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LA CIVILIZACIÓN DE ROMA
Desde los orígenes hasta la república
El universo de la Italia Prerromana es inmenso
e involucra a numerosas culturas de las que muy poco sabemos. Desde la Edad del
Bronce (3000 a.C.) pueblos de origen desconocido se fueron asentando en la
península itálica dando origen a multifacéticas civilizaciones y a las llamadas
lenguas itálicas.
Las lenguas itálicas son una subdivisión de
las lenguas indoeuropeas, que, entendida en un sentido amplio, es una subfamilia
en la que se incluye el latín, sus lenguas derivadas, las lenguas románicas, y
algunas otras lenguas que se hablaron en la Italia prelatina. (En un sentido más
restrictivo, algunos textos reservan esta denominación para aplicarla únicamente
a las lenguas antiguas). Se clasifican en tres grandes ramas, íntimamente
relacionadas en cuanto a su sistema fonético, pero claramente diferenciadas en
los demás aspectos gramaticales. Algunas escuelas lingüísticas las consideran
independientes de las subfamilias indoeuropeas, dado que presentan rasgos
contrapuestos; aunque existe toda una tradición generalmente aceptada por la que
se les asigna la condición de ramas de una sola subfamilia. Esas tres grandes
ramas son: (1) la latino-falisca formada por el latín (lengua del Latium —Lacio—
región del centro de Italia que comprende Roma y el río Tíber) y el falisco,
relacionada con el latín y documentada en una serie de inscripciones que se
encontraron en un área relativamente pequeña, entre el territorio del Lacio y
Etruria; (2) el osco-umbro grupo de lenguas desaparecidas que se hablaron en un
territorio bastante extenso de la península; contaba con dos miembros
principales, el osco y el umbro; (3) el véneto, lengua nororiental que se
conserva en algunas inscripciones encontradas en el área comprendida entre el
río Po y la península de Istria. A partir de los últimos estudios realizados,
esta lengua no suele incluirse en el conjunto de las itálicas.
Es preciso tener en cuenta que esta
denominación abarca sólo una parte de los idiomas que se hablaron en Italia en
tiempos remotos. Los datos que se poseen, proceden de fuentes romanas y griegas,
inscripciones en su mayoría. En Italia el uso generalizado del latín fue
paulatino, a lo largo de todo el tiempo que duró la expansión territorial del
pueblo romano. Por consiguiente, en la época prehistórica, e incluso en los
primeros tiempos de la clásica, los hablantes de otras lenguas itálicas y no
itálicas constituían la mayoría de la población. Entre las que no pertenecen al
grupo itálico la etrusca fue la dominante en el occidente de Italia y norte del
Lacio; la gala, lengua celta, se habló en el noroeste; la mesapia, que se habló
en lo que vulgarmente se conoce por la punta de la bota de la península Itálica,
en la Apulia, y que parece estar relacionada con la iliria indoeuropea de los
Balcanes; la griega, que se adoptó por las colonias griegas situadas en Sicilia
y el sur de Italia. En torno al primer siglo de nuestra era, el latín era el
idioma que se hablaba desde los Alpes hasta Sicilia y había sustituido por
entonces a cuantas lenguas se emplearan con anterioridad.
Del conjunto itálico, el latín es la única
lengua que se conoce perfectamente gracias a la literatura y a las muchas
inscripciones que se conservan en esta lengua. El osco y el umbro están
razonablemente bien documentados en las inscripciones: muchas tribus de la
Italia central y meridional hablaron osco, como los samnitas y puede que los
sabinos; se han encontrado escritos en osco en Pompeya y Capua (hoy llamada
Santa María Capua Vetere). La otra lengua relacionada con este idioma fue el
umbro que se usó en la Italia central; está bien documentada gracias las tablas
Igúbicas: siete estelas de bronce encontradas en Gubbio, que contienen
inscripciones de carácter religioso y son de las más extensas que existen en una
lengua muerta.
La
civilización de los nuraghi
La civilización
de los nuraghi o nuragos es uno de los mil enigmas de la Italia Prerromana. La
cultura nurágica de Cerdeña abarca los siglos que van desde la mitad del segundo
milenio a.C. hasta la invasión de los cartagineses, siglo VI.a.C, con pocas
evidencias de una verdadera ruptura en su continuidad. El aislamiento de Cerdeña
y el carácter inaccesible de gran parte del territorio interior para los
visitantes eventuales —ya fuese en tiempos antiguos o en los actuales— explican
éste y otros aspectos de la vida sarda. Apartado de la ebullición de la
península, el pueblo nurágico pudo conservar su propia identidad. A través de
los siglos, desarrollaron una portentosa arquitectura caracterizada por enormes
fortalezas de piedra y las torres conocidas como nuragas, monumentos aún
visibles.
Otros pueblos que destacaron por su
civilización en la Península Itálica en épocas prerromanas fueron los réticos,
sítulos, los ligures y los vénetos, en el norte, los picenios y umbros en el
centro, los oscos y mesapios, en el sur, y los sículos o sicanios en la isla de
Sicilia.
LA CIVILIZACIÓN DE
LOS ETRUSCOS
Hoy día todavía no sabemos de dónde vinieron
los etruscos. Algunos afirman que llegaron del Asia Menor, pero son meras
hipótesis. Diez mil hallazgos de escrituras no nos han permitido todavía
hacerlas legibles, y uno de sus testimonios principales, unas vendas de lino de
la llamada "momia egipcia de Zagreb" (Croacia), es el mayor enigma. ¿Cómo
llegaron los caracteres etruscos hasta la momia? El texto tiene unas 1.300
palabras de extensión y originalmente era un libro de tela (Liber Linteus),
que durante la ocupación romana de Egipto fue convertido en hilas y usado para
vendar el cuerpo momificado de una mujer. Un viajero compró esa momia en Egipto
(el lugar del descubrimiento se desconoce) y la regaló al Museo Nacional de
Zagreb, donde la inscripción se identificó como etrusca.
