías. Por cuanto sabemos,
ninguna historiografía, antes de la griega, ha desarrollado estos métodos
críticos. Y nosotros hemos heredado el método griego».
No creemos que nadie ose acusar de eurocentrismo a
Momigliano; bastará aquí recordar su Alien Wisdom. The limits of
Hellenization (Sabiduría extranjera. Los límites de la helenización), una
obra maestra que revela el etnocentrismo de los griegos, su altivo y arrogante
rechazo de tomar en consideración cualquier cultura diversa de la propia. Y sin
embargo, reconoce que algo sucedió, y que por ello la civilizacion occidental
aparece fundada sobre una fusión —nacida en la edad helenística— de elementos
griegos, orientales y romanos.
La historia, como nos mostrado Momigliano, es «la
conciencia, la realidad del cambio».
En conclusión, si Europa, y en particular Grecia,
fue ciertamente deudora de la cultura oriental, ella fue con todo el lugar en
donde nació una cultura nueva y diferente. Y si desde luego fue Roma deudora de
la cultura griega, al mismo modo engrandeció esta cultura, enriqueciéndola y
entretejiéndola en su cultura originaria hasta dar vida a una cultura nueva y
diferente, en la cual conviven elementos (reelaborados) de origen griego y
elementos originales y únicos, entre los cuales, por ejemplo, se encuentra la
cultura jurídica.
EL LEGADO DE
ROMA
Roma ha legado una inmensa herencia a Europa, y a
través de ella, a todo el mundo occidental. De la literatura a la filosofía,
desde la retórica a la arquitectura, de la pintura al derecho, cada aspecto de
la cultura europea —en diversa medida en cada período y cada país— es deudor de
la cultura romana. Una de las herencias más evidentes está representada por su
lengua. La herencia, de hecho, presupone una muerte: pero en algunos países (más
exactamente en aquellos que hablan lenguas romances o neo-latinas) incluso se
podría afirmar que el latín no está de ningún modo muerto, sino que ha
continuado viviendo, transformándose y evolucionando, más allá de las
generaciones que sucesivamente lo han usado y reelaborado.
En los países que poseen un idioma romance, una
lengua de raíz latina, como el español, el italiano, el francés, el portugués,
el provenzal, el sardo o el ladino, es ésta la base común que persiste en los
lenguajes. E incluso esta raíz latina ha dejado importantes huellas en las
lenguas de raíz germánica, como el inglés, el alemán, el neerlandés, el danés,
el sueco, el noruego, el islandés y el frisón.
Estas lenguas, con frecuencia, para indicar un
concepto o una cosa, utilizan dos palabras distintas, una de origen germánico y
otra de derivación latina. Los ejemplos podrían ser muchísimos: puede pensarse,
por ejemplo, en el inglés, en las parejas legible-readable; identical-same;
royal-kingly; saint-holy; profound-deep; commence-begin;
pork-pig, etc.
Nuestro vocabulario cotidiano está plagado de
términos latinos: patria, padre, madre, justicia, libertad, república, pobreza,
fortuna, pueblo, cultura, patria potestad, honoris causa (causa de
honor), etc.
Roma está todavía presente en Europa y en América
Latina y deja sentir físicamente su voz, sus tradiciones, su jurisprudencia (del
latín iurisprudentia: ciencia del derecho) desde Escandinavia a la Tierra
del Fuego.
Los hombres que redactaron la Constitución de los
Estados Unidos de América conocían la historia de Roma y se vieron influidos por
ella. Palabras como "constitución", "república", "senado" y "capitolio" proceden
directamente de Roma, y el derecho romano ha influido en todo occidente. La
arquitectura clásica de los romanos renació en siglos recientes y se utilizó,
por ejemplo, en el diseño de la catedral de San Pablo en Londres y en el del
Capitolio de Washington.
CRONOLOGÍA
IMPERIAL
El Imperio es el período de la historia de Roma
caracterizado por un régimen político dominado por un emperador, que comprende
desde el momento en que Octavio recibió el título de augusto (27 a.C.) hasta la
disolución del Imperio romano de Occidente (476 d.C.).
Augusto y la dinastía Julia-Claudia
El Imperio sucedió a la República y Augusto, como
princeps (primer ciudadano) mantuvo la constitución republicana hasta el
año 23 a.C. en que el poder tribunicio y el imperium militar (o mando
supremo) fueron revestidos con la autoridad real. El Senado conservó el control
de Roma, la península Itálica y las provincias más romanizadas y pacíficas. Las
provincias fronterizas, donde fue preciso el acuartelamiento estable de
legiones, estaban gobernadas por legados, nombrados y controlados directamente
por Augusto. La corrupción y extorsión que habían caracterizado a la
administración provincial romana durante el último siglo de la República no fue
tolerada, de lo que se beneficiaron en especial las provincias.
Augusto introdujo numerosas reformas sociales,
entre ellas las que pretendían restaurar las tradiciones morales del pueblo
romano y la integridad del matrimonio; intentó combatir las costumbres
licenciosas de la época y recuperar los antiguos festivales religiosos.
Embelleció Roma con templos, basílicas y pórticos en lo que parecía el
nacimiento de una era de paz y prosperidad. Este período representa la
culminación de la edad de oro de la literatura latina, en la que destacan las
obras poéticas de Virgilio, Horacio y Ovidio, y la monumental obra en prosa de
Tito Livio Ab urbe condita.
Con el establecimiento de un sistema de gobierno
imperial, la historia de Roma se identificó en gran medida con los reinados de
cada uno de los emperadores. El emperador Tiberio, sucesor de su padrastro
Augusto desde el 14 d.C., competente gestor, fue objeto del descontento y de la
sospecha general; apoyándose en el poder militar, mantuvo en Roma a su Guardia
Pretoriana (las únicas tropas permitidas en la capital), siempre prestas a su
llamada. Fue sucedido por el tiránico y mentalmente inestable Calígula (37-41).
A su muerte el título imperial pasó a Claudio I,
cuyo mandato contempló la conquista de Britania y continuó las obras públicas y
las reformas administrativas iniciadas por César y Augusto.