Sabemos algunas cosas de los etruscos: que
eran ricos y que vivían espléndidamente, que su poderío llegó algún día desde el
río Po hasta Nápoles. Eran latifundistas al por mayor y tenían una industria de
los metales muy desarrollada. Eran maestros en materia de acueductos y
fortificaciones, y de saneamiento y cultivo de pantanos.
Llegaron a dominar, con Cartago, el
Mediterráneo occidental, pero por muy poco tiempo, No eran pacifistas, pero les
faltó la férrea voluntad de victoria que haría invencibles a los romanos.
Habitantes ya en el siglo VIII. A.C. de asentamientos grandes y muy ricos
supieron unificarse en un estado de gran cohesión.
Quinientos años después fueron vencidos,
aniquilados y absorbidos por celtas, griegos y romanos, Incluso se borró
sistemáticamnete su recuerdo. Los romanos hicieron lo imposible por olvidar que
Roma no toma su nombre de Rómulo ni fue fundada por Eneas, sino por los
etruscos; que le dieron varios de sus primeros reyes, así como cantidad de
instituciones: la toga, el trono, los lictores, disciplinas mágicas (como la
ornitomancia, o lectura del futuro en las entrañas de las aves), la
arquitectura, el módulo urbano y muchas cosas más.
Eran muy respetados y los pueblos vecinos
enviaban a los hijos de nobles a Caere. Pero también se los odiaba e infamaba,
porque, en palabras de un autor griego, no eran como los demás pueblos de Italia
«ni en idioma ni en tipos». Extraviados de la sociedad de entonces, empezando
por el trato igualitario que daban a las mujeres, desconocido en la Antigüedad,
por su extraño culto a los muertos y su creencia, casi fatalista, en la próxima
ruina de su pueblo.
Ese pueblo, todavía tan enigmático, nos ha
legado miles de sepulcros, llenos de exquisitos objetos ornamnetales y un sinfin
de objetos de la vida cotidiana, con figuras y grupos de figuras de barro junto
a unos murales famosísimos en colores apagados: banquetes y flautistas,
pescadores con delfines que saltan e hileras de aves. Antes se las tenía por
representaciones del más allá, pero hoy sabemos que las acogedoras criptas son
reproducción de las mansiones en que vivían: las urnas cinéreas representan sus
palacios; las pinturas, su vida cotidiana y sus fiestas. Cuadros en que se
introdujeron cada vez más escenas de despedida y representaciones de un más allá
con demonios alados. Era lo que sus sacerdotes no cesaban de recordarles: un
ocaso cercano, un paso a otro mundo.
Etruria probablemente abarcaba toda Italia,
desde los Alpes hasta el Lacio. Su nombre es la versión latina del nombre griego
Tirreno o Tyrsenia; los antiguos romanos llamaron a sus pobladores
etrusci o tusci, de los cuales se deriva el nombre de la actual
región italiana de Toscana, cuyos límites coincidieron aproximadamente con los
de la original región de Etruria.
El historiador griego Heródoto mantenía que
los etruscos procedían de Lidia, una antigua región situada en el oeste de Asia
Menor. El historiador romano Tito Livio y el historiador griego Polibio estaban
de acuerdo con Heródoto, al igual que los poetas romanos Publio Papinio Estacio
y Tiberio Catio Silio Itálico. Dionisio de Halicarnaso, antiguo historiador
griego de la época del emperador Augusto, tenía una opinión diferente: mantenía
que los etruscos eran una raza indígena itálica.
Algunos descubrimientos arqueológicos han
vertido mucha luz sobre los primeros tiempos de la historia etrusca. Ahora se
está de acuerdo en que los primeros asentamientos de Etruria se hallaban a lo
largo de las tierras bajas y pantanosas en la costa de Toscana. Los primeros
asentamientos permanentes, Vetulonia y Tarquinii (Tarquinia), probablemente
datan de finales del siglo IX a.C. En aquel nivel de las excavaciones, se
encontraron nuevos tipos de sepulcros, muy diferentes de las primeras
estructuras sepulcrales de la región, que contenían grandes cantidades de
artículos de otras regiones (ámbar, plata, oro y trabajos egipcios de gemas) no
encontrados en las tumbas más antiguas. El carácter de su arte y muchos rasgos
distintivos de su religión aclaran que los primeros etruscos eran un pueblo
oriental o de Oriente Próximo. Por tanto, la conclusión de la mayoría de los
arqueólogos es que los etruscos emigraron desde una región de Asia Menor, aunque
no precisamente de Lidia, como supuso Heródoto, sino probablemente de algún
lugar entre Siria y Helesponto (Dardanelos).
Cronología
tirrena
Desde tiempos remotos, la sociedad etrusca
estuvo dominada por una aristocracia sólidamente aferrada que ejerció un
estricto control político, militar, económico y religioso. Hacia el siglo VI
a.C. varias ciudades-estado, incluidas Tarquinia y Veyes, dominaban sus regiones
geográficas respectivas y enviaban sus colonos a las áreas adyacentes. Algunos
de sus líderes, incluidos los semilegendarios reyes etruscos de Roma, como los
Tarquinos (Lucio Tarquino Prisco y Lucio Tarquino el Soberbio), quizá alcanzaran
su posición porque eran expertos guerreros. Continuamente aliaban sus ciudades
independientes con cualquier otra para obtener ganancias económicas y políticas.
Los reyes guerreros también fraguaban lazos económicos a través del matrimonio.
En respuesta a la amenaza que estas alianzas
planteaban a sus propios intereses, es probable que los romanos, griegos y
cartagineses también se unieran contra los etruscos. Hacia el siglo V a.C., el
poder etrusco fue desafiado y severamente reducido. La armada de la ciudad de
Siracusa derrotó a una flota aliada etrusca en una batalla naval a la altura de
la costa de Cumas en el 474 a.C. En un esfuerzo por recuperar los mares, una
federación etrusca se alió con Atenas en el desafortunado asalto de Siracusa en
el 413 a.C. Tras estar sitiada durante diez años, la ciudad de Veyes fue
derrotada en el 396 a.C. por Roma en su lucha por controlar las rutas terrestres
del norte. Esta victoria marcó el comienzo de la conquista gradual de Etruria a
cargo de Roma, la cual hasta el 283 a.C. no se completó.
El siglo III a.C. fue un período
particularmente oscuro para los etruscos, ya que los romanos, tras someter la
mayor parte del centro y sur de la península Itálica, dirigieron su atención
hacia el norte. A su vez, las ciudades etruscas de Caere (Cerveteri), Tarquinia
y Vulci se vieron obligadas a pagar tributo y a ceder parte de sus territorios a
Roma. Apareció la discordia entre la aristocracia y las insurrecciones de las
clases bajas, que condujo al derrumbamiento total de la estructura social de
ciudades como Volsinii (Bolsena). Al darse cuenta de su situación, varias
ciudades etruscas formaron una alianza con Roma.
Dichas alianzas vincularon a muchas ciudades
etruscas con Roma, de tal manera que las leyes romanas solían tener
repercusiones sobre el pueblo etrusco. Los intentos de rebelarse contra el poder
romano, en un momento en que estaban aliados con los umbros y los galos,
fracasaron. Los lazos entre Roma y Etruria se fortalecieron en el siglo I a.C.,
cuando los etruscos aceptaron la oferta de ciudadanía romana.
Sin embargo, su nueva situación pronto se
erosionó tras apoyar a la parte perdedora en las guerras civiles romanas (88-86
a.C.; 83 a.C.). El vencedor, Lucio Cornelio Sila, se vengó de forma extrema,
arrasando ciudades, tomando posesión de tierras e imponiendo limitaciones sobre
los derechos civiles etruscos. La brutalidad de Sila asoló de tal forma a los
etruscos que sus posteriores intentos de sublevación fueron insignificantes. Un
siglo después, el emperador Augusto envió nuevos colonos a Etruria. Éstos
trabajaron con los etruscos y aceleraron la romanización de la región.
La
lengua etrusca
Los investigadores han recopilado cerca de
diez mil inscripciones etruscas; las primeras datan de principios del siglo VII
a.C. y las últimas de los primeros tiempos del Impeiro Romano (año 10 a.C.).
Tres cuartas partes de ellas son inscripciones funerarias y votivas cortas.
Sólo han llegado a nuestras manos tres textos
largos, de algunos cientos de palabras: la "estela de Perugia", la "teja de
Capua" y el "libro de lino", que se conserva en el museo de Zagreb.
El alfabeto etrusco es clarísimo y puede
leerse sin dificultad; en cambio, la lengua etrusca es desconocida o, mas bien´,
poco conocida, y la comprendemos de una manera muy parcial. Tan sólo podemos
interpretar los textos empleando el método combinatorio, procurando identificar
los elementos repetitivos, lo cual, haciendo una analogía con algunas
inscripciones latinas similares, nos permite captar algunos elementos de
declinación, de conjugación y de vocabulario. Gracias a eso sabemos decir
"padre" (apa), "madre" (ati), "hijo" (clan), "hija" (sech),
etc. También podemos afirmar que el etrusco es una lengua aglutinante, y no
sintética como el latín.
La
escritura etrusca
Los etruscos escribieron mucho, y amaron en
gran medida la escritura. Algunos de sus príncipes se hicieron inhumar con el
material del escriba, en especial los abecedarios. Éstos son valiosísimos por
dos motivos: primero, porque nos permiten conocer el sistema de las letras y los
sonidos del etrusco —mientras que el latín tenía cinco vocales (a,e,i,o,u), el
etrusco sólo tenía cuatro (a,e,i,u)—; además, estos abecedarios también son la
prueba de que existía un material pedagógico: había ecsribas y escuelas para
escribas.
Sabemos que los etruscos tomaron el alfabeto
de los griegos, pero podemos comprobar que ellos enseñaron la escritura a los
pueblos de Italia, y particularmente a los latinos. Ahora bien, puesto que el
alfabeto latino es el nuestro, —y el más utilizado en el mundo del siglo XX—,
podemos decir, por consiguiente, que de alguna manera nuestros preceptores son
herederos de los maestros de escuela etruscos.
ORÍGENES DE ROMA.
LA MONARQUÍA (753-510 A.C.)
Este es el período de la historia de Roma en
el que confluyen numerosas leyendas e historias simbólicas, sobre el que los
historiadores de este período crearon relatos incompletos respecto de su origen
y evolución. Con frecuencia se contrastó la decadencia del período monárquico
con el idealismo de la República de Roma.
Según la leyenda, Roma fue fundada en el 753
a.C. por Rómulo y Remo, los hermanos gemelos hijos de Rea Silvia, una virgen
vestal hija de Numitor, rey de la cercana Alba Longa situada en el antiguo
Lacio. Una tradición más antigua remonta la ascendencia de los romanos a los
troyanos y a su líder Eneas, cuyo hijo Ascanio o Julo, fue el fundador y primer
rey de Alba Longa.