Su hijo adoptivo Nerón inició su gobierno bajo el
sabio consejo y asesoramiento del filósofo Lucio Anneo Séneca y de Sexto Afranio
Burro, prefecto de la Guardia Pretoriana; sin embargo, sus posteriores excesos
de poder le condujeron a su derrocamiento y suicidio en el 68 d.C., lo que
supuso el fin de la dinastía Julia-Claudia.
Dinastías de los Flavios y los Antoninos (69-192)
Los breves
reinados de Galba, Otón y Vitelio entre los años 68 y 69 d.C. fueron seguidos
por el de Vespasiano, que junto a sus hijos, los emperadores Tito y Domiciano,
constituyen la dinastía de los Flavios (69-96). Resucitaron la sencillez de la
corte en los comienzos del Imperio e intentaron restaurar la autoridad del
Senado y promover el bienestar del pueblo.
Fue durante el reinado de Tito cuando se produjo la
erupción del Vesubio que devastó la zona al sur de Nápoles donde se encontraban
las ciudades de Herculano y Pompeya. Aunque la literatura floreció durante el
reinado de Domiciano, éste se convirtió en sus últimos años en una persona cruel
y un gobernante tiránico. Este período de terror sólo acabó con su asesinato.
Marco Coceyo Nerva (96-98) fue el primero de los
denominados ‘cinco buenos emperadores’ junto a Trajano, Adriano, Antonino Pío y
Marco Aurelio. Cada uno de ellos era elegido y adoptado legalmente por su
predecesor según su habilidad e integridad. Trajano llevó a cabo una campaña
contra los dacios, armenios y partos, permitiendo que el Imperio alcanzara su
mayor extensión territorial; también destacó por su excelente administración.
El escritor satírico Juvenal, el orador y escritor
Plinio el Joven y el historiador Tácito vivieron bajo el reinado de Trajano. Los
21 años de gobierno de Adriano también fueron un período de paz y prosperidad;
tras ceder algunos de los territorios más orientales, Adriano consolidó el resto
del Imperio y estabilizó sus fronteras. El reinado de su sucesor, Antonino Pío
se caracterizó igualmente por el orden y la paz.
Las incursiones de varios pueblos emigrantes sobre
diversas zonas del Imperio agitaron el reinado del siguiente emperador, el
filósofo estoico Marco Aurelio, que gobernó junto a Lucio Aurelio Vero hasta el
fallecimiento de este último. Marco Aurelio fue sucedido por su disoluto hijo
Lucio Aurelio Cómodo, considerado como uno de los más sanguinarios y licenciosos
tiranos de la historia. Fue asesinado en el 192 y con él finalizó la dinastía de
los Antoninos (96-192).
Decadencia y caída del Imperio
Los breves
reinados de Publio Helvio Pertinax (193) y Didio Severo Juliano fueron seguidos
por el de Lucio Septimio Severo (193-211), primer emperador de la breve dinastía
de los Severos. Los emperadores de este linaje fueron: Caracalla (211-217),
Publio Septimio Geta (211-212, compartiendo el primer año de reinado de su
hermano Caracalla), Heliogábalo (218-222) y Severo Alejandro (222-235). Septimio
Severo fue un hábil gobernante; Caracalla fue famoso por su brutalidad y
Heliogábalo por su corrupción. Caracalla otorgó en el año 212 la ciudadanía
romana a todos los hombres libres del Imperio romano a fin de poder grabarlos
con los impuestos a los que sólo estaban sometidos los ciudadanos. Severo
Alejandro destacó por su justicia y sabiduría.
El período posterior a la muerte de Severo
Alejandro (235) fue de gran confusión. De los 12 emperadores que gobernaron en
los 33 años siguientes, casi todos murieron violentamente, por lo general a
manos del Ejército, quien también los había entronizado. Los emperadores
ilirios, nativos de Dalmacia, lograron que se desarrollara un período breve de
paz y prosperidad.
Esta nueva dinastía incluyó a Claudio II el Gótico,
que rechazó a los godos, y Aureliano, quien entre el 270 y el 275 derrotó a los
godos, germanos y a la reina de Palmira, Septimia Zenobia, la cual había ocupado
Egipto y Asia Menor, restaurando la unidad del Imperio durante algún tiempo. A
Aureliano le siguieron una serie de emperadores relativamente insignificantes
hasta el ascenso al trono en el año 284 de Diocleciano.
Gobernante capaz, Diocleciano llevó a cabo un buen
número de reformas sociales, económicas y políticas: eliminó los privilegios
económicos y políticos que habían disfrutado Roma e Italia a costa de las
provincias, intentó regular la creciente inflación mediante el control de los
precios de los alimentos y de otros productos básicos, así como del salario
máximo de los trabajadores, instituyó un nuevo sistema de gobierno en el cual él
y Aurelio Valerio Maximiano compartieron el título de augusto, a fin de
establecer una administración más uniforme en todo el Imperio.
Sus poderes fueron reforzados por el nombramiento
de dos césares, Galerio y Constancio, instaurando así el régimen de la
tetrarquía (dos augustos y dos césares). Diocleciano controlaba Tracia, Egipto y
Asia, mientras que su césar Galerio gobernaba las provincias danubianas.
Maximiano administraba Italia y África y su césar Constancio, Hispania, la Galia
y Britania.
La tetrarquía creó una maquinaria administrativa
más sólida pero aumentó la ya enorme burocracia gubernamental con cuatro
sectores imperiales y sus correspondientes funcionarios, lo que supuso una
enorme carga financiera para los limitados recursos imperiales.
Diocleciano y Maximiano abdicaron en el 305 y
dejaron a los dos nuevos césares inmersos en una guerra civil, que no acabó
hasta la ascensión del hijo de Constancio, Constantino I el Grande en el 312.
Constantino, que había sido con anterioridad césar en Britania derrotó a sus
rivales en la lucha por el poder y reunificó el Imperio de Occidente bajo su
mando. Tras derrotar en el 324 a Licinio, emperador de Oriente, Constantino
quedó como único gobernante del mundo romano. Se convirtió al cristianismo, que
había hecho su aparición durante el reinado de Augusto y que, a pesar de las
numerosas persecuciones de que fue objeto, se había difundido durante el mandato
de los últimos emperadores y, a finales del siglo IV, se convirtió en la
religión oficial del Imperio.