Los relatos sobre el reinado de Rómulo
destacan el rapto de las sabinas y la guerra contra los sabinos, dirigidos por
Tito Tacio, y señalan también la unión de los pueblos latino y sabino. La
referencia a los tres pueblos en la leyenda de Rómulo (ramnes o ramneses; titios,
equiparados a los sabinos; y lúceres, los etruscos), que formaban parte de un
nuevo Estado, sugiere que Roma fue creada por una amalgama de latinos, sabinos y
etruscos.
El origen de Roma ha sido objeto de
investigación, especulación y controversia desde el primer escrito de carácter
histórico. Ya en el siglo V. a.C. ciertos historiadores griegos incluyeron a
Roma entre las fundaciones del héroe troyano Eneas que huyó a Italia tras el
saqueo de Troya. Eneas sólo fue, de hecho, uno de los míticos aventureros de los
que se dijo que erraron por el Mediterráneo occidental y fundaron asentamientos
a lo largo de sus costas. Es difícil saber si algunas de estas leyendas
corresponden a una realidad histórica, pero fueron muy populares entre los
griegos y, con el tiempo, arraigaron también en Roma.
Los romanos no produjeron relatos históricos
hasta alrededor del 200 a.C., fecha a la que corresponde la primera historia de
Roma, escrita por Quinto Fabio Píctor, senador de una ilustre familia. La obra,
escrita en griego, no se ha conservado a excepción de unas pocas citas.
Posteriormente en otras obras históricas, la
mítica fundación de Roma obtuvo su forma definitiva de las plumas de Virgilio,
Ovidio y Tito Livio. Los elementos históricos de la leyenda son difíciles de
discernir. La parte que hace referencia a Eneas y a los troyanos es casi con
absoluta seguridad pura ficción, aunque algunos especialistas ven en ella un
vago recuerdo de los contactos del mundo micénico e Italia.
El destacado papel de Lavinium y Alba Longa
refleja, sin embargo, la importancia que esto slugares tuvieron como centros
religiosos en los períodos iniciales, cabe señalar que algunos de los vestigios
arqueológicos más importantes de los antiguos asentamientos permanentes del
Lacio han sido hallados precisamente en Lavinium y en el área de los montes
Albanos. Podemos destacar, sin embargo, que entre los asentamientos latinos más
antiguos se incluye también Roma, que en la actualidad no se considera posterior
en su fundación a cualquiera de los otros establecimientos de Lavinium o d elos
mpontes Albanos.
La tradición sostenía que todos los centros
históricos del Lacio eran colonias de Alba Longa, y que Roma fue la última; pero
el supuesto intervalo cronológico entre las fundaciones de Alba y de Roma es una
pura invención basada en la discrepancia entre la fecha griega dada para la
guerra de Troya (1194-1184 a.C.), en la que participó Eneas, y la creencia firme
de los romanos de que su ciudad fue fundada en el siglo VIII a.C. El resultado
de esta discordancia fue que hubo que inventar una dinastía de reyes de Alba
para llenar el vacío d emás de 400 años entre Eneas y Rómulo.
La mayor parte de los escritores romanos
creían que su ciudad había sido fundada en el siglo VIII a.C., si bien existían
desacuerdos acerca del año exacto. Fabio Píctor la situó en el 748, pero otras
alternativas (753, 751, 728) fueron discutidas por sus sucesores. La fecha que
acabó imponiéndose (753) fue propuesta por el erudito Marco Terencio Varrón a
finales de la república.
Los reyes
del período monárquico
Los siete reyes del período monárquico y las
fechas que tradicionalmente se le asignan son: Rómulo (753-715 a.C.) Numa
Pompilio (715-676 o 672 a.C.), a quien se le atribuyó la introducción de muchas
costumbres religiosas; Tulio Hostilio (673-641 a.C.), un rey belicoso que
destruyó Alba Longa y luchó contra los sabinos; Anco Marcio (641-616 a.C.), de
quien se dice que construyó el puerto de Ostia y que capturó muchas ciudades
latinas, transfiriendo sus habitantes a Roma; Lucio Tarquino Prisco (616-578
a.C.), célebre tanto por sus hazañas militares contra los pueblos vecinos, como
por la construcción de edificios públicos en Roma; Servio Tulio (578-534 a.C.),
famoso por su nueva constitución y por ensanchar los límites de la ciudad; y
Lucio Tarquino el Spberbio (534-510 a.C.), el séptimo y último rey, derrocado
cuando su hijo violó a Lucrecia, esposa de un pariente. Tarquinio fue desterrado
y los intentos de las ciudades etruscas o latinas de restituirlo en el trono de
Roma no tuvieron éxito.
Aunque los nombres, fechas y sucesos del
periodo real se cree que pertenecen a la ficción, existen pruebas sólidas de la
existencia de una antigua monarquía, del crecimiento de Roma y sus luchas con
los pueblos vecinos, de la conquista etrusca de Roma y del establecimiento de
una dinastía de príncipes etruscos, simbolizada por el mandato de los Tarquinos,
de su derrocamiento y de la abolición de la monarquía.
También es probable la existencia de cierta
organización social y política, como la división de los habitantes en dos
clases: de un lado, los patricios, los cuales poseían derechos políticos y
formaban el populus o pueblo, y sus subordinados, conocidos como
clientes, y, de otro, la plebe, que en un principio no tenían categoría
política.
Al rex o rey lo elegía el Senado (Senatus)
o Consejo de Ancianos (patres) de entre los patricios que ocupaba el
cargo de por vida. El rey era responsable de convocar al populus a la
guerra y de dirigir al Ejército en la batalla. En los desfiles era precedido por
los funcionarios, conocidos como lictores, que portaban las fasces, símbolo del
poder y del castigo. También era el juez supremo en todos los pleitos civiles y
penales. El Senado sólo daba su consejo cuando el rey decidía consultarlo,
aunque sus miembros poseían gran autoridad moral, ya que sus cargos también eran
vitalicios.
En un principio sólo los patricios podían
llevar armas en defensa del Estado. Parece que hubo una importante reforma
militar, conocida como reforma Servia, ya que posiblemente tuvo lugar durante el
mandato de Servio Tulio, en el siglo VI a.C. Para entonces la plebe podía
adquirir propiedades y, según la reforma, todos los propietarios, tanto los
patricios como los plebeyos, estaban obligados a servir en el Ejército, donde se
les designaba un rango de acuerdo con su riqueza. Este plan, aunque al principio
servía a un propósito puramente militar, preparó el terreno para la gran lucha
política entre patricios y plebeyos durante los primeros siglos de la República
romana.
LA REPÚBLICA DE
ROMA (510-27 A.C.)
Este período de la historia de Roma
caracterizado por el régimen republicano como forma de gobierno, que se extiende
desde el 510 a.C., cuando se puso fin a la monarquía con la expulsión del último
rey, Lucio Tarquino el Soberbio, hasta el 27 a.C., fecha en que tuvo su inicio
el Imperio.
Conquista de la
península Itálica (510-264 a.C.)
En sustitución
del rey, el conjunto de la ciudadanía elegía anualmente a dos magistrados,
conocidos como pretores (o jefes militares), que más tarde recibieron el título
de cónsules. La participación dual en el ejercicio del poder supremo y la
limitación a un año de permanencia en la magistratura evitaban el peligro de la
autocracia. El carácter del Senado, órgano asesor ya existente durante la
monarquía, fue modificado al poder ingresar en él los plebeyos, conocidos como
conscripti, por lo que desde entonces la denominación oficial de los
senadores fue la de patres conscripti (padres conscriptos). Inicialmente
sólo los patricios podían ocupar las magistraturas, pero el descontento de la
plebe originó una violenta lucha entre los dos grupos sociales y la progresiva
desaparición de la discriminación social y política a la cual los plebeyos
habían estado sometidos.
En el 494 a.C., la secesión (retirada) al
Aventino (una de las siete colinas de Roma) de los plebeyos, obligó a las clases
patricias a conceder la institución de los tribuni plebis (tribunos de la
plebe) que eran elegidos anualmente por el Concilium plebis (Asamblea de
la plebe) como representantes de los plebeyos para la defensa de sus intereses.
Tenían derecho a veto sobre los actos de los magistrados patricios y de hecho
actuaban como dirigentes de la plebe en los conflictos con los patricios. La
constitución de un decenvirato (comisión de diez hombres) en el 471 a.C. tuvo
como resultado la redacción de un código legal a su cargo veinte años después.
En el 455 a.C. la Ley Canuleya declaraba
legalmente válidos los matrimonios entre patricios y plebeyos. En virtud de las
Leyes Licinias-sextias (367 a.C.) uno de los dos cónsules debía ser plebeyo. El
resto de las magistraturas se fueron abriendo gradualmente a los plebeyos,
incluida la dictadura (356a.C.), una magistratura excepcional cuyo titular era
elegido en tiempos de gran peligro, la censura o dignidad de censor (350 a.C.),
la praetura o cargo de pretor (337 a.C.) y las magistraturas de los
colegios pontifical y augural (300 a.C.).
Estos cambios políticos dieron paso a una
nueva aristocracia compuesta por patricios y plebeyos enriquecidos y propiciaron
que el ingreso en el Senado fuera casi un privilegio hereditario de estas
familias.
El Senado, que originalmente había tenido
escaso poder administrativo, se convirtió en un órgano fundamental de poder;
declaraba la guerra y firmaba la paz, establecía alianzas con otros estados
extranjeros, decidía la fundación de colonias y gestionaba las finanzas
públicas. Aunque el ascenso de esta nobilitas puso fin a las disputas
entre los dos grupos sociales, la posición de las familias plebeyas más pobres
no mejoró y el agudo contraste entre las condiciones de los ricos y la de los
pobres originó a finales de la República las luchas entre el partido
aristocrático y el popular.
Roma aplicó durante este periodo una política
exterior expansionista. Antes de la disolución de la monarquía, Roma ya era la
potencia hegemónica en el Lacio. Ayudados por sus aliados, los romanos lucharon
contra etruscos, volscos y ecuos. Entre el 449 y el 390 a.C. Roma se mostró
especialmente agresiva.
La conquista de la ciudad etrusca de Veyes en
el 396 por el militar y político Marco Furio Camilo señaló el inicio de la
decadencia de la civilización etrusca. Otras ciudades etruscas se apresuraron a
firmar la paz, y a mediados del siglo IV a.C. se habían establecido guarniciones
romanas en el sur de Etruria en las que se asentaron un gran número de colonos
romanos.
Las victorias sobre los volscos, latinos y
hérnicos dieron a Roma el control de Italia central y también la hicieron entrar
en conflicto con los samnitasdel sur de Italia, a los que derrotó después de las
denominadas Guerras Samnitas (343-290 a.C.). Roma reprimió una revuelta de los
latinos y volscos y en el 338 a.C. la Liga Latina (una confederación de ciudades
del Lacio establecida muchos años atrás) fue disuelta. Las poderosas coaliciones
formadas por etruscos, umbros y galos en el norte, y por lucanos y samnitas en
el sur, amenazaron el poder de Roma hasta que fueron derrotadas, primero la
confederación del norte en el 283 a.C. y poco después la del sur.
En el 281 la colonia griega de Tarento
solicitó ayuda a Pirro, rey de Epiro, contra Roma. Sus campañas en Italia y en
Sicilia (280-276 a.C.) no tuvieron éxito y regresó a Grecia. Durante los
siguientes diez años, Roma completó su dominio en el sur de Italia y de este
modo logró imponer su poder sobre toda la península Itálica hasta los ríos Arno
y Rubicón.