Constantino estableció la capital en Bizancio,
ciudad reconstruida en el 330 y rebautizada con el nombre de Constantinopla
(actual Estambul). La muerte de Constantino (337) marcó el inicio de la guerra
civil entre los césares rivales, que continuó hasta que su único hijo vivo,
Constancio II reunificó el Imperio bajo su mando en el 351. Fue sucedido por
Juliano el Apóstata, conocido por tal nombre a causa de su renuncia al
cristianismo, y éste por Joviano (363-364).
A continuación el Imperio volvió a escindirse,
aunque bajo el reinado de Teodosio I estuvo unido por última vez tras la muerte
del emperador de Occidente Valentiniano II. Cuando falleció Teodosio (395), sus
dos hijos se repartieron el Imperio: Arcadio se convirtió en emperador de
Oriente (395-408) y Honorio en emperador de Occidente (395-423).
En el siglo V las provincias del Imperio romano de
Occidente se empobrecieron por los impuestos exigidos para el mantenimiento del
Ejército y de la burocracia; también a causa de la guerra civil y de las
invasiones de los pueblos germanos. Al principio la política conciliadora con
los invasores al nombrarles para cargos militares en el Ejército romano y
administrativos en el gobierno, tuvo éxito. No obstante, los pueblos invasores
del Este emprendieron gradualmente la conquista del Occidente y a finales del
siglo IV Alarico I, rey de los visigodos, ocupó Iliria y arrasó Grecia; en el
410 conquistó y saqueó Roma, pero murió poco después. Su sucesor Ataúlfo
(410-415) dirigió a los visigodos a la Galia y en el 419 el rey visigodo Valia
recibió autorización del emperador Honorio para asentarse en el suroeste de la
Galia, donde fundó un reino visigodo. En torno a estas fechas los vándalos,
suevos y alanos ya habían invadido Hispania, por lo que Honorio se vio obligado
a reconocer la autoridad de estos pueblos sobre esa provincia. Durante el
reinado de su sucesor, Valentiniano III, los vándalos, bajo el mando de
Genserico conquistaron Cartago, mientras que la Galia e Italia eran invadidas
por los hunos, encabezados por Atila. Éste marchó primero sobre la Galia pero
los visigodos, ya cristianizados y leales a Roma, le hicieron frente.
En el año 451 un ejército de romanos y visigodos,
mandado por Flavio Aecio, derrotó a los hunos en la batalla de los Campos
Cataláunicos. En el año siguiente Atila invadió Lombardía, pero no pudo seguir
avanzando hacia el sur y falleció en el año 453. En el 455, Valentiniano, último
miembro del linaje de Teodosio en Occidente, fue asesinado. En el período
comprendido entre su muerte y el año 476 el título de emperador de Occidente fue
ostentado por nueve gobernantes, aunque el auténtico poder en la sombra era el
general romano de origen suevo Ricimer, llamado también el ‘proclamador de
reyes’.
Rómulo Augústulo, último emperador de Occidente,
fue depuesto por el jefe de los hérulos Odoacro, a quien sus tropas proclamaron
rey de Italia en el año 476. El Imperio de Oriente, también llamado Imperio
Bizantino, perduraría hasta 1453.
NERÓN: DE
PIRÓMANO A BOMBERO
Según Lucien Jerphagnon, profesor emérito de
universidades y autor de las obras Histoire de la Rome: les armes et le mots
(Hachette, París, 1994) y Le Divin César: étude sur le pouvoir dans la
Rome impériale (Tallandier, París, 1991), no fue el emperador romano Nerón
quien le prendió fuego a Roma el 18 de julio del 64; es decir que el actor
británico de origen ruso Peter Ustinov (Londres 1921), en Quo vadis
cuando toma su lira para glosar el incendio de la capital del imperio y
compararlo al que arrasó Troya, está cantando una farsa.
El director de la película, el norteamericano
Mervin LeRoy se basó en los Anales de Publio Cornelio Tácito (55-120) y
la Vida de los doce Césares de Cayo Suetonio Tranquilo (69-140) y le
añadió algunos condimentos hollywoodenses: el emperador derrama lágrimas de
cocodrilo y las guarda en un gotero para que la posteridad pueda verificar su "incomensurable"
amor por la ciudad de las siete colinas. Todos estos historiadores latinos han
mentido, pues, descaradamente.
Pero no sólo han mentido, sino que además nos
ocultaron que Nerón, que estaba de vacaciones en su ciudad natal, Antium (la
actual Anzio), se apresuró a volver a Roma y dirigió con prodigalidad y acierto
la atención de los damnificados por la catástrofe que fue accidental.
Luego, eso sí, sintió la necesidad de explicarle a
la opinión pública lo sucedido, y los cristianos, por aquel entonces una muy
modesta secta oriental devota de un tal Jristós (en griego, Cristo), sirvieron
de chivo expiatorio. Y de ahí, de la crueldad con que se les persiguió por algo
que no habían hecho, nació la popularidad de la secta. Un primer gran triunfo de
las víctimas.
Aquí es necesario decir que la historia es una
ciencia, y a pesar de que haya muchos historiadores falsos y sus mentiras tengan
patas largas, eso no significa que no podamos distinguir la verdad de lo falso
si nos esforzamos por develar los engaños y enigmas de aquí y de allá. Hoy
todavía existen numerosos maestros, profesores y periodistas que se hacen eco de
las tramoyas armadas por cronistas inescrupulosos del pasado y reeditan mentiras
ancestrales en sus exposiciones.
Y así, por ejemplo, se sigue afirmando
gratuitamente que los musulmanes quemaron la biblioteca de Alejandría en 634,
cuando todo el mundo académico sabe perfectamente que ésta fue demolida por
orden de Teófilo Alejandrino (obispo de Alejandría entre 385-395) hacia 391,
celoso de los conocimientos de los antiguos griegos y latinos, y que no quedó
piedra sobre piedra.
Ahora bien, todos aquellos que estudian al mundo
romano antiguo saben que los incendios en Roma eran cosa corriente y que en
aquel verano del año 64 el fuerte viento atizó el fuego considerablemente y
fomentó que éste se expandiera en la metrópoli de un millón de habitantes: de
los catorce barrios capitalinos, siete fueron dañados por el fuego y tres
totalmente calcinados. "Sólo se salvaron el Esquilino, el Quirinal, el Janículo
y el Aventino". Las víctimas fueron numerosísimas, los daños fueron
incalculables y decenas de miles quedaron sin techo.