Las
Guerras Púnicas y Macedónicas
En el 264 a.C.
Roma comenzó su lucha con Cartago por el control del mar Mediterráneo. Cartago
era en esta época la potencia marítima hegemónica en el mundo y dominaba de
forma absoluta el Mediterráneo central y occidental en tanto que Roma centraba
su predominio en la península Itálica.
La primera (264-241a.C.) de las Guerras
Púnicas tuvo como causa principal la posesión de Sicilia y supuso el nacimiento
de Roma como una gran potencia naval. Con el apoyo de Hierón II, tirano de
Siracusa, los romanos conquistaron Agrigento, y su recién creada flota, bajo el
mando del cónsul Cayo Duilio, venció a la cartaginense en la batalla de Milai
(260 a.C.). La continuación de la guerra en África acabó con la derrota y
captura del general romano Marco Atilio Régulo. Tras una serie de derrotas en el
mar, los romanos obtuvieron una gran victoria naval el año 242 a.C. en las islas
Égates, al oeste de Sicilia.
La guerra acabó en el 241 a.C. con la cesión a
Roma de la zona cartaginesa de Sicilia que se convirtió en una provincia romana,
la primera posesión exterior de Roma. Poco después, Cerdeña y Córcega fueron
arrebatadas a Cartago y anexionadas como provincias.
Como Roma había logrado un equilibrio de
fuerzas en el mar, Cartago se preparó para la reanudación de las hostilidades al
adquirir posesiones en Hispania. Bajo el mando de Amílcar Barca, Cartago ocupó
la península Ibérica hasta la altura del río Tajo. Asdrúbal, yerno de Amílcar,
continuó la labor de sometimiento de este territorio hasta su muerte (221 a.C.)
y entre los años 221 a.C. y 219 a.C. el nuevo general cartaginés Aníbal, hijo de
Amílcar, amplió las conquistas cartaginesas hasta el río Ebro.
La segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.)
comenzó al invadir Aníbal la península Itálica tras partir desde sus campamentos
de la península Ibérica y cruzar los Alpes con elefantes. Derrotó a los romanos
en sucesivas batallas y asoló gran parte del sur de Italia durante varios años,
pero tuvo que regresar a África para enfrentarse con Publio Cornelio Escipión el
Africano, que había invadido Cartago y que obtuvo una victoria decisiva sobre
Aníbal en la batalla de Zama (202 a.C.). A consecuencia de esta batalla Cartago
tuvo que entregar su flota, ceder Hispania y sus posesiones en las islas del
Mediterráneo a Roma y pagar una enorme indemnización. Desde este momento Roma
obtuvo el control completo del Mediterráneo occidental.
El trato que los romanos dieron a las
comunidades itálicas bajo su dominio se hizo más severo, al tiempo que las
ciudades griegas del sur de Italia, que habían apoyado a Aníbal, se convirtieron
en colonias romanas. Roma continuó extendiendo su poder hacia el norte: entre el
201 y el 196 a.C. los celtas del valle del río Po fueron sometidos y su
territorio fue latinizado, aunque se les negó la ciudadanía romana. Córcega y
Cerdeña fueron sometidas e Hispania fue ocupada militarmente, práctica que
originó los primeros ejércitos romanos permanentes.
Durante los siglos III y II a.C. Roma hubo de
enfrentarse a Macedonia por el dominio del mar Egeo en las denominadas Guerras
Macedónicas. Las tropas macedónicas estuvieron dirigidas durante las dos
primeras guerras por Filipo V, que resultó finalmente derrotado en el año 197
a.C. Con la ayuda de las ciudades griegas del sur, los romanos procedieron
contra Antíoco III Megas, rey de Siria, al que derrotaron en Magnesia del Sípilo
en el año 190 a.C. y le forzaron a entregar sus posesiones en Europa y Asia
Menor. El hijo y sucesor de Filipo, Perseo (212-166 a.C.), continuó la
resistencia contra los romanos, lo que condujo al estallido de la tercera Guerra
Macedónica. En el año 168 a.C. su ejército fue puesto en fuga en Pidna por el
cónsul Paulo Emilio el Macedónico. Macedonia se convirtió en provincia romana en
el 148 a.C. Dos años más tarde, la revuelta final de la Liga Aquea en Grecia
contra el dominio romano concluyó con la conquista y destrucción de Corinto.
Roma reemprendió la lucha contra los
cartagineses en la tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.), que finalizó cuando
Publio Cornelio Escipión Emiliano conquistó y destruyó Cartago, que a partir de
entonces formó parte de la provincia romana de África.
La conquista de Numancia en el 133 a.C. puso
fin a una serie de campañas en la península Ibérica. Ese mismo año Roma también
incorporó a su control el reino de Pérgamo tras la muerte de su último
gobernante, Atalo III; poco después este territorio formó parte de la provincia
de Asia.
Roma había creado, en 131 años, un imperio
(administrado todavía bajo una forma republicana) que dominaba el Mediterráneo
desde Siria hasta Hispania. Como resultado de esas conquistas los romanos
entraron en contacto con el mundo griego, primero en el sur de Italia y Sicilia
y más tarde en el este, adoptando gran parte de su cultura, arte, literatura,
filosofía y religión. El desarrollo de la literatura latina comenzó en el 240
a.C. con la traducción y adaptación de la poesía épica y los dramas griegos. En
el 155 a.C. se establecieron escuelas de filosofía griega en Roma.
Conflictos internos
Con la
adquisición de tan vastos territorios comenzaron los problemas internos de Roma.