El voraz incendio duró nueve largos días con sus
noches, del 18 al 27 inclusive. La combustión se inició en el barrio de los
patricios y se propagó a los barrios plebeyos donde se incentivó notablemente
debido a que allí la madera predominaba sobre la piedra en las construcciones.
Los nostálgicos de la república romana con los
senadores a la cabeza estaban enojados con el carisma y el ingenio de Nerón
—político sagaz y culto— en consolidar el imperio fundado por Cayo Julio César
Octavio Augusto. Al desatarse el incendio vieron la oportunidad de acusar a
Nerón del desastre y sacárselo de encima.
La hipótesis que Tácito arguye en sus Anales
es que Nerón estaba enfermo de su sueño de megalómano y habría sacrificado la
Roma de sus ancestros en beneficio de una Nerópolis, una ciudad nueva que
testimoniaría su gloria personal en los siglos por venir.
Sin embargo, hay dos conceptos básicos que remarca
el profesor Jerphagnon. Primero: no hubo ningún beneficio para Nerón que se
quemara su nuevo palacio y sus queridísimas obras de arte con él. Segundo: los
barrios más aristocráticos y elegantes fueron los primeros en quemarse y además
en las barriadas obreras y más pobres Nerón era muy popular por su política de
caridad.
Nerón acusado por los senadores —desposeídos de sus
privilegios de antaño por orden imperial— de haber provocado el incendio por
estar afectado de piromanía, se vio acosado e incriminado.
Esta situación no podía durar: se necesitaban
culpables y no se tardó mucho en encontrarlos. Los informantes de Nerón
descubrieron que los ignotos partidarios de una secta de inmigrantes judíos
esperaban el fin del mundo para todos y mediante el fuego ("Yo he venido a
echar fuego en la tierra, ¿y que he de querer sino que arda?" Lucas 12-49).
Fue fácil entonces armar una acusación donde el emperador pudiese zafar de la
cuestión y no pasar por pirómano.
El Prof. Dr. José María Blázquez de la Real
Academia de la Historia de España concuerda con que Nerón no tuvo que nada que
ver con el incendio que fue "casual" y agrega: «Convertido en una "bestia
negra" por los historiadores, la figura del emperador romano Nerón presenta
también algunas luces: la reconstrucción racional de Roma y la defensa de las
letras y las artes».
LA
MÁQUINA MILITAR ROMANA
El ejército romano de fines de la república y
principios del imperio constaba generalmente de cuatro legiones, pero en casos
especiales podía aumentar en varias veces este número. Un legión normal se
componía de seis mil hombres organizados en diez cohortes de seiscientos hombres
cada una.
Cada cohorte a su vez disponía de tres manípulos de
doscientos hombres (dos centurias), divididos en triarii, príncipes y hastati:
un total de treinta manípulos y treinta centuriones con sus lugartenientes. Una
legión tenía sesenta centurias. Cada centuria tenía diez decurias a cargo, cada
una, de un decurión o suboficial.
Cada centurión elegía a un lugarteniente (optio),
así como a los demás jefes de centuria: un portaestandarte (signifer), un
corneta (cornicen) y un tesserarius, que cada noche recibía la
contraseña escrita en una tablilla (tessera). El primer centurión elegido
(primus pilus) de la legión era considerado como el de más alto rango.
Una legión estaba comandada por seis tribunos que
recibían las órdenes del cónsul. Cada legión contaba, además, con trescientos
jinetes, seleccionados entre el patriciado.
Como para tener un parámetro de la envergadura de
la máquina militar romana, hacia el año 68 d.C., el número de las legiones era
de 28 con un total aproximado de 168.000 infantes y 8.400 jinetes.
Por esa época, la ubicación de cada una de las
legiones y su denominación era la siguiente: 1. Legión II Augusta
en Gloucester (Inglaterra); 2. Legión IX Hispana en Lincoln
(Inglaterra); 3. Legión XX Valeria Victrix en las proximidades de
Shrewsbury (Inglaterra); 4. Legiones V Alaudae y XV
Primigenia en Xanten (Alemania); 5. Legión XVI Gallica en
Neuss (Alemania). 6. Legión I Germanica en Bonn (Alemania); 7.
Legiones IV Macedonia y XXII Primigenia en Maguncia
(Alemania); 8. Legión XXI Rapax en Windisch (Austria); 9. Legión
X Gemina en las proximidades de Bratislava (Eslovaquia); 10.
Legión XIII Gemina en las proximidades de Budapest (Hungría);
11-14. Legiones XI Claudia, VIII Augusta, III
Gallica y VII Claudia a lo largo de la ribera sur del
Danubio; 15. Legiones IV Scythica, XII Fulminata y
VI Ferrata en las proximidades de Antioquía (Siria); 16. Legiones
V Macedonica, X Fretensis y XV Apollinaris,
en Judea; 17. Legiones III Cyrenaica y XXII Deiotariana
en Alejandría (Egipto); 18. Legión III Augusta cerca de la
frontera entre Túnez y Argelia; 19. Legión VI Victrix en España;
20. Legión I Italica en Italia; 21. Legión XIV Gemina
en Lyon (Francia).
En la época de Marco Aurelio el ejército romano
alcanzó su máxima expansión con casi un cuarto de millón de efectivos (40
legiones). La ciudad de Roma tenía entonces más de un millón de habitantes y una
cuarta parte de la humanidad vivía y moría bajo los césares.
ARMINIO, EL
LIBERTADOR DE GERMANIA
Ya en el año 9 a.C., Augusto había casi conseguido
ampliar el imperio hasta el Elba. Sin embargo, la asimilación no fue completa,
pues los germanos seguían aspirando a la libertad y a las proezas guerreras.
Arminio (18 a.C.-19 d.C.), germano de nacimiento pero ciudadano romano, llevó a
cabo esas aspiraciones aniquilando las legiones enviadas para restablecer el
orden. Esa victoria conmovió hasta los cimientos del imperio, pues Roma renunció
a tener una provincia transrenana, y las consecuencias transtornaron el futuro
de Europa.
Los germanos eran, primordialmente, pastores
nómadas de carácter belicoso e indomable. Tácito, en su Germania, hace una
brillante descripción de sus fieros ojos azules, cabellera rubia y de su
corpulencia. Los romanos odiaban esa tierra «sombría por los bosques y fea y
manchada por las lagunas», pero la influencia romana se fue infiltrando y las
excavaciones muestran que hubo bastante comercio.
Todo comenzó en el 9 a.C. cuando el gobernador de
Germania, Publio Quintilio Varo, que se había casado con la sobrina nieta de
Augusto, estableció los campamentos de verano para sus tres legiones (de seis
mil hombres cada una) en territorio querusco. Dos legiones fueron dejadas tras
el Rin, Sus propios cuarteles avanzados estaban en la orilla occidental del
Weser. Varo se hizo muy amigo de los jefes queruscos, incluido Arminio, sin
darse cuenta de que Arminio conspiraba contra él. Algunos de los jefes trataron
de prevenir al gobernador de esa amenazadora perfidia, pero Varo fue convencido
para que concediera a los conspiradores destacamentos legionarios que le dijeron
necesitaban para guarnecer ciertos puestos y escoltar los convoyes de suministro
para el ejército romano. Además, cuando llegó el momento de que Varo se retirara
hacia el Rin para pasar el invierno, los conspiradores le convencieron para que
cambiara su ruta. Había proyectado regresar por la calzada militar a su
campamento de invierno en Vetera. Sin embargo, un falso informe acerca de un
levantamiento local le indujo a dar un rodeo por el Noroeste a través de una
dificultosa región boscosa. Los conspiradores vieron salir al principal ejército
de su campamento de verano, junto al Weser. Al despedirse de Varo, le pidieron
permiso para irse a unir a sus tribus con el fin de poder enviar hombres que
ayudaran a sofocar la revuelta que ellos habían fingido, y Varo se lo concedió.
La columna romana avanzaba lentamente. Iba muy
impedida con su voluminosos bagaje y gran número de mujeres, niños y sirvientes.
Según avanzaban por el dificultoso país, derribando árboles y haciendo senderos
y caminos sobre los pantanos, de repente les cayó encima una lluvia de dardos.
No cabía duda de lo que ocurría: los germanos atacaban. Los legionarios se veían
impedidos por el viento, la lluvia y el barro que siempre había hecho les
desagradara la Germania. Iban demasiado escaso de tropas auxiliares —caballería,
arqueros y honderos— para contestar eficazmente. Todo lo que podían hacer era
aferrarse a la esperanza de llegar a la fortaleza más próxima, Aliso, que venía
a estar cerca del río Lippe, quizá dos tercios del camino desde el Weser al Rin.
Se mantuvo la disciplina lo suficiente para plantar
un campamento en terrenos elevados para pasar la noche. Carretas e impedimenta
fueron quemadas o abandonadas, y a la mañana siguiente se reanudó la marcha. Las
tres legiones partieron en mejor orden por campo abierto, pero esto las hizo tan
vulnerables a los ataques germanos, que se vieron obligadas a volverse a
refugiar en el bosque. Allí pasaron un día terrorífico luchando entre
obstáculos. Sufrieron graves pérdidas, incluidas algunas que se infligieron a sí
mismos por la dificultad de distinguir a los enemigos de los amigos. Esa noche
se las arreglaron para apiñarse todos en otro campamento provisional, con una
fortificación totalmente inadecuada.
Cuando llegó la mañana, seguía lloviendo; soplaba
un viento cortante y vieron que los germanos recibían refuerzos. El jefe de la
caballería romana perdió la calma y se escapó con su regimiento, con la vana
esperanza de alcanzar el Rin. Varo fue herido y se dio cuenta de lo que le
harían los germanos si lo tomaban con vida. Para evitar tal destino, se suicidó.
Algunos miembros del estado mayor siguieron su ejemplo. Los dos generales que
quedaron al mando no sobrevivieron mucho. Uno de ellos ofreció equivocadamente
una capitulación que se convirtió en matanza (los germanos no tomaban
prisioneros en la guerra; su ley era vencer o morir); el otro cayó luchando
cuando los germanos entraron en el campamento. Excepto algunos legionarios que
escaparon amparados por la oscuridad de la noche (y gracias a quienes sabemos lo
que pasó), unos veinte mil soldados fueron muertos o capturados (y sacrificados
más tarde), más unos diez mil no combatientes, que incluían esclavos, mujeres,
niños, armeros, personal médico y comerciantes.
El desastre alteró a Augusto más que ninguna otra
cosa en su larga vida. El historiador romano Suetonio señaló que el emperador se
tomó el desastre tan a pecho que «siempre celebró el aniversario como un día de
profundo pesar» y «a menudo se golpeaba la cabeza contra una puerta y gritaba:
¡Varo, Varo, devuélveme mis legiones!». Tomó medidas enérgicas y destituyó a
todos los germanos y galos que había en su guardia personal.
Seis años después, otro jefe romano de la zona,
Julio César Germánico, concibió la idea —según su tío, el emperador Tiberio,
idea muy desmoralizadora— de ir con sus tropas a visitar el lugar de la batalla.
La ocasión inspiró a Tácito una de sus mejores páginas: «No lejos estaba el
bosque donde se decía que los restos de Varo y de sus legiones quedaron sin
sepultura. A Germánico le vino el deseo de tributar los últimos honores a Varo y
a sus soldados. Esta misma conmiseración se extendió a todo el ejército de
Germánico, pensando en sus parientes y amigos, en los azares de la guerra y en
el destino de los hombres.... En medio del campo blanqueaban los huesos,
separados o amontonados, según que habían huido o hecho frente. Junto a ellos
yacían restos de armas y miembros de caballos, y cabezas humanas estaban
clavadas en troncos de árboles. En los bosques cercanos había bárbaros altares,
junto a los cuales habían sacrificado a los tribunos y a los primeros
centuriones». Durante mucho tiempo el sitio donde el ejército romano fue
eliminado fue desconocido. Los modernos estudiosos del sangriento encuentro
propusieron más de 700 emplazamientos posibles. Luego, en 1987, undescubrimiento
por parte de un arqueólogo aficionado británico, Anthonny Clunn (halló 162
monedas romanas conocidas como denarios y tres bolas de plomo del tipo usado en
las hondas del ejército romano), y la posterior investigació a cargo de los
arqueólogos experimentados conducidos por Wolfgang Schlüter, condujo a una
prueba convincente de que la batalla tuvo lugar en el borde norte del bosque de
Teutoburgo (Teutoburger Wald), cerca de la moderna Osnabrück. Hoy día, allí se
levanta un monumento a Arminio, el ignoto pero valiente y sagaz líder germano.