Algunas familias plebeyas extremadamente ricas se aliaron con las viejas
familias patricias para excluir al resto de ciudadanos de las más altas
magistraturas y del Senado. Esta clase dirigente aristocrática (optimates)
se hizo cada vez más arrogante y propensa al lujo, perdiendo los altos niveles
de moralidad e integridad de sus antepasados.
La gradual desaparición de los campesinos,
causada por la creación de grandes propiedades agrarias, de un sistema de
producción esclavista y por la devastación del campo por la guerra, condujo al
desarrollo de un proletariado urbano cuya opinión política no se tenia en
consideración.
El conflicto entre el partido aristocrático y
el popular era inevitable. Los intentos de los tribunos de la plebe Tiberio
Sempronio Graco y su hermano Cayo Sempronio Graco por aliviar la situación de
los ciudadanos más pobres con una reforma agraria y el reparto de cereales,
acabaron en revueltas en las que ambos hermanos resultaron muertos, en el 133 y
en el 121a.C. respectivamente.
La ampliación territorial de Roma continuó. En
el año 106 a.C. Yugurta, rey de Numidia, fue destronado por el cónsul Cayo Mario
con la ayuda de Lucio Cornelio Sila. Esta victoria incrementó el prestigio
militar de Roma, consolidado tras la derrota de los cimbrios y teutones en el
sur de la Galia y norte de Italia a manos de Mario tras su regreso de África.
Las comunidades itálicas aliadas con Roma
sintieron que sus cargas aumentaban en tanto que sus privilegios disminuían y
exigieron compartir con Roma los beneficios derivados de las conquistas, a las
que habían contribuido.
El tribuno Marco Livio Druso intentó conciliar
a la población pobre con una serie de reformas legales sobre la posesión de la
tierra y reparto de cereales, y a los ejércitos itálicos con la promesa de la
concesión de la ciudadanía romana. Su asesinato fue seguido, un año más tarde
(90 a.C.), por una revuelta de los ejércitos itálicos cuyo objetivo era crear un
nuevo Estado itálico gobernado según las directrices de la constitución romana.
Tras la denominada Guerra Social los pueblos itálicos (principalmente marsos y
samnitas) fueron finalmente derrotados, pero consiguieron la plena ciudadanía
romana.
Los problemas internos de Roma continuaron.
Durante la guerra con Mitrídates VI Eupátor, rey del Ponto, estalló el conflicto
entre Cayo Mario, portavoz del partido popular, y Lucio Cornelio Sila, dirigente
de los optimates (partido aristocrático) a causa de quién debería dirigir
la expedición militar.
Sila marchó sobre Roma con las tropas que
había mandado durante la Guerra Social y por vez primera las legiones romanas
entraron en la ciudad. La posterior huida de Mario y la ejecución del tribuno
Publio Sulpicio Rufo dejaron vía libre a Sila para imponer medidas arbitrarias y
pudo dirigirse contra Mitrídates en el 87 a.C. En ausencia de Sila, Lucio
Cornelio Cinna, líder del partido popular y encarnizado opositor de aquél, quiso
introducir las reformas inicialmente propuestas por Rufo, pero fue expulsado de
Roma; reunió en torno suyo las legiones en la región de Campania y junto a Mario
(que había regresado de África) entró en Roma. Compartieron el consulado en el
año 86 a.C. pero Mario murió poco después, tras lo cual se inició en represalia
una masacre de senadores y patricios.
Cinna permaneció en el poder hasta el 84 a.C.,
fecha en la que Sila regresó de Asia Menor con 40.000 hombres, marchó hacia Roma
y derrotó al partido popular. En adelante, la constitución republicana estuvo a
merced de quien tuviera el apoyo militar más fuerte.
Sila suprimió a sus enemigos al proscribirles,
redactando y colocando en el Foro una lista de hombres importantes que eran
declarados enemigos públicos y fuera de la ley; también confiscó las tierras de
sus oponentes políticos, las cuales otorgó a los veteranos de sus legiones,
quienes por lo general las descuidaron o abandonaron. La rica economía agrícola
de Roma decayó y la ciudad tuvo que importar gran parte de sus víveres,
especialmente de África que se convirtió en el mayor suministrador de cereales
para Roma.
Espartaco
y la Guerra de los Gladiadores
Espartaco
(fallecido en el 71 a.C.) fue un esclavo y gladiador romano, nacido en Tracia.
Se cree que era un desertor del Ejército romano vendido a un instructor de
gladiadores de Capua, en el sur de Italia.
En el año 73 a.C. huyó junto con otros
gladiadores y ocupó el cráter inactivo del volcán Vesubio, donde se le unieron
un gran número de esclavos fugitivos. Dirigió a sus seguidores en la tercera
guerra de los Esclavos (también conocida como guerra de los Gladiadores),
derrotó a dos ejércitos romanos y asoló el sur de Italia. En el 72 a.C. derrotó
a tres ejércitos romanos, y llegó a la Galia Cisalpina, donde pensó en dispersar
la tropa y enviar a sus casas a sus seguidores. Éstos decidieron quedarse en
Italia por la garantía de conseguir un mayor botín, y Espartaco marchó otra vez
hacia el sur.
En el 71 a.C. el militar romano Marco Licinio
Craso introdujo por la fuerza a Espartaco y sus seguidores en la península de
Rhegium (ahora Reggio di Calabria), pero lograron escapar, cruzando las líneas
romanas. Craso persiguió a Espartaco hasta Lucania, donde destruyó al ejército
rebelde.
Espartaco fue muerto pero su cadáver nunca fue
encontrado. La insurrección terminó, y muchos de los seguidores de Espartaco
fueron crucificados. Pompeyo Magno, cuando regresaba de Hispania, mató a los
pocos que huyeron hacia el norte.