En el año 14 d.C., cuando las legiones de Germánico
arremetieron furiosamente contra los queruscos, la mujer de Arminio cayó en
manos de los romanos y aunque Arminio fue instado por su hermano a que
colaborara con los invasores latinos, él se negó. Y se entabló una gran batalla
entre Arminio y los romanos en Idistaviso, probablemnete cerca de Minen.
Germánico proclamó que la victoria era suya, aunque sus legiones y las tropas
auxiliares tuvieron que retirarse. Pero los germanos en modo alguno quedaron
sometidos. Tácito tenía razón al llamar Arminio el hombre que libertó Germania.
Gracias a su extraordinaria habilidad y a su valentía, los romanos quedaron
excluidos para siempre de la Germania allende el Rin.
PAX ROMANA: LA
GLOBALIZACIÓN DEL VIEJO ORDEN
El mayor monumento a la ingeniosidad del ejército
romano y sus industriosos soldados trepa y desciende por encima de los páramos
barridos por el viento, extendiéndose a través del cuello de Britania como el
cuerpo de una gigantesca serpiente de piedra. Se trata del Muro de Adriano,
llamado así por el emperador que ordenó su construcción el 122 d.C. Construido
por las tropas de Adriano, se extendía unos 117 kilómetros desde el estuario del
río Tyne hasta el mar de Irlanda. Hoy los restos del muro propiamente dicho no
se alzan más de 3 metros por encima del nivel del suelo. En toda su longitud, a
intervalos de una milla romana, 1.481 metros, se alzaban pequeños fuertes hoy
conocidos como castillos de milla, que albergaban guarniciones de hasta 32
hombres. Sorprendentemente tres legiones romanas, cada una con una fuerza
nominal de unos seis mil hombres, completaron la construcción de la mayor parte
de esta fortificación en sólo tres años.
Los romanos —que llamaban a los nativos picti,
"hombres pintados"— tropezaron con una oposición feroz e inclaudicable. Durante
la gobernación de Cneo Julio Agrícola, un dirigente de los pictos o escotos, al
que los romanos llamaban Calgacus, reunió unos treinta mil hombres, un ejército
considerable, aunque no suficiente para enfrentarse a la maquinaria de guerra
romana. Aún así, los romanos respetaron la habilidad de su enemigo tanto como
para que el historiador Tácito atribuyera a Calgacus el sentimiento antirromano
de la época.
La arenga del jefe caledonio, más allá de los
adornos retóricos atribuidos al historiador latino, constituyen una semblanza
que nos puede llegar a parecer muy familiar si la contrastamos con los efectos
producidos por la rapiña colonialista de los siglos XVIII, XIX y XX:
«Saqueadores del mundo, cuando les faltan tierras para su sistemático pillaje,
dirigen sus ojos escrutadores al mar. Si el enemigo es rico, se muestran
codiciosos; si es pobre, despóticos; ni el Oriente ni el Occidente han
conseguido saciarlos; son los únicos que codician con igual ansia las riquezas y
la pobreza. A robar, asesinar y asaltar llaman con falso nombre imperio, y paz
al sembrar la desolación... Los britanos, a las órdenes de una mujer, fueron
capaces de quemar una colonia, de tomar un campamento y, si su buena estrella no
los hubiera vuelto negligentes, incluso sacudirse el yugo definitivamente...
¿Creéis que los romanos conservan en la guerra un coraje parejo a su desenfreno
en la paz? Famosos gracias a nuestras desavenencias y discordias, convierten los
defectos de los enemigos en gloria para su ejército. Ejército al que, reclutado
entre pueblos muy diversos, las circunstancias favorables lo mantienen unido y
al que, por tanto, las adversas lo disolverán, a no ser que penséis que los
galos, los germanos y (vergüenza me da decirlo) muchos de los britanos, aunque
presten su sangre a la tiranía extranjera, frente a la que, en cambio, han sido
por más tiempo enemigos que esclavos, estén unidos a ella por lazos de fidelidad
y adhesión. El miedo y el terror son débiles vínculos de amistad: cuando se
consigue alejarlos, empiezan a odiar quienes han dejado de temer... En las
propias líneas de los enemigos encontraremos ayuda: los britanos reconocerán su
causa, los galos recordarán su libertad anterior, los demás germanos los
abandonarán como hace poco tiempo lo hicieron los úsipos, y ya no hay motivos de
temor... entre los que obedecen mal y los que mandan injustamente. Aquí hay un
jefe y un ejército; allí, tributos, minas y demás castigos propios de esclavos.
Si vamos a sufrirlos para siempre o vengarlos al punto, se va a decidir en esta
llanura. Así que, cuando entréis en combate, pensad en vuestros antepasados y
descendientes» (Cornelio Tácito: Agrícola, Gredos, Barcelona, 1988, págs.
80-83).
Uno de los jefes guerreros de Britania, llamado por
los romanos Caratacus, lideró los ejércitos de guerrillas en las montañas y
colinas de Gales hasta el año 50 d.C., en que fue apresado y llevado encadenado
a Roma. Allá fue finalmente tratado como un digno adversario y se le permitió
recorrer la gran ciudad. Impresionado con «la magnitud y el esplendor de las
casas», escribió el historiador Petrus Patricius, Caratacus exclamó: «¿Por qué,
tú que tienes tantas y tan espléndidas posesiones, ansías nuestras humildes
tiendas».
PAN Y CIRCO:
LA CRUELDAD ROMANA EN LOS ANFITEATROS
El Coliseo, uno de los edificios más hermosos de la
antigua Roma todavía en pie, es asimismo un edificio con una de las historias
más sanguinarias. En el año 72, el emperador romano Vespasiano ordenó construir
el Coliseo como estadio donde representar grandes espectáculos. Quería lucir las
cualidades militares del valor y la resistencia, tan admiradas por los romanos,
así como ofrecer un entretenimento para la plebe y mantenerla, de este modo,
alejada de la política y de problemas cotidianos como la pobreza, los incendios
y el hacinamiento. Con una increíble fuerza de trabajo basada en esclavos y un
sistema de andamiaje móvil, la construcción del Coliseo duró unos diez años.
Tenía una capacidad de 45.000 espectadores sentados y 5.000 de pie. Es una
enorme estructura oval. Su nombre proviene de la palabra latina colosseus,
que significa gigantesco. Mide 49 metros de altura y su perímetro exterior es de
casi 537 metros.
Bajo el suelo de la Arena había un verdadero
laberinto subterráneo, una red de jaulas de animales, habitaciones para los
gladiadores, celdas para los criminales y rampas que conducían a los diferentes
niveles. Ascensores accionados mediante poleas transportaban los animales
enjaulados hasta la Arena tras cruzar una trampilla.
Los espectáculos se realizaban en el centro del
edificio, la Arena. Sobre una base de madera se esparcía arena hasta cubrirla
totalmente, y absorber con ella la sangre derramada.
La
batalla naval
Uno de los
acontecimientos más espectaculares representado en el Coliseo era el simulacro
de una batalla naval. Se retiraba el suelo y se llenaba con agua drenada de un
lago vecino. Los gladiadores luchaban desde barcos o en el agua. Hasta 100
barcos y 19.000 hombres participaban en esta pretendida batalla. En una de estas
naumaquias, en el estanque del circo Flaminio, en un día les fue cortada la
cabeza a una treintena de cocodrilos.
Los
gladiadores
Los gladiadores (del latín gladius, espada
corta, portador de ésta) aprendían a morir igual que aprendían a luchar. No
había nada que contara tanto a los ojos del público romano como esa aptitud para
mostrarse ante la muerte dueño y señor del más mínimo gesto: si algún gladiador
no la poseía, era una vergüenza, no sólo para él, sino para toda la comunidad,
que lo condenaba como una afrenta y un envilecimiento: «Odiamos —dice Cicerón— a
los gladiadores, débiles y suplicantes que, con las manos extendidas, nos
suplican que les permitamos vivir». Cicerón era también aquél que llamaba a las
herramientas comunes (armas, utensilios, etc.) instrumentum mutum
(instrumentos mudos), a los animales domésticos (vacas, perros, caballos)
instrumentum semi-vocale y a los esclavos (entre los que estaban
comprendidos los gladiadores) instrumentum vocale (instrumentos con voz).
Había muchos tipos de gladiadores, con sus diversos
oficios, habilidades e infortunios. Los equites, o caballeros, los
dimachaerus, que luchaban sin escudo, los laqueatarios, que usaban un
lazo, los secutores, los hoplomacos, los scissores, los sagittarius, que
luchaban con arcos, los samnitas, los tracios, los mirmilones, los esedarios,
los reciarios, que utilizaban el tridente y la red, etc. Los andábatas se
enfrentaban a ciegas, con la cabeza cubierta con un casco sin visera, éstos no
sólo debían ser buenos gladiadores sino también "buenos ciegos".
Panem et circenses
El Imperio hizo de la plebe el instrumento de
dominio definido claramente por Juvenal, cuyas palabras panem et circenses
se han hecho célebres. El pan, naturalmente, implicaba los espectáculos: desde
el momento en que el ocio era "oficializado", había que dar a la plebe aquellas
distracciones sin las cuales se hubiera hallado en un estado de disponibilidad
peligroso para el poder totalitario que acababa de instaurarse. Era cosa sabida
que cuanto más se desgañitaba el pueblo en el circo, menos fuerza tenía su voz
en las asambleas. El objetivo imperial era claro: una masa despolitizada
facilita el gobierno y consolida el poder absoluto y arbitrario.
Los juegos eran numerosos y podían durar varias
semanas seguidas. Por ejemplo, los Juegos Romanos (Ludi Romani o Ludi
Magni) podían durar dieciséis días corridos.
El Circo Máximo de Roma tenía una capacidad para
doscientos o doscientos cincuenta mil espectadores, ávidos de las carreras de
carros.
LA
POESÍA DE HORACIO
Quinto Horacio Flaco nació en diciembre del año 65
a.C., hijo de un liberto, en Venusia (hoy Venosa Apulia, Italia). Estudió en
Roma y Atenas filosofía griega y poesía en la Academia. Fue nombrado tribuno
militar por Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de Julio César. Luchó en el
lado del ejército republicano que cayó derrotado por Marco Antonioy Octavio
(después Augusto) en Filipos. Gracias a una amnistía general volvió a Roma y
rechazó el cargo de secretario personal de Augusto para dedicarse a escribir
poesía. Cuando el poeta laureado Virgilio conoció sus poemas, hacia el año 38
a.C., le presentó al estadista Cayo Mecenas (74-8 a.C.), un patrocinador de las
artes y amigo de Octavio, que le introdujo en los círculos literarios y
políticos de Roma, y en 33 a.C. le entregó una propiedad en las colinas de
Sabina donde se retiró a escribir y pensar. Horacio, uno de los grandes poetas
de Roma, escribió obras de cuatro tipos: sátiras, épodos, odas y epístolas. En
ellas pone de manifiesto su herencia de la poesía lírica griega y predica la
paz, el patriotismo, el amor, la amistad, los placeres del campo y la sencillez.
Estas obras no eran totalmente políticas y de hecho incorporan bastante
mitología griega y romana. Se nota la influencia de Píndaro y son famosas por su
ritmo, ironía y refinamiento. Fueron muy imitadas por poetas renacentistas
europeos. Horacio murió en Roma el 27 de noviembre del año 8 a.C.
A mí la hiedra, galardón de doctos
me hace sentirme de los dioses cerca;
y me aparta del vulgo el fresco bosque
en que Ninfas y Sátiros alternan,
si Euterpe de su flauta o Polimnia
los sones de su lira no me niegan.
Cuéntame tú entre los vates líricos,
y tocarán mi frente las estrellas.
Odas. A Mecenas (Libro I, I).
Bastan mi sustento
unas verdes olivas,
un poco de achicoria y unas malvas
por el campo cogidas.
¡Oh Apolo! Esto te pido:
que me dejes gozar mi medianía;
salud, juicio sereno
hasta el fin de la vida,
y una vejez ni torpe ni privada
del cántico y la lira.