La
ascensión de César
En el año 67 a.C. Cneo Pompeyo Magno, político
y militar romano que había luchado contra los partidarios de Mario en África,
Sicilia e Hispania, acabó con la piratería en el Mediterráneo y fue el encargado
de dirigir la guerra contra Mitrídates. Mientras tanto, su rival Cayo Julio
César, aprovechándose de su ausencia, adquirió gran prestigio como líder del
partido popular al reivindicar la rehabilitación de los injuriados nombres de
Mario y Cinna, rogando clemencia para sus hijos y llevando ante la justicia a
los corruptos seguidores de Sila.
César encontró un servicial aliado en Marco
Licinio Craso, hombre de gran riqueza. No obstante, César provocó la oposición
de la clase media al estar implicado en la conjura de Catilina en el año 63
a.C.; dos años más tarde Pompeyo regresó victorioso de Oriente, demandó al
Senado que ratificara las medidas que él había adoptado en Asia Menor y concedió
tierras a sus veteranos. Sus peticiones encontraron fuerte oposición hasta que
César optó por la reconciliación; Pompeyo, Craso y César constituyeron el
denominado primer triunvirato en el año 60 a.C.
El triunvirato logró obtener el consulado para
César y satisfacer las demandas de Pompeyo. Los ecuestres (caballeros), muchos
de los cuales eran ricos miembros de la clase mercantil, fueron aplacados a
costa del Senado y se llevó a cabo una reforma agraria que permitió a César
recompensar a sus tropas. No obstante, su mayor éxito fue la obtención del mando
militar en la Galia Cisalpina, Iliria y más tarde en la Galia Transalpina, donde
realizó importantes conquistas militares. En el 55 a.C. los triunviros renovaron
su alianza y César prorrogó su mando en la Galia durante cinco años más. Pompeyo
y Craso fueron elegidos cónsules en el 55 a.C. y al año siguiente Pompeyo
recibió el mando de las dos provincias de Hispania y Craso el de Siria. La
muerte de éste último (53 a.C.) originó el conflicto entre César y Pompeyo. Roma
cayó en un periodo de desórdenes hasta que el Senado indujo a Pompeyo a que
permaneciera en Roma, confiando su provincia a legados; le nombró único cónsul
en el año 52 a.C. y le apoyó en su lucha contra César.
El Senado, con el propósito de evitar que
César se presentara como candidato al consulado en el 49 a.C., le exigió que
abandonara su mando militar. César se negó, cruzó en el 49 a.C. el río Rubicón
desde la Galia Cisalpina y tomó Roma, obligando a Pompeyo y los líderes
aristocráticos a retirarse a Grecia. La victoria de César supuso la introducción
de reformas económicas y administrativas en un intento de vencer la corrupción y
restaurar la prosperidad de Roma. César continuó la guerra contra Pompeyo,
derrotando a sus ejércitos en Hispania y pasó a Grecia, donde libró a comienzos
del año 48 a.C. la decisiva batalla de Farsalia. Tras su victoria César regresó
a Roma como dictador vitalicio. Pompeyo fue asesinado poco después en Egipto,
pero la guerra contra sus partidarios continuó hasta el año 45 a.C. con su
derrota definitiva en Munda(en la Bética, Hispania), tras la cual César fue
nombrado cónsul por un periodo de diez años.
César se granjeó la enemistad de la
aristocracia al ignorar las tradiciones republicanas y fue asesinado el 15 de
marzo del año 44 a.C. Marco Tulio Cicerón intentó restaurar la vieja
constitución de la República, pero Marco Antonio, que había sido nombrado cónsul
con César, se unió con Marco Emilio Lépido y el hijo de una sobrina de César,
Octavio (más tarde el emperador Augusto), para formar el segundo triunvirato.
Los triunviros iniciaron su mandato proscribiendo y asesinando a sus opositores
republicanos, incluido Cicerón.
En el año 42 a.C. Octavio y Marco Antonio
derrotaron a las tropas de Marco Junio Bruto y de Cayo Casio Longino, dos de los
asesinos de César, en Filipos, al norte de Grecia; más tarde los tres se
repartieron el control de los territorios pertenecientes a Roma: Octavio se
quedó con Italia y Occidente, Marco Antonio con el Oriente y Lépido con África.
Poco después de asumir el control de su zona oriental, Marco Antonio, rendido
ante los encantos de la reina de Egipto Cleopatra VII, planeó crear con ella un
imperio oriental independiente. Lépido, llamado a Sicilia por Octavio para que
le ayudara en la guerra contra Sexto Pompeyo (hijo de Pompeyo Magno), intentó
conquistar Sicilia para sí mismo, por lo que fue privado de su provincia y
apartado del triunvirato.
La muerte de Sexto Pompeyo, tras la
destrucción de su flota, dejó a Octavio —que había reforzado su posición en
Occidente— solo frente a Marco Antonio como rival. Tras labatalla de Ajaccio (o
Actium) (31 a.C.) y el posterior suicidio de Marco Antonio y Cleopatra, Octavio
obtuvo el control de Oriente (29 a.C.), con lo cual pasó a poseer la total
supremacía sobre el territorio de Roma. Dos años más tarde recibió del Senado el
título de augusto que asociaría a su propio nombre, acto que se considera el
inicio del periodo imperial.
LA LITERATURA
LATINA
A pesar de las sucesivas guerras civiles, la
literatura latina experimentó un notable desarrollo durante el llamado ‘periodo
ciceroniano’ (70-43 a.C.). Es la primera parte de la llamada edad de oro de la
literatura romana. El siguiente período (43 a.C.-14 d.C.) es conocido con el
nombre de ‘periodo augusteo’. César y Cicerón llevaron la prosa latina a nuevas
cimas, Terencio fue en esta época uno de los más brillantes dramaturgos y Catulo
y Lucrecio destacaron por su brillante actividad poética.
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