Odas. A Apolo (Libro I, XXXI)
Nueva suerte, el que tiene
bien templado el pecho,
teme en días felices
y espera en los adversos.
Júpiter nos envía
y se lleva los ásperos inviernos.
Si el mal hoy nos aflige,
no ha de ser mal perpetuo.
No siempre tiende Apolo
el arco justiciero;
a veces con su lira,
a las Musas despierta con su canto.
Muéstrate en la desgracia
animoso y sereno.
Pero, prudentemente,
si es favorable el tiempo,
recoge algo las velas,
quizá de sobra hinchadas por el viento.
Odas. A Licinio (Libro II, X).
DICHOS Y
ANÉCDOTAS DE LOS ANTIGUOS ROMANOS
«Los versos que lees en público, Fidentino, son
míos; pero empiezan a ser tuyos cuando los recitas tan mal».
«Diaulo hasta hace poco médico, ahora es
enterrador; lo que ahora éste hace aquél lo hacía antes».
«No hay lugar donde el romano pobre pueda gozar del
silencio... Las risas del gentío me despiertan y tengo a Roma en mi cabecera».
«¿Por qué, Zoilo, ensucias el agua de los baños
lavando tu trasero? ¿Quieres ensuciarla más todavía? ¡Mete tu cabeza!».
«Te quejas, Velox, de que mis epigramas son
demasiado largos. Pero tú, no escribes nada; es hacerlos demasiado cortos».
«Me pides que te recite mis epigramas. No quiero
hacerlo. Lo que deseas, Celer, no es oír, sino aprender a recitar.»
«Tu que arrugas el entrecejo y lees estos versos
con disgusto, puedas, vil envidioso, envidiar a todo el mundo sin que nadie te
envidie a ti.»
«En lo que lees de mí hay cosas mediocres, buenas y
algunas malas; pero Avito, sólo así se hace un libro.»
MARCIAL
«En tres edades se divide la vida: la que fue, la
que es, la que será.; la que vivimos es breve; la que viviremos, dudosa; la que
hemos vivido, segura».
SÉNECA
«El que peca, peca contra sí mismo; el que comete
una injusticia, contra sí mismo la comete, y así mismo se daña.»
«Muchas veces comete injusticia el que nada hace,
no sólo el que hace algo.»
MARCO AURELIO
«Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando las
virtudes eran posibles. Concierne a una madre que sólo tenía un hijo. Era alto,
apuesto y hermoso y lo amaba como nunca una madre amó a su hijo. Un día el
muchacho se enamoró. Entregó su corazón a una mujer tan hermosa como malvada.
Pero ella, sin embargo, ni siquiera tuvo una mirada, ni siquiera un ademán, ni
siquiera una expresión amable. Nada en absoluto. Por lo tanto, estaba loco por
ella. Cuando tuvo una oportunidad, le dijo cuánto haría por ella, los palacios
que construiría y las riquezas que amasaría. Como éstas eran cosas un tanto
abstractas, ella respondió que no tenía interés en nada de eso. En cambio le
pidió un regalo que estaba completamente al alcance de él. Pidió al joven que le
llevase el corazón de su madre. Y el muchacho lo hizo. Tomó un cuchillo, lo
hundió en el pecho de su madre y le arrancó el corazón. Luego, sonrojado de
horror e intranquilidad por lo que había hecho, fue corriendo al bosque donde
vivía esta joven perversa pero hermosa. Mientras corría tropezó con una raíz y
cayó, y al caer se le escapó el corazón de las manos. Fue a recoger el precioso
corazón con el que compraría el amor de una mujer, pero al agacharse oyó que el
corazón le decía: "Hijo mío, hijo mío, ¿te lastimaste?".»
FÁBULA MORAL TRADICIONAL
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actualmente con muchos de estos títulos son las siguientes:
Prometeo: Av. Corrientes 1916.
Ghandi: Av. Corrientes 1743.
Losada: Av. Corrientes 1736.
Del Fondo: Av. Santa Fe 1685.
Yenny: Patio Bullrich, Av. Del Libertador 750.
Distal: Florida 738.
Las ferias de libros usados de Pacífico (Av. Santa
Fe) y Parque Rivadavia suelen deparar sorpresas y buenos precios en títulos
agotados.
Filmografía:
Julio César (Julius Caesar), EE.UU
(1953). Director: Joseph L. Mankiewicz. Protagonistas: Marlon Brando (Marco
Antonio), James Mason (Bruto), Louis Calhern (César), Sir John Gielgud, Edmund
Purdom, George Macready, Edmond O’Brien. BN, 120 minutos.
Espartaco (Spartacus), EE.UU. (1960).
Director: Stanley Kubrick. Protagonistas: Kirk Douglas (Spartaco), Sir Laurence
Olivier (Craso), Peter Ustinov (Baciato, Charles Laughton (Graco), Varinia (Jean
Simmons), Charles McGraw (Marcellus), Herbert Lom (Tigranes), John Gavin
(César), Tony Curtis (Antoninus). Color, 184 minutos (Renacimiento
Videocomunicación y Época Video Ediciones, Buenos Aires).
La caída del imperio romano (The Fall of the
Roman Empire), EE.UU. (1964). Director: Anthony Mann. Protagonistas: Alec
Guiness (Marco Aurelio), Christopher Plummer (Cómodo), Sophia Loren (Lucila),
Stephen Boyd, James Mason, Omar Sharif, Anthony Quayle, Mel Ferrer. Color, 153
minutos.
Yo, Claudio (I, Claudius) Reino Unido (London
Films, 1979). Director: Herbert Wise. Protagonistas: Derek Jacobi (Claudio),
Briand Blessed (Augusto), Sian Phillips (Livia), Margaret Tyzack (Antonia), John
Hurt (Calígula), Sheila White (Mesalina), George Baker (Tiberio)—miniserie en 13
capítulos de 50 minutos c/u basada en la novela (1934) de Robert Graves
(1895-1985)—.
Gladiador (Gladiator), EE.UU. (1999).
Director: Ridley Scott. Protagonistas: Russell Crowe (Elio Máximo), Joaquin
Phoenix (Cómodo), Connie Nielsen (Lucila), Oliver Reed (Antonio Próximo),
Richard Harris (Marco Aurelio), Derek Jacobi (Graco), y David Hemmings. Color,
145 minutos. |
